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Martes, 13 de octubre de 2026

Restituir no es regalar, es una deuda histórica.

Restituir no es regalar, es una deuda histórica.

Imagen por: https://gemini.google.com/

Stella Ramírez G.

Hay frases que no necesitan pronunciarse para hacerse evidentes.

Se revelan en los giros del discurso, en los cambios de tono, en la facilidad con la que algunos olvidan lo que ayer rechazaban con vehemencia.

Aún retumban en los oídos del pueblo colombiano los gritos que desde el Congreso decían “no”:

no a las reformas sociales, no al «programa de gobierno» por el que el pueblo votó y escogió en las urnas.

Fueron capaces de demandar el bono pensional para los adultos más vulnerables.

Hoy, eso mismo a lo que se opusieron con rabia, es su propuesta de gobierno.

Vaya manera de hacer política.

En tiempos de campaña empieza a escucharse algo que, hasta hace poco, parecía impensable:

Hablan ahora de proteger al campesino.

De garantizar derechos.

De devolver tierras.

De no tocar beneficios sociales.

¿Pero cómo?

Los mismos que durante años calificaron esas ideas como populismo, como despilfarro, como una amenaza al orden económico.

Entonces la pregunta no es menor:

¿En qué momento cambió la convicción?

¿O será que nunca fue convicción, sino conveniencia?

¿En qué momento les nació ese súbito “amor” por el pueblo?

Durante décadas se instaló una idea peligrosa: que la riqueza es prueba de mérito y la pobreza evidencia de fracaso.

Bajo esa lógica, quitarle al pobre nunca fue escandaloso, porque en el fondo se asumía que ese poco ni siquiera le correspondía del todo.

En cambio, proteger a los más ricos se convirtió en una causa legítima, casi moral.

Hoy lo seguimos viendo: decisiones que asfixian al pueblo se presentan como técnicas, inevitables, necesarias… mientras los beneficios se concentran arriba.

Por eso no deja de ser revelador que ahora, en plena disputa electoral, algunos intenten apropiarse de un lenguaje que antes despreciaban.

Hablan de restituir, pero evitan nombrar el despojo.

Hablan de justicia social, pero callan sobre las decisiones que profundizaron la desigualdad.

Hablan de no quitarle al pueblo, pero guardan silencio sobre las veces que avalaron políticas que hicieron exactamente eso.

Y ahí es donde la discusión deja de ser política para volverse ética.

Porque restituir no es regalar.

Restituir es reconocer que hubo un despojo.

Que hubo una historia de acumulación construida, muchas veces, sobre la exclusión de otros.

No es un acto de generosidad.

Es un acto de responsabilidad.

Hoy se habla de devolver tierras a campesinos expulsados por la violencia.

De respetar derechos que han tenido que defenderse en tribunales.

De garantizar condiciones mínimas de dignidad.

Pero lo que para unos es una deuda histórica, para otros sigue siendo una amenaza.

Y ahí se revela la contradicción más profunda:

quienes hoy prometen reparar, ayer justificaban el daño.

Quizás no estamos ante un cambio de visión, sino ante un cambio de estrategia.

Porque cuando el poder se ve en riesgo, el discurso se acomoda.

Se disfraza.

Se suaviza.

Pero la memoria no debería ser tan fácil de moldear.

Un país no se define por lo que promete en campaña,

sino por lo que sostuvo cuando tuvo el poder en sus manos.

Y en esa memoria incómoda hay una verdad que no admite maquillaje:

restituir nunca fue el problema.

El problema —para algunos— siempre ha sido aceptar que hay algo que devolver.


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