SÓLO MUEREN A LOS QUE SE OLVIDAN


A las cinco de la madrugada oí sus testimonios, de la madre e hija de Carlos Augusto Ramírez, el administrador de la cafetería-restaurante del Palacio de Justicia, en la trágica fecha de aquel noviembre del 85, cuando se dio la toma y retoma del centro administrativo de la justicia colombiana.
Ambas narraron en sus dramáticos testimonios sus historias. Primero su esposa la forma como conoció a Carlos y cómo por azar sobrevivió a la tragedia, gracias a que por aquellos días su hija sólo tenía un mes de nacida, llegando retardada al sitio donde se desempeñaba como cajera, porque cuando ese seis de noviembre se bajó del transporte en la calle 8a con carrera 10ª, para subir al Palacio de Justicia en la Plaza de Bolívar, viendo a la gente correr, al preguntar qué sucedía le dijeron, “la guerrilla se tomó el Palacio de Justicia”. El lugar al que sólo regreso cuando la edificación era ceniza. Y que al entrar a la cafetería en busca de Carlos su esposo, sólo encontró la caja registradora abaleada y saqueada, pero nada de su compañero, ni siquiera sus libros de Derecho, carrera que en ese momento cursaba.
Han pasado 30 años. Edad que tiene Alejandra la hija de Carlos y ella. La cual se salvó porque su retraso no permitió fuera hoy otra de desaparecida con todos los muchos empleados que laboraban en el lugar en esta fecha nefasta. Cecilia describe con precisión en el testimonio radial los rasgos y la característica de algunos de sus compañeros en la cafetería, y su hija hoy profesional de Derecho, no ha desmayado con su madre en la búsqueda de su padre y esposo. ¿Pero qué ocurrió con estas personas las cuales carecían de responsabilidad y compromiso guerrerista con uno y otro bando en contienda?
Nadie sabe nada. A su padre Carlos dicen que lo vieron salir con vida. Pero es la hora que las preguntas fundamentales están sin respuesta: ¿Para dónde se los llevaron y por orden de quién? ¿Dónde los torturó y mató el Ejército? ¿En qué lugar están sepultados sus restos? Dice la esposa e hija verdaderas súper mujeres al igual que las otras madres, esposas e hijas de los otros familiares, titanas de esta larga lucha y búsqueda de la verdad, sin descanso en estos 30 años, paso a paso tratando de hallar sus huellas inclusive en los rostros de los locos e indigentes de la ciudad, que abundan por las calles. En hospitales, clínicas, manicomios, cárceles, basureros. En otros pueblos de los alrededores y urbes del país, pero nada, porque la manigua del silencio inmoral de sus apresadores y asesinos, convirtió a sus seres queridos en fantasmagóricos personajes, y en una pesquisa de nunca acabar.
Recalcó la abogada en su testimonio radial, que seguro cuando aparezcan los restos de su padre y demás desaparecidos del Palacio de Justicia, si es que aparecen, se pedirá a la justicia, revele la verdad de lo ocurrido con ellos, aquel día cuando con otros salieron con vida del infierno. Y cuando la verdad llegue entonces se solicitará se haga justicia con sus asesinos, para luego cuando se vislumbre la improbable reparación habrán pasado otros 30 años. Seguramente mi madre ya no vivirá, como ocurrió con mis abuelos. Será un cuento de nunca acabar porque la justicia colombiana nunca hizo nada efectivo para dar con los verdaderos responsables de estas desapariciones. Como se sabe muy poco es lo logrado hasta hoy.
Sólo restaría para obtener la verdad, que los responsables de la “Retoma” del Palacio de Justicia, digan con nombres propios, quien o quienes les ordenaron las desapariciones acusándolos de hacer parte del M19, y que las viandas de la cafetería eran para mantenerlos mucho tiempo, diciendo que había mil quinientos pollos en la nevera cuando sólo poseía 40, según recibo en poder de la esposa de Carlos, la cajera del restaurante. ¿Adónde se los llevaron, y en qué cuartel o sitio los asesinaron, desapareciendo para siempre sus humanidades?
Sólo se exige,-dice Alejandra- que uno sólo hable y cuente la verdad. Ese individuo o individuos ya de edad porque han transcurrido treinta años, si no los han eliminado para que no revelen nada, deben decir lo que pasó porque sin la Verdad con mayúscula, no habrá paz en este país.
Tenemos todavía la certeza, que mi padre y demás desaparecidos del Palacio de Justicia en ese infausto Noviembre, no han muerto: “Porque sólo mueren a los que se les olvida”.



