Sin perdón y reparación de víctimas no habrá paz


La reciente muerte de tres patrulleros de carreteras de la Policía Nacional cerca al Bordo – Patía, nuevamente despierta una inmensa cantidad de dudas de quienes aún no entienden por qué se sigue dialogando en medio de la guerra, en un conflicto interno que debe acabarse para de lleno ir por la paz.
Los colombianos hemos sufrido por más de 50 años un conflicto armado que sigue enfrentando hoy a guerrillas izquierdistas, paramilitares de derecha y fuerzas gubernamentales.
La población civil padece lo peor de la violencia y las violaciones a los derechos humanos. Este conflicto está enraizado en una larga historia de extrema desigualdad y exclusión política, intensificado dramáticamente en años recientes debido en parte a la recepción, por parte de los actores armados, de dinero procedente del negocio de la droga.
Cada vez más se reconoce que el desplazamiento interno de personas en Colombia está vinculado estrechamente a estrategias de despoblación intencionales y el subsecuente acaparamiento de tierras y recursos.
Los habitantes del Litoral Pacífico vuelven a sus actividades cotidianas con la esperanza que esta vez el gobierno sí les cumpla, para mitigar su pobreza, desarraigo y abandono tercermundista que los coloca muy lejos del progreso y desarrollo de sus comunidades en medio de un irónico potencial de recursos humanos y naturales.
Como previendo o anticipándose a un nuevo escenario de paz y reconciliación en el postconflicto, la Iglesia Episcopal Colombiana ha elegido con gran atino un presidente de su conferencia para la paz, capaz de llevar el mensaje cristiano del evangelio del amor, del perdón y reparación para alcanzar la paz verdadera y durable como nos la ofrecido el mismo Dios hecho hombre desde hace más de 2000 años.
Monseñor Luis Augusto Castro Quiroga es sin duda el líder espiritual que a nombre de los colombianos, puede cumplir la misión católica frente al conflicto armado colombiano y sus perspectivas de solución. Porque en definitiva si en este proceso favorable a una estrategia de paz, sin perdón y reparación de las víctimas no cumpliremos este anhelado sueño.
El papel de la iglesia católica, muy seguramente será el de pedirle a las partes que por encima de todo, hay que comenzar a desarmar los corazones. Hacer explícito que ser favorable a la estrategia de paz significa empezar a realizar los cambios requeridos. Estas modificaciones no son ni pocas ni fáciles, porque parten de un supuesto básico que es desarmar el lenguaje. Ese desarme consiste en dejar de considerar enemigo al enemigo. Esta es la esencia de la paz. Lo cual no se ve claro entre buena parte de la sociedad civil colombiana y sus líderes, incluido el catolicismo. Esa es la esencia de la guerra.
También hay que señalar que el reconocimiento eclesiástico de la debilidad de la sociedad civil colombiana es un avance y un desafío. El desafío consiste en que la posición privilegiada de la iglesia en un momento de desconfianza en las instituciones, puede facilitar el que se adelante, en nombre de Dios, una organización de dicha sociedad civil. Aquí ya hay un paso enorme hacia la paz. Porque eso permitiría purgar el pasado violento de Colombia y pensar un futuro de colaboración eficiente, sin necesidad de pedir perdón pero sí con algunos cambios de estilo.
Por ello el pedirle perdón a las víctimas no es ofrecer meras excusas de los atroces crímenes y violaciones al derecho internacional humanitario, muchos de ellos con sevicia e inmisericordia, sino que se debe reconocer a todas la víctimas del conflicto, no solo en su condición de víctima, sino también y principalmente en su condición de ciudadanos con derecho.
Así como la doctrina católica enseña que para reconciliarnos con Dios debemos confesar nuestros pecados ante un sacerdote, con propósito de enmienda y reparación por los daños y ofensas ocasionados, así mismo los derechos de la víctimas son innegociables y hay que ponerse de acuerdo de cómo deberán ser satisfechos de la mejor manera en el marco del fin del conflicto.
Las víctimas tienen derecho a ser resarcidas por todos los daños que sufrieron a causa de este absurdo y sangriento conflicto. Restablecer sus derechos violentados y transformar su condición de vida que es en realidad la razón de hacer una paz sincera y duradera.
Si los colombianos no cambiamos la manera violenta de resolver los problemas y principalmente no entendemos que esta paz es como una oportunidad de enmienda, como una gran palanca de cambio para hacer y corregir tantas bestialidades, para desarrollar y poner en marcha lo que no hemos podido lograr conquistar en los estas cinco décadas de guerra, entonces apague y vámonos por ser tan torpes.



