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Sábado, 3 de octubre de 2026
martes 6 junio, 2017 a las 4:03 pm

SALVAR EL CAMPO

SALVAR EL CAMPO

MARIANO SIERRA S

Los  hombres no nos hemos dado cuenta de la grandeza de nuestro campo. Muchos nacimos y nos desarrollamos en el campo. Fueron los campesinos quienes nos dieron la independencia. Nunca es tarde para reconocer los yerros cometidos contra los campesinos y todas las demás etnias. El campo atesora principios naturales y humanos que generan vida.

El  hombre nunca puede olvidar los orígenes que le han dado al país desarrollo aún en medio de tantas falencias, que le han dado y le siguen dado el alimento. Hay unos idiotas que dicen que el campo no es centro de desarrollo, que allí no cabe la tecnología, ni la educación. El campo es libertad, el campo proporciona al hombre soluciones para combatir el gran mal universal: EL HAMBRE.

El campo genera la más sublime grandeza verde contra la crisis ambiental. Allí se escuchan las mejores orquestas vivas al trino y revuelo de las arpas sonoras de las aves, allí los arboles purifican el ambiente, allí el rocío mañanero baña la tierra, allí el viento respira paz. En el campo también hay pilos, también caben las estructuras de formación educativa, de protección a la salud, allí también la agroindustria florece. En el campo también hay mujeres que en silencio arañan la tierra y la embellecen con sus manos, allí también crecen y se desarrollan los niños viviendo su proceso humano. El campo también tiene derecho a la paz, paz que le han arrebatado las elites, los gamonales y terratenientes, usurpadores de la tierra. En el campo también hay pobreza y hambre.

El campo esta lleno de lideres silenciosos, revolucionarios independentistas que otrora surcaron cordilleras, ríos, montañas, llanuras cubiertos de harapos pero con amor de patria que se alzaron tenaces al mando de Bolívar logrando la independencia que otros amañados no han podido consolidar por su desmedida ambición más fuerte que al amor a la patria. El campo también tiene derecho a vías de comunicación, a puentes y tantas otras estructuras de servicios públicos para que puedan desplazar el fruto de su trabajo que usureros les arrebatan por míseros precios.

El campo también es Colombia, el campo también necesita ser gobernado, no olvidado, siendo el olvido el mayor azote que se la infringido. Puede más el choque de intereses personales, puede más el desalojo de las tierras. Los paros agrarios se convierten en la ley del campesino contra las leyes opresoras que privatizan las tierras, contra la tramitología para recibir los beneficios para importar insumos a mejores precios, para obtener crédito a bajos intereses y para obtener el beneficio de precios de sus productos, para lograr acuerdos estatales. El campo colombiano vive una eterna agonía. Ningún gobierno ha realizado proyectos en defensa de los derechos del campesino. Todo ha sido un rosario de promesas plasmadas en unos acuerdos canallas.

Las estrategias que se diseñan, acosadas por los paros son politiqueras, engañosas, que nunca se han cumplido o solo a medias, prolongando más las agonía. La historia del campesino colombiano es el resultado de una democracia parcializada. La  respuesta del Estado al reclamo del campesino es la fuerza  policial, el enrolamiento de sus jóvenes para el ejército y el desplazamiento del campesino a las ciudades. El movimiento campesino ha venido realizando grandes luchas por la reivindicación de sus derechos, por un modo de vida digno y la defensa de sus tierras.

La retórica del Estado cuando revisa las peticiones del campesino es someterlo a las políticas neoliberales y a las cadenas de explotados. Nuestro campesino esta siempre a la búsqueda de tener confianza en el Estado y sus instituciones que siempre lo han dejado a merced de su suerte acudiendo a la importación de alimentos. Los errores históricos del Estado no pueden someter al campesino a la protesta que aunque justa, no es el mecanismo de un gobierno que se dicta democrático, que tiene un fin constitucional cual es el bienestar de sus ciudadanos.

Ante este panorama, qué más acertado que traer a colación la expresión de un historiador que escribió: “El cambio social mas drástico y de mayor alcance de los tiempos, es la muerte del campesino, de su abandono, de su desalojo”.

El campo colombiano es todo un resultado de la libertad, donde nunca se vio la derrota, sino la lucha independentista, la gesta conquistadora. Hoy este campo se sigue surcando por hombres, mujeres y niños curtidos por el sol, llevando sobre sus espaldas la injusticia como paga por su redención, inmersos en el tiempo, transformando la tierra, defendiendo su chacra, enfrentado un porvenir incierto, escaso de oportunidades. Las prácticas sociales y los cambios institucionales en nada han servido estructurar una defensa jurídica del campesino. La contribución campesina a la economía del país han sido un baluarte, así no se les haya reconocido.

Desde siempre, campesino y etnias se han enfrentado a la hostilidad del Estado dejando ver en claro los abusos a los sistemas de trabajo, a los cobros de impuestos. Todo derecho político le ha sido negado, toda conquista ha sido una gran lucha demostrada por los paros y por la exigencia de una reforma agraria que ha quedado a merced del clientelismo politiquero, gamonal y terrateniente. La legislación dista mucho de garantizar unos derechos agros siendo esta la gran causa para que los campesinos siempre estén desamparados, para de esta manera poder maniobrarlos donde inclusive la misma Iglesia ha sido promotora de su desprotección.

Nuestros campesinos, hombro a  hombro desde el alba hasta el atardecer, luchan contra todo lo que les quieren imponer y hacer perder su ruta de libertad hundiendo sus raíces con el afrodescendiente, con el indio y el mulato. Después de las luchas independentistas, los forjadores de la libertad se diversificaron por todas las rutas de la libertad llevando su miseria, quedando a merced de los mercaderes de las tierras y sus productos y de las promesas de los politiqueros y la pléyade de los mesías de la opresión. Los campos colombianos manan sangre, sangre producto de la violencia de politiqueros, gamonales, terratenientes y de otros grupos sociales, que no obstante tantos acuerdos de paz, fueron traicionados por los actores de esas violencias.

El agro requiere una imperiosa reforma estructural, no de pequeñas causas. El agro tiene muchos riesgos, físicos, humanos, materiales, ambientales que no se solucionan con leyes, sino con la ejecución de las leyes, los mecanismos de control y la comunidad campesina y étnica, sin el uso de comisiones como es lo acostumbrado. ¿Por qué siempre esperamos a que se presenten los desastres? ¿Por qué no se ejecutan los proyectos normativos? ¿Por qué el Estado se ufana en expedir normas pero al final son letra muerta? Estas ineficacias provienen de un Estado débil, carente de fuerza de mando y de gobernanza. Pienso que el Estado abusa de la sociología del campesino, de su carácter silencioso y a veces sumiso, pero no, pues el campesino posee la fuerza y la rebeldía demostrada en su proceso histórico. Su espíritu alberga sentimientos profundos, no obstante, que le han ultrajado su dignidad. Su rebeldía propia la expresa en su grandeza para el cambio, para la lucha, para el trabajo, para la libertad responsable.

El porvenir del campo va más allá de unos simples argumentos al tenor de unos paros. Esta reflexión descorre velos que orientan el universo social del campo y las vidas de aquel grupo humano que con azadón al hombro sale todos los días a hacer patria.

Busca esta reflexión llamar la atención a la acción decidida, sin engaños, para que ante diálogos justos y sinceros se llenen acuerdos de verdaderas convicciones por las partes. El porvenir del agro colombiano depende de todos contemplando esperanzas, certidumbres y lealtad con respeto.

Nadie en su justo juicio puede ignorar el papel protagónico de nuestros campesinos para el desarrollo del país. Su arriesgado sacrificio en medio de las más deplorables condiciones debe ser expresado con sentido humano. La entrega heroica al servicio del país es un hecho, como también es una verdad de a puño el pago que han recibido como contraprestación a su ardua labor. De allí que el porvenir es un compromiso. Entender así las cosas nos hace responsables de su porvenir incierto. Basta ya de seguir pisoteando sus derechos. El campesino no necesita dádivas ni recuerdos en su fiesta para ponderarlos cínicamente. Ellos todos los días nos entregan el pan de cada día, sin descanso, con la cruz a cuesta, cual siervo sin tierra.

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