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Viernes, 2 de octubre de 2026

RUMOR DE INCENDIO

maria-dolores-guadarrama
Bulevar
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Un libro es un monstruo dormido
L de q

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Imagen: www.cronicadelquindio.com

Cuando llegué a la primera página ya el rumor había desaparecido y el incendio estaba apagado. Solo quedaba una luz a lo lejos bajo un roble y sobre el ambiente volaba el polvillo de las cenizas que habían sobrevivido.

Al abrir el libro se siente a la vida mugir o acezar como un animal cansado o, mejor, resignado a levantar los pies para ensayar si todavía recuerda cómo es andar. Parece, una mansa fiera que acaricia avara la hora venidera.

Leer a María Dolores Guadarrama es transitar en una extraña balsa en el intrincado mar que habitan las tormentas. El lector debe estar atento para no sumergirse en las aguas que recortan el paisaje y deshacerse en menudos cardúmenes o convertirse en una pequeña sombra.

Las palabras-visión de la poeta van corriendo como si fueran sangre o un manojo de nervios o una historia que se agita en su memoria desde los matorrales de su infancia. Quien desee acompañarla en este viaje como lo hizo Virgilio a Dante encontrará desiertos, mareas de hombres y mujeres que suben y bajan y esqueletos que danzan ebrios por una calle ciega.

La poesía de esta mujer mexicana es de sabor existencial. Va sembrando, como mojones en el camino, paradojas y contraposiciones de ideas para que el lector se detenga a rumiar situaciones y paisajes. A veces interroga aunque sabe que no encontrará respuesta o caminará entre diluvios de olvido en la ciudad dormida en donde se mecen los besos y los sollozos florecen de noche.

María Dolores hace honor a su nombre. Su canto está lleno de soledades, de ascensos a montañas escarpadas con cuerdas flojas a punto de romperse. Deja ver todo su ser que siente y vela y sueña. Ve alzar de vuelo a la luna que reparte costillas y lenguas con sexo hostigado que hace sangrar amapolas…  

Sí, en el discurrir de las páginas hay más que rumores e incendio. Hay habitaciones en ciudades de viento y fiestas en los astros despiertos que bailan al son de piedras que cantan. Mientras abajo, los miedos en corcel de acero viajan de sur a norte.

El mundo de María Dolores está lleno de presagios, de ráfagas, de tambores que repican en su existencia, al paso que la conciencia dormita igual que telaraña vieja. Como una pintora entre el polvo de nubes va registrando en el lienzo la maraña emponzoñada de criaturas leves y formas de frutos y flores.

Al terminar, aún el crujir del incendio susurra en el oído y el yermo. Ya no hay llamas pero las formas han perdido su esencia y su risa. Tal vez esa era la intención de la autora. Hay un rumor perdido en los recuerdos, en la senda, en el caer de la tarde y la sombra que cubre las cenizas. María Dolores seguirá cantando como Virgilio hasta que su otro yo la acompañe.

Nota: Las expresiones en bastardilla pertenecen a la Autora del libro

Cali 22-09-16                                   11:45 a.m.

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