REPORTE DE VIAJE Y SALUDO A UNA AMIGA
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Hola, Glorita: Una flor en tu camino.
Queremos contarte que ya estamos otra vez en nuestro nido. Fuimos a una invitación a unos cumpleaños de la nieta de una vieja amistad a NY y fuimos a visitar otros amigos a Washington. Paseamos muy sabroso y compramos ropa y dulces. Fuimos muy bien recibidos. Encontramos ese país inalterado.
Libertad casi igual a indiferencia, masa, almacenes, consumo al por mayor. Eso hace al residente un punto indiferente y al visitante casi un intruso a la intimidad de la indiferencia. Uno rueda como una llanta, suelto, sin ser tenido en cuenta. Nadie lo conoce, ni saluda. Pasan miles de personas por nuestro lado y ni se dan cuenta de que existimos. Cada quien va ensimismado por la calle o deambula por almacenes como autómatas en busca de sus intereses. Nada más importa. El mundo es invisible.
Como un buscador en un blackberry solo fija la atención en el ícono que muestra la pantalla. La «atención» de los vendedores es impersonal y distante. No hay amabilidad ni buen trato. Apenas reciben la prenda o el aparato o el juguete, lo registran junto con la tasa o impuesto, lo echan a una bolsa, reciben el pago, lo entregan y eso es todo. Dirán que para qué una mirada grata o una sonrisa. O ni eso piensan jamás. Su sociedad no los acostumbró a la calidez, a la afabilidad o a brindar algo más que un producto. Un valor agregado, dicen los analistas de mercado.
Como ves, Glorita, si no fuera porque uno se siente atraído por la propaganda, nunca entraría a ponerse en manos de estos robots humanos en los grandes moles o supermercados. Tal vez la tecnología que llega de Israel o Japón, no alcanza para fabricar robots adiestrados para atender mejor al cliente y dibujar en el rostro una sonrisa o un guiño artificial del ojo izquierdo.
En los trenes y metros, en los buses la gente viste de modo informal y va leyendo o mira al suelo. Nadie se preocupa por la suerte del otro. Más se preocupan las firmas comerciales que tienen en las paredes de trenes y buses cantidad apabullante de mensajes que disparan su invitación a comprar, a consumir, a llenar más los bolsillos de bancos, industriales y compañías anónimas.
El paisaje ahora en Nueva York es verde. La primavera ya dejó secar las flores y cayeron en el suelo tulipanes, azaleas y los cerezos blancos y rosados que nacieron rozagantes cuando apuntó el nacimiento de la estación. El Arboretum o jardín botánico que visitamos en Oyster Bay a instancias de los amigos colombianos que nos alojaron cerca de Washington fue el momento más grato de nuestra estadía en EE. UU. Pequeñísimos bonsáis y enormes robles expusieron sus cuerpos con donosura y largueza y nos brindaron su sombra pues el sol calentaba la mañana y quemaba nuestra piel. Nos sentamos cansados de caminata larga junto a un extenso jardín de rojas azaleas y reímos y danzamos frente a ellas.
Ah, también estuvimos, por tercera vez en el Mueso Metropolitan. Es tan enorme y lleno de obras antiguas, medievales y modernas, de pintores, escultores, ceramistas, orfebres, grabadores que una semana no alcanzaría para que ojos y sensibilidad registren datalle por detalle cuanta riqueza hay allí. Casi se diría que este museo recopila las creaciones del ser humano desde su aparición en esta escena corta de milenios hasta la actualidad.
¿Me preguntarás, acaso, si fue un fracaso nuestro viaje o una decepción ir de nuevo al país del norte? No, querida amiga. Siempre se aprende. De todas las experiencias de la vida quedan unos sabores, unos olores, unos recuerdos.
Me despido, Glorita, porque las cartas como las visitas deben ser cortas para no aburrir ni causar molestias. Un abrazo, L
Leer más…





