Siempre el Pacífico



Las playas del pacífico colombiano están de fiesta. Yubartas o ballenas jorobadas, tortugas marinas (caguamas) tiburones y delfines procedentes del norte y una escandalosa variedad de aves migratorias que huyen de las bajas temperaturas de Europa y Norteamérica, llegan a Nuquí y Bahía Solano para protagonizar esta ceremonia genésica donde el poder reproductor de la vida se impone tomando casi a mansalva, entre los meses de julio y octubre, el litoral occidental colombiano tendido entre el océano Pacífico y la selva chocoana.
Están aquí cada año procedentes del Polo Sur. Huyen del implacable invierno antártico atraídas por la calidez de estas aguas plantadas en 25 grados centígrados de temperatura después de un viaje de 8.500 kilómetros de sol, agua y estrellas. Son cuarenta toneladas de peso y muchos siglos de inocencia a cuestas. Su cuerpo, aderezado por las primeras sales del planeta, arriba a parir sus ballenatos, a alimentarlos y a enseñarlos a respirar. La brújula que orienta el corazón del cosmos, es la misma de sus surtidores y su cola. Por eso dan la vuelta a los mares del mundo con el único fin de lograr que el primer vagido de sus crías lo escuche este lugar donde “la vida es a ritmo de marea”, donde los genios tutelares saben que verdad es reconocimiento de misterio y la vegetación intemperante medra a la sombra de la libertad.
Pero sigue sucediendo. El ser humano, pretensiosa criatura, rey de la depredación y del olvido, parece no querer aprender y se ensaña en estos descomunales paradigmas de la sabiduría universal haciéndolos víctimas de una pesca indiscriminada donde a menudo caen en redes y enmalles metálicos sufriendo heridas de gravedad o chocan con los botes y barcos invasores de las rutas que les asignaron cánones gravitatorios y ritmos estelares. Ahí perecen o salen mutiladas a seguir cantando para la eternidad.
En el Pacífico perviven, intocados, los sistemas vitales de Colombia. Su sangre, el ronco viento que la volvió de música, las garras minerales de la primera tierra, el inventario acuático más complejo y vasto del planeta. Hasta ahí emigran cada año, desde los hielos meridionales, las yubartas jorobadas; vienen a entregarnos nuevos y honestos compatriotas que escogen nuestro bamboleante territorio, para iniciar su viaje alrededor del mundo.



