Rodrigo Zambrano Vejarano



Tristes momentos siente siempre el alma al despedir a quienes han sido compañeros, amigos, aliados y caminantes del espíritu y la vida. Hoy despedimos a un hijo bueno, a un padre ejemplar, a un esposo feliz en su lealtad de amor, a un hermano ideal y a un compañero y amigo sin igual.
Rodrigo Zambrano Vejarano nació para dejar una huella imborrable en todos los que lo conocimos, una luz para quienes acudieron a sus consejos, una esperanza para el necesitado, un soporte de unión para toda su familia y un carácter firme en una sociedad vacilante e insegura.
En su hogar fortaleció los principios del trabajo constante, con su imaginación y pericia llegó a dominar los secretos del agro, cultivó la ilusión por la ciencia de la ingeniería y construyó con su acción paraísos de esperanza y sueños sagrados realizables.
No fueron fantasías sus sueños, se enamoró de una bella mujer, señorial y elegante que brillaba con luz propia en la cumbre de la hermosura humana, era Astrid Simmonds Trujillo.
En su profesión empezó a figurar con proyectos alcanzables hacia altos objetivos. Su paso por la Federación Nacional de Cafeteros, la Aeronáutica Civil, el Distrito de Obras Públicas lo perfilaron como un gran ejecutor, lo que siguió demostrando en la construcción de obras civiles y sus contratos profesionales que lo llevaron a construir carreteras en el Chocó en compañía del inolvidable Eric Simmonds y luego la vía hacia nuestro Pacífico en sociedad con importantes profesionales caucanos de la ingeniería.
Nunca dejó de interesarse por las obras públicas, recuerdo que unos de nuestros paseos dominicales, después del almuerzo, era revisar la construcción de la doble calzada Popayán-Santander de Quilichao demostrando un profundo interés por los avances de esa obra.
Rodrigo se cultivó en muchas ramas, le encantaban los conciertos clásicos y entre ellos las rapsodias húngaras de Franz Liszt, los altos ritmos de la música brillante y los acordes nostálgicos de las melodías populares.
Le gustaba la buena poesía que aún recitaba en sus últimos años. Era además amante del deporte, de la vida al aire libre, del campo, la ganadería, los caballos y la agricultura. Fue miembro por varios años de la Sociedad de Ganaderos del Cauca.
Intervino en la política y logró ser concejal de Popayán y miembro del Consejo de Patrimonio. Acompañó con fervor varias campañas presidenciales en especial la de Luis Carlos Galán hasta su trágica muerte. Sabía defender con firmeza su ideología, pero siempre con respeto por las ideas ajenas y bajo el entorno de la diversidad.
Rodrigo era un ser social por naturaleza e hizo del Club Popayán casi un segundo hogar y por ello fue presidente titular, pero además luego fue declarado presidente honorario vitalicio. Tuve la fortuna de dialogar con él por más de 40 años de su vida. Jamás peleamos por política, nos unían muchas cosas, el amor por Marcela su hija, mi esposa ejemplar, nos unía el amor por Popayán, por las buenas costumbres, por la historia, la filosofía y el deseo siempre presente de algún día tener una Patria en paz.
Cuando falleció el gran amor de su vida, la inolvidable Astrid, su corazón se rompió y herido siguió viviendo sin resignarse a esa pérdida y hasta en sus últimos susurros y palabras la invocó con fervor. Cuenta su fiel y abnegada asistente diaria de su salud que hace pocos días se despidió de ella y ante su sorpresa le expresó: “Astrid ya vino y me dijo que era hora de irnos”.
Su devoción y protección por sus hijos fue profunda, apoyando su bienestar y sus trabajos. Su sombra protectora la sintieron siempre Álvaro, Rodrigo José, Pablo, su adorada Marcela y Santiago. Como yerno sentí siempre su afecto y su cariño que se extendía a todas sus nueras.
Rodrigo nunca olvidó a sus padres fallecidos y cubrió de afecto a sus hermanos, Álvaro, Diego, Sebastián y Lolita. Sus 9 nietas y sus 2 nietos eran su predilección y su ilusión, gozaba con cada uno de sus triunfos y sus cumpleaños y diciembre eran para él un disfrute inigualable. Recuerdo la última novena del año anterior que yo entoné, oró, cantó e hizo vibrar las panderetas. Una de sus últimas visitas al Valle de las Papas fue con mis hijas, gozó y disfrutó como nunca.
Fue Rodrigo un gran amigo de sus amigos y de sus compañeros de Universidad y de profesión. Respetó y apoyó hasta el final a la Asociación Caucana de Ingenieros y recibió varios premios y menciones incluso de la Asociación Colombiana de Ingeniería que lo galardonó con la medalla Julio Garavito en acto solemne al cual asistimos en Bogotá. Hay que destacar que Rodrigo Zambrano Vejarano era Ingeniero Civil e Industrial de la Universidad del Cauca.
Una fase destacada de su personalidad era el humor, el humor inteligente, carismático y culto y gozaba como un niño con sus amigos y sus ocurrencias en especial cuando asistía al amable grupo de “Amigos del Café”. Ver en su casa con sus amigos ingenieros los partidos de la selección Colombia de fútbol por televisión se había convertido en un ritual mágico que nunca dejó de cumplir.
Hay muchas otras facetas de su personalidad, pero me he referido a las más esenciales. Al dialogar con él casi diariamente en su hogar, en nuestra casa, en Santa Rita o en la histórica Casona de Calibío, con inmensa satisfacción pude descubrir un alma comprensiva, generosa, tolerante, con una honestidad e integridad intelectual a toda prueba. Tenía convicciones muy arraigadas y las defendía con pasión. Católico creyente y practicante, era hombre de fe sin aspavientos ni publicidad.
Sabemos muy bien que nuestra vida terrenal es temporal y que nuestro origen elevado y divino nos permite cultivar y acrecentar la esperanza de una nueva vida espiritual y eterna. Por eso quienes esto creemos no generamos angustia interior, sino que nos refugiamos con entusiasmo y respeto en el anhelo de la eternidad universal, en el amor y la paz de Dios. Allí pensamos que ya está habitando el alma de Rodrigo Zambrano Vejarano.
Con un cielo más azul que nunca y una brisa tibia que acariciaba el entorno y cuando la tarde alegre y feliz retozaba con sus ensueños majestuosos de luz, Rodrigo me confesó en la finca Santa Rita, que estaba listo, que había amado a su mujer, a sus hijos y nietos con todo su corazón, que había sembrado muchos árboles, que a sus casi 95 años ya había escrito el libro de su vida con prólogos y epílogos suficientes, que aún recitaba poemas y que entonces podía trascender sin temor a una vida nueva que lo esperaba con ansiedad.
El tiempo se acaba, la energía del ser decae, la sabiduría asoma fabulosa y el espíritu se acerca al descubrimiento y la visión de la gloria celestial. La huella en la Tierra queda intacta y sus allegados la conservarán con los pensamientos más elevados, los recuerdos más alegres y la escritura bordada en letras de oro y plata resistentes al paso de los años.
En cada calle de nuestra amada ciudad se sentirá su presencia exhibiendo sus rasgos personales, su decencia, su caballerosidad y los aportes de su formación profesional como acervo tangible y testigo real de una época que ya pasó.
Ahora volveremos todos a nuestras ocupaciones habituales, regresaremos con nostalgia a mirar los sitios compartidos y algún día todos nos encontraremos en la hermosa promesa espiritual ya convertida en realidad. El tiempo sin prisa seguirá caminando y las almas visitarán los entornos queridos cuando los arreboles con el sol estén ocultándose en el horizonte.
Tenemos confianza de seguir respirando historia. Rodrigo a pocos días de sus 95 años era ya un Patriarca y los Patriarcas se respetan, se recuerdan y se adoptan como hijos ejemplares de recuerdos imperecederos.
Es muy elevada la responsabilidad de despedir a un Patriarca, lo hago a conciencia, con profundo afecto y admiración y con la suficiente convicción de vivir hacia adelante con una memoria agradecida y noble que miraré siempre en los ojos de mi amada esposa Marcela y de mis hijas. En los ojos de ellas seguiré construyendo el futuro sin cerrar jamás las puertas del recuerdo y del afecto.
Los rumores de la Navidad ya se sienten sonoros y brillantes y a pesar de que los Patriarcas nunca mueren tenemos que darle a Rodrigo un adiós temporal.
Toda su familia agradece las sinceras manifestaciones y expresiones de cariño recibidas y con el corazón henchido de amor todos podemos decir: Adiós padre, adiós abuelo, adiós hermano, adiós amigo, que la luz del Señor alumbre tu senda y que encuentres muy pronto el abrazo eterno de la DIVINIDAD.
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