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Jueves, 1 de octubre de 2026

Selección de textos literarios y pintura

Selección de textos literarios y pintura
Selección de textos literarios y pintura

EL ÁRBOL DE LOS HUEVOS


(Dibujo de RVQ, 1983)

El árbol de los huevos, el día de las transferencias y canciones brujas del retorno, el lugar de los orígenes, porque todo había sido borrado por el sueño que lo limpia todo entre el cielo y la tierra sin remedio.

Ella, la única del mundo, viene cada día, recoge su cosecha, que debe guardar cuidadosamente hasta el día del nuevo ciclo. Porque todo debe volver a los inicios, a la forma anterior de las ideas. Incluso un nuevo lenguaje tendrá que inventar sus propias letras, antes de que el grito irrumpa de las aguas primigenias e inunde de semillas las ideas.

Aquello sucedió hace mucho tiempo con las casas, calles, puentes, los edificios de Babel y las montañas que cayeron arrasándolo todo.

Y bien, todo quedó limpio y plano, llano como un desierto de granito donde sólo crecen las ausencias, aunque cerca de las nubes y de las voces de los dioses primigenios.

Sin embargo, nada distinto sucederá en el curso de diez mil años.

Ella iniciará una generación nueva, la mujer con cabeza de huevo. Ello posibilitará el pensar en iniciar un mundo nuevo, porque el antiguo orden ya pasó, y el nuevo orden se acerca. Lo anuncian los huevos; ya han comenzado a crugir las cáscaras, calentadas por siete soles continuos con su fuego de milenios.

                    **RVQ**

AZALEA


(Foto de RVQ)

   Azalea, rostro de verano e invierno, ¡cuánto tiempo a la intemperie!

   Se solaza el día con tu color; muchas amantes del jardín dejan sus ojos en ti, y vuelven a mirar la raíz de la ilusión.

   Y me dijo la bruja que no eres una flor. Me dijo que eras una niña embelesada en el jardín, una encantadora de miradas, alguien que prefirió la libertad de estar ahí sin preocuparse por comer, dormir o trabajar; alguien que prefirió decir al Sol: «Te amo. Eres mi rostro arriba, yo tu aroma en carmesí».

   Y el Sol te concedió el don de la belleza, la quietud de la paz, la callada palabra que medita ensimismada, la espera tranquila, sin miedo, odio ni dolor.

   Azalea, te vi esta mañana. Me llamaste y te puse atención. No había sabido nunca que eras una niña encantada; pero puse atención y vi cómo sonreías… y entonces sentí que algo de tu piel estuvo hace mil años en el rostro de una niña que regaba el jardín con el agua del amor, y que miró tantas veces la belleza, que se convirtió en una flor.

                     **RVQ**

BERGMAN, LA HORA DEL LOBO (1967)

   Las películas del cineasta sueco Ingmar Bergman son diestras en exploración del lado oscuro del alma humana; en este sentido, «La hora del lobo» es obra maestra.

   Con honda intensidad, parámetros sicológicos ahondan en la piel, el silencio interiorizante de las imágenes sorprende, el rictus existencial hiere con preguntas inquietantes…

   ¿Qué necesidad hay del color en las cintas del séptimo arte? Con blanco y negro se contaba todo: desde el apasionamiento de los cuerpos, los sentimientos más profundos, la angustia o alegría de los rostros, la intimidad, la soledad, el frío o calor de las atmósferas…

   Bergman hace arte como pesquisa sicológica, rastrea razones y sinrazones del ser humano. Intimista, surreal encuentro de alucinaciones que atormentan el invierno de la psiquis. Intimista y espantoso, se resiste a ser cambiado por frágiles aleluyas del ingenuo que no ha visto el fondo de las cosas. Intimista como el miedo, las cicatrices no se curan con olvidos, la eternidad oscura persiste aún entre las horas soleadas por el día. Intimista, el dolor se hunde entre los nervios, se impotencia ante tremendas obsesiones y recuerdos, anula cualquier latencia de esperanza. No hay remedio ante los miedos, no se trafica allí con paliativos del alma. Todo el tiempo estamos presenciando en esas imágenes la confusa amalgama entre la realidad y la persistencia de los pavores, entre el diálogo que implora una respuesta y el silencio que confirma su impotencia. Se huye de la realidad pero se la tiene que confrontar en todos los instantes. Se teme al espejo de los recuerdos más hostiles; se quisiera arrancar, por siempre, un crimen oculto en el silencio. Y las gentes, esas almas que depredan con sus risas, esa falta de medida para juzgar el delirio ajeno, la realidad inquisitorial deambula sin perdonar nada.  

   Ese artista solitario no logra evadirse del cinismo de la hipocresía; ni el prójimo, primer acusador de las latitudes esquivas del alma… O todo es total alucinación sin medidas…

   Con Liv Ullmann y Max von Sydow, esta cinta de 1967 perdura con fuerza inquietante. Pocas pesadillas tienen esta cadencia expresada magistralmente en claroscuros.

                    **RVQ**

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