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Jueves, 1 de octubre de 2026

Sábados de galería y domingos de ferrocarril en Quilichao

Sábados de galería y domingos de ferrocarril en Quilichao 2

El doctor de la camioneta roja y el tren de la madrugada

Alfonso Luna Geller Este segundo sábado de julio amanecí añorante.

Tal vez fue el silencio de la mañana, o quizá la luz que entró por la ventana con una mansedumbre parecida a la de aquellos días. De pronto regresé sesenta años en el tiempo y volví a verme joven, todavía estudiante de bachillerato, caminando detrás de mi padre entre bultos, herramientas, radios, machetes, pilas y voces campesinas.

Mi padre era don Alfonso Luna, comerciante y dirigente liberal. Mi madre y mis 10 hermanos se quedaban atendiendo la ferretería familiar, la primera que tuvo Santander de Quilichao, ubicada en pleno centro de la ciudad, cuando yo lo acompañaba a los mercados.

Aquellos recorridos marcaron mi vida.

Los sábados comenzaban muy temprano en la plaza de mercado a cielo abierto de Santander de Quilichao. Antes de que el sol se afirmara sobre los tejados, los comerciantes levantaban las toldas con maderos, cuerdas y grandes lienzos. El crujido de las carretas se mezclaba con el golpe de las cajas sobre el suelo, el llamado de los vendedores y el olor del café que hervía en casetas cercanas.

La plaza se iba llenando poco a poco. Sábados de galería y domingos de ferrocarril en Quilichao Llegaban campesinos de las veredas con sus productos. Unos traían bultos de café, racimos, frutas, verduras y animales. Otros venían a comprar herramientas, medicinas, telas, lámparas, radios o cualquier objeto necesario para la semana. También aparecían los compradores de ganado, las mujeres con canastos, los niños agarrados de las manos de sus madres y los comerciantes que conocían por su nombre a casi todos los clientes.

La plaza era el corazón de Quilichao.

Allí se negociaba, se conversaba, se discutía de política, se preguntaba por los enfermos, se daban noticias de las cosechas y se acordaban encargos para la semana siguiente. La palabra tenía peso. Un apretón de manos podía cerrar la venta de una vaca, una carga de café o una herramienta.

Memoria

«Nuestros abuelos también conocieron la felicidad en el trabajo, la conversación y el viaje compartido.»

Entre aquel laberinto de toldas había una imagen que siempre capturaba mi atención.

Era una camioneta cerrada, limpia, de un rojo encendido. Se destacaba entre el polvo, las carretas y los puestos improvisados.

De la cabina descendía el señor Camargo.

Vestía de manera elegante. Llevaba una pinta pulcra, bien escogida, que de inmediato le ganó entre la gente el respetuoso título de “doctor”. Nadie necesitó preguntarle si tenía diploma. En aquella época, la manera de hablar, de vestirse y de conducirse también otorgaba títulos.

Para todos era el doctor Camargo.

Su calva brillaba bajo el sol fuerte del mediodía quilichagüeño. Con el paso de las horas, el rostro se le ponía rojo y el sudor le corría por la frente. Aun así, conservaba el porte, la serenidad y la seguridad de quien sabía dominar una plaza entera.

Sobre el techo de la camioneta instalaba un parlante enorme. Después tomaba un micrófono y comenzaba su jornada.

Su voz llegaba hasta los extremos del mercado.

Camargo no necesitaba gritar. Sabía modular, hacer pausas, explicar y convencer. Su especialidad eran los jarabes antiparasitarios. Hablaba de los dolores de estómago, de los niños sin apetito, del cansancio, de la necesidad de purgarse y de las enfermedades que podían esconderse dentro del cuerpo.

Las madres campesinas lo escuchaban con atención.

Camargo convertía la venta de un frasco en una lección de salud. Usaba palabras que parecían científicas y luego las aterrizaba a la vida cotidiana. Sabía cuándo provocar una sonrisa, cuándo endurecer la voz y cuándo llamar a una madre para explicarle cómo debía administrar el remedio.

Las personas se acercaban. Algunas preguntaban. Otras compraban. Muchas permanecían allí por el gusto de oírlo.

Yo también lo escuchaba.

A esa edad todavía no sabía que estaba asistiendo a una clase de oratoria popular. Camargo conocía el ritmo de la gente, dominaba el micrófono y encontraba la palabra precisa para detener a quien caminaba con prisa.

Su camioneta roja era consultorio, almacén, emisora y tribuna. Sábados de galería y domingos de ferrocarril en Quilichao A pocos metros se encontraba la tolda de mi padre.

El tintineo metálico de los machetes y las peinillas se mezclaba con la voz del doctor Camargo. Don Alfonso Luna organizaba cada artículo con cuidado. Los machetes colgaban a la vista. Las limas, palas, barretones y peinillas ocupaban sus lugares. También había pilas, linternas, lámparas Coleman a gasolina y otros productos indispensables para las casas y las fincas que todavía no conocían la energía eléctrica.

Mi padre conocía bien a sus clientes.

Preguntaba por las cosechas, escuchaba las necesidades de cada vereda y sabía qué herramienta convenía para cada trabajo. Era comerciante, pero también hombre de política. Militaba en el Movimiento Revolucionario Liberal, el MRL, y seguía con convicción las ideas de Alfonso López Michelsen. Era casi fanático.

En la tolda se hablaba de negocios y de país.

Yo aprendía escuchando.

Mientras mi padre vendía un machete o mostraba una lámpara, surgían conversaciones sobre el precio del café, el abandono de los caminos, las elecciones, la situación de las veredas y las esperanzas de cambio. Aquella plaza fue una escuela para mí. Allí aprendí política antes de entender los libros de política.

Entre todas las mercancías, los radios de transistores despertaban una emoción especial.

Los campesinos los miraban con curiosidad. Algunos los tomaban entre las manos, movían las perillas y esperaban a que apareciera una emisora entre los ruidos. Cuando la señal entraba con claridad, el rostro se les iluminaba.

Un radio cambiaba la vida cotidiana.

El campesino regresaba a su parcela con el aparato terciado al hombro y desde ese momento lo acompañaban noticias, partidos de fútbol, radionovelas, música popular, la vuelta a Colombia en bicicleta, y las canciones de amor y despecho. Las emisoras arrabaleras llevaban voces lejanas hasta los cultivos y hacían menos solitarias las jornadas de trabajo.

Las grabadoras causaban igual asombro.

Escuchar la propia voz reproducida por una máquina parecía un prodigio. Las personas hablaban frente al micrófono, esperaban unos segundos y luego se oían a sí mismas con sorpresa y risa.

La tecnología entró a muchas veredas por aquellas plazas de mercado.

Viajó entre bultos, canastos, machetes, lámparas y herramientas. Llegó de la mano de comerciantes como mi padre y terminó acompañando la vida de familias enteras.

Aquel Quilichao de los años sesenta vivía de la tierra. Sábados de galería y domingos de ferrocarril en Quilichao La riqueza nacía de las cosechas, de los animales, del comercio y del trabajo. Los campesinos tenían alimentos, parcelas y una relación directa con lo que producían. Cada semana llegaban a la plaza con el fruto de sus manos y regresaban con lo necesario para continuar.

En pocas horas podía venderse una vaca, negociarse una carga de café, encargarse una pieza para una máquina o comprarse una lechuga recién cortada. Los precios se discutían frente a frente. El dinero circulaba con la confianza de quienes se conocían.

Los campesinos eran ricos en tierra, alimento, trabajo y dignidad.

Décadas después llegó otra idea de riqueza. El narcotráfico trajo dinero rápido, violencia, desconfianza y una pobreza distinta, más honda, porque fue rompiendo las relaciones que sostenían a las comunidades.

Los sábados terminaban con cansancio y satisfacción.

Había que recoger la mercancía, revisar lo vendido, separar lo que viajaría al día siguiente y regresar a la ferretería. Mientras mi madre y mis hermanos seguían atendiendo el negocio familiar, mi padre y yo preparábamos la jornada del domingo.

Entonces comenzaba la parte más emocionante.

El domingo viajábamos en tren hacia Timba. Sábados de galería y domingos de ferrocarril en Quilichao La madrugada cubría Santander de Quilichao con una neblina espesa. En la estación había sombras, lámparas, bultos, cajas y personas medio dormidas. Los comerciantes acomodaban sus mercancías y los pasajeros buscaban un lugar en los vagones.

Mi padre y yo fletábamos la ferretería.

Subíamos machetes, radios, pilas, lámparas, herramientas y todo cuanto pudiera venderse en el mercado de Timba. Después nos instalábamos junto a la carga y esperábamos el movimiento inicial.

El tren despertaba con un estremecimiento.

Primero se sentía el golpe entre los vagones. Luego comenzaba el traqueteo de las ruedas sobre los rieles. El sonido se volvía constante, casi musical, y Quilichao empezaba a quedarse atrás.

Yo miraba por la ventana, cuidándome de que no me cayeran partículas mínimas de carbón a los ojos.

La oscuridad se iba abriendo poco a poco. El paisaje aparecía con los primeros tonos de la mañana. Las montañas, los cultivos, los caminos y las casas se dibujaban mientras el tren avanzaba.

En cada estación subía gente.

Llegaban campesinos de Taminango, San José, Lomitas y La Balsa, sobre el río Cauca. Subían con canastos rebosantes, bultos de comida, frutas, gallinas, racimos y encargos. También traían historias, noticias y risas.

El vagón se convertía en un mercado en movimiento.

Se hablaba del clima, de las cosechas, del precio de los productos, de los enfermos, de los nacimientos y de la política. Algunos se conocían desde hacía años. Otros iniciaban allí una amistad o cerraban un negocio antes de llegar a destino.

Todos viajábamos hacia el mercado dominical de Timba.

 

El tren del norte del Cauca

«El tren llevaba mercancías, noticias, afectos y esperanzas por todo el norte del Cauca.»

La llegada tenía su propio alboroto.

Había que bajar la mercancía, levantar la tolda y organizar cada artículo. Poco después, la plaza se llenaba con la misma intensidad de Quilichao. Aparecían los compradores, los vendedores, los campesinos y los visitantes.

Timba tenía además otro atractivo.

El río era uno de los grandes lugares de paseo de la región. En sus playas se habían instalado casetas de baile y los domingos llegaban buses repletos desde Cali. Los paseos atravesaban Jamundí, Guachinte y Robles antes de desembocar en una multitud alegre que ocupaba las orillas.

Las familias cocinaban sancochos en fogones improvisados. La música salía de las casetas. Los niños corrían cerca del agua y los adultos bailaban, conversaban y compartían la comida.

Sábados de galería y domingos de ferrocarril en Quilichao
Imagen: Timba stereo

El mercado y el río daban vida al pueblo.

Mi padre atendía a los clientes y yo observaba.

Acompañarlo me parecía entonces parte natural de la vida. Con los años entendí que aquellos viajes fueron una educación completa. Aprendí a escuchar, a conversar con respeto, a reconocer el valor del trabajo campesino y a comprender que un mercado contiene la historia de una comunidad.

También aprendí que un territorio necesita caminos, trenes, plazas y lugares donde la gente pueda encontrarse.

El ferrocarril unía poblaciones, familias y economías. Transportaba mercancías, pero también llevaba noticias, afectos y esperanzas. Cada estación mantenía vivo un pedazo del norte del Cauca.

El 22 de agosto de 1967, fecha exacta cuando yo estaba cumpliendo 15 años, el gobierno de Carlos Lleras Restrepo mediante decreto número 1555 de aquel día, autorizó a la Junta Directiva de los Ferrocarriles Nacionales de Colombia, División Pacífico, para retirar el ramal férreo entre Timba y Santander de Quilichao y dispuso su remplazo por el carreteable que hoy transitamos con bastante dificultad y no pocos riesgos.

Hoy, 59 años después, vuelvo a ver todo con una claridad que me conmueve.

Veo la camioneta roja estacionada en la plaza.

Veo al doctor Camargo frente al micrófono, con el rostro encendido por el sol, explicando las bondades de sus jarabes.

Veo a mi padre acomodando machetes, peinillas, pilas y radios bajo la tolda.

Veo a los campesinos probando los transistores antes de emprender el regreso a sus parcelas.

Escucho el silbato del tren.

Siento otra vez el movimiento del vagón, el golpe de los bultos contra el piso y las voces de quienes subían en Taminango, San José, Lomitas y La Balsa.

Veo a mi padre sentado junto a la mercancía mientras la mañana comenzaba a descubrir el paisaje.

Recuerdo a mi madre y a mis hermanos atendiendo la ferretería en el centro de Quilichao. Recuerdo el cansancio de los domingos, el polvo en la ropa y la satisfacción de haber cumplido otra jornada.

Aquel mundo cambió.

El tren dejó de pasar. Las plazas se transformaron. Muchas toldas desaparecieron. Los viejos comerciantes se fueron y con ellos se extinguieron voces, costumbres y maneras de entender la palabra.

Sin embargo, aquella época permanece en quienes la vivimos.

Está en los relatos familiares, en las fotografías guardadas, en los nombres de los antiguos comerciantes y en la memoria de los campesinos que hicieron de la plaza su lugar de encuentro.

 

La plaza y la palabra

«La plaza era el corazón de Quilichao y la palabra tenía el valor de un contrato.»

Para las nuevas generaciones, este recuerdo puede parecer lejano.

Hubo un tiempo en que viajar en tren era parte de la vida. Hubo sábados en los que todo Quilichao se encontraba en la plaza. Hubo campesinos que regresaban felices a sus parcelas con un radio nuevo terciado al hombro. Hubo familias que se bañaban en el río Timba mientras el sancocho hervía a la orilla.

Nuestros abuelos también conocieron la felicidad.

La encontraron en el trabajo, en la conversación, en el viaje compartido, en la música de una caseta, en el silbato de un tren y en la confianza que permitía cerrar un negocio con la mano extendida.

Hoy amanecí añorante porque una parte de mi vida sigue viajando en aquellos vagones.

Allí va mi padre, rodeado de herramientas y mercancías.

Allí voy yo, muchacho todavía, mirando por la ventana mientras amanece sobre el norte del Cauca.

Y en algún lugar de esa memoria, bajo el sol de la plaza, el doctor Camargo vuelve a encender su parlante y la camioneta roja vuelve a brillar.