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viernes 22 noviembre, 2013 a las 9:16 am

Sexo, cultura y economía

Amor Indio, Óleo sobre lienzo, Jesus Helguera
Jorge Muñoz Fernandez
Jorge Muñoz Fernández / [email protected]

Según la Organización de las Naciones Unidas, ONU, la producción y distribución de la pornografía alcanzan cifras multimillonarias, invertidas para la desensibilización humana, que potencian la violencia sexual y hacen que el placer lujurioso y obsceno se incorpore al rendimiento del poder financiero mundial.

Estamos buscando el ahogado aguas abajo, como una simple aplicación de la lógica del pensamiento fácil, haciendo a un lado lo complejo, cuando a veces históricamente hay que buscar la víctima aguas arriba, saliendo de la simplicidad conceptual.

No es en la defensa de la minifalda, ni en la condena personal contra ‘Andrés Carne de Res’ donde debe reposar el análisis de lo acontecido con motivo de la presunta o real violación de una dama en uno de los centros gastronómicos más distinguidos de los altos heliotropos de la sociedad bogotana.

A la sociedad no se le ocurre que existe una relación entre el sexo y la política, entre el sexo y la economía, entre el sexo y la cultura. Herencia cristiana de la concepción del pecado, como de la cultura española que hizo de la violación sexual de las naciones indígenas un trofeo colonizador.

Es que del sexo, del que no hay foros locales, ni departamentales, ni nacionales, ni mundiales, pareciera que no se hablara desde los tiempos simbólicos en que Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso.

Amor Indio, Óleo sobre lienzo, Jesus Helguera

De los placeres morbosos, voyeristas, eróticos o sensuales se encargan las revistas porno, editadas por los grandes emporios editoriales que explotan la lujuria para solaz de las damas y caballeros presuntamente cultos del Siglo XXI.

Son revistas que van desde Play Boy, hasta las más sofisticadas publicaciones que gozan de la aprobación de los Estados que en sus cartas constitucionales contemplan como principios la defensa de la moral y las buenas costumbres.

Semanarios, periódicos, revistas, webs, y folletos, con degradante cosificación del sexo, tienen la aprobación de entidades estatales protectoras de la industria editorial.

Lo mismo ocurre con los programas radiales y televisivos, sin contar con las armas de destrucción masiva de la pornografía, que los niños, adolescentes y adultos sin ninguna defensa crítica, encuentran con facilidad virtual en las redes sociales y a través de los celulares de alta gama, que convierten a las personas en sujetos androides y consumidores de apetitos sexuales libertinos.

Y de la misma manera como los seres humanos tenemos la tendencia a escaparnos, incluso de los recintos tradicionales y sagrados hacia territorios lúdicos en sana y erótica comunicación espiritual, protegidos por el respeto, el amor y la dignidad humana, también las circunstancias, creadas artificialmente por la sociedad del consumo mercantil, promueven relaciones sexuales de moral liviana, con aire de admirable libertinaje, para que las mentes y los cuerpos se escapen licenciosamente y produzcan eróticamente buenos dividendos, como simples instrumentos de la lujuria puesta al servicio del mercado global.

Convertir el placer, como tendencia humana, en expresión de armonía sana y vital, no es bueno para el marketing de la pornografía, cuya finalidad es alcanzar máxima productividad con el apoyo de enormes recursos humanos, tecnológicos y financieros.

Artes amatorios, pasiones sensuales, comportamientos eróticos y estímulos afrodisiacos, que en el marco de la economía basada en las leyes del liberalismo económico facturan colosales proyectos mediáticos, tienen como objetivo expandir, mantener y perpetuar ganancias atrapando conciencias de todas las edades, moldeadas para mirar el mundo a través de horizontes impúdicos.

Y las empresas dedicadas a la pornografía y la promoción de los instintos escabrosos saben que el hombre y la mujer son animales sexuales, -para ampliar la definición aristotélica-, colocando la literatura, el arte y la tecnología virtual al servicio de la industria de la trivialización del sexo, que ha convertido la comunión sexual en un emporio financiero y mercantil para beneficio de las transnacionales del crimen.

Es en ese contexto de la economía consumista, donde prevalece el capital por encima de los valores humanos de la dignidad humana, el amor, la fraternidad y el compañerismo, limpios de mezquindades y egoísmos.

Ellos deben ser pilares fundamentales de las relaciones sociales, antes que la prioridad mercantil que privilegia la explotación de la especie humana, bien sea mediante la represión, o la liberación desenfrenada de los instintos pasionales.

En esa perspectiva el sujeto hombre es formado como un depredador sexual, siguiendo un camino histórico que ha pretendido convertir a la mujer en objeto sexual, programado para la sumisión, el acatamiento incondicional y la humillación, con apariencia de legitimidad social, soportada en normas legales pero moralmente ilegítimas, y manifestaciones de violencia pública, contra lo cual los movimientos de género han dado no sólo admirables debates sino exitosas luchas, que han demolido poderes patriarcales, que hoy necesitan la profundización de políticas públicas y rigurosos programas pedagógicos de educación sexual. Hasta pronto.

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