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Viernes, 9 de octubre de 2026
domingo 28 febrero, 2010 a las 11:38 am

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Colombiano


Hubiera querido que Enrique Santos, “Contraescape”, no se despidiera precisamente en esta coyuntura tan gloriosa. Pareciera que se replegara ante la derrota de todo lo que hizo Uribe por detentar el poder. ¿Decepcionado por haber estado de su lado y sentir que tal respaldo fue inane? Porque el nene de otrora, amigo del Che y de la gorra con estrella, era una pluma temida y terrible contra los reaccionarios de derecha y contra quienes manejaban como Pedro a los perros en la casa.


Como cuando muere alguien amado, tenemos que decir: “Qué lástima que Enrique se haya ido de El Tiempo”. Esas columnas de antes de su primera despedida, eran dardos envenenados, tenían polenta, levantaban ampolla. Qué manejo del idioma, qué fuerza llevaba cada palabra adentro, qué argumentación tan contundente, qué peso de panzer aplastaba al contrincante de turno.


Enrique era sucesor de Eduardo, de Calibán, era el adalid del liberalismo del sudor del pobre y de las ideas democráticas del viejo López. Hacía honor al ideario de Villegas y de su padre de que el periódico fuera un baluarte liberal. Lástima que las ideas se arruguen con la edad, que la claridad y la verdad que ellas encierran cambien y contemporicen con el viento del más fuerte, como en la era cavernaria.


Sin embargo, el contraescapista nos da una esperancita. Dice que llevará consigo la independencia que todavía reposa en su bolsillo izquierdo. Más nos vale. La pluma que esgrimió permanece con su punta acerada. De eso no hay duda. Es como montar en bicicleta después de años de no hacerlo. Ese oficio no se olvida. Y al periodista que ha sido lo necesitamos ya no como dueño o como familiar. Que envíe colaboraciones. Que nos muestre su espuela y nos llame a su escuela. En La Semana negra de Uribe en algo se ve que la pluma está vigente.


Que desentierre los muertos de los falsos positivos, que denuncie las trapisondas de los apátridas parlamentarios, que desenmascare a los ministros que sólo hablan por radio y pagan catastróficas sumas del erario por concesiones y contratos. Que le diga a la nación por qué la pobreza, el desempleo, la falta de apoyo a los campesinos, el despilfarro de la Hacienda en armas, en pago de subsidios para que soplen al oído del Das o del gobernante en las calles, en los taxis o en las universidades a quienes piensan diferente al régimen. Que divulgue las risas de los congresistas cuando votan leyes en contra de sus representados.


¿Quién, entonces, nos ayudará a saber qué hay de los millones de dólares que se incautaron en las caletas de Cali hace dos años, qué se hacen las incautaciones de droga en camiones y containers, a cuánto ascienden en las corporaciones las captaciones de cuotas por pensiones y cesantías, quiénes son los responsables de los saqueos a ríos y selvas, quienes son los que autorizan los “aprovechamientos forestales” y con qué contraprestación? Colombia tiene derecho a saber qué se hace con los recursos que entran a la Hacienda Pública y cómo administra el Estado los bienes que se le han confiado y el periodista debe escribir cuando la autoridad se calla o es connivente con el desatino.


28-02-10                                                      9:53 a.m.

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