Rememorando la piscina municipal de Popayán


Foto: Facebook
Rememorando la piscina municipal.
Por iniciativa del Concejo Municipal, en 1930, se acordó destinar los espacios de ladera junto al Morro de Tulcán, para la recreación popular se asignaron recursos para la construcción de la piscina municipal, cuya vida expiró, suplantadas por fragmentos arquitectónicos de fachadas alusivas a los edificios y lugares del centro histórico.
Por más de veinte años, la piscina permaneció en estado de ruina, como en una película sin guion, quedando en el olvido su fuentes luminosas que alzadas al cielo parecían adormecer el tiempo, iluminando las pocetas encapsuladas en paisaje pictórico y sonoro de los cerros tutelares con una narrativa tradicional de historias vividas y donde una pareja de zarigüeyas o chuchas de monte, la habitaban intermitentemente mientras un crepúsculo de luz llenaba los espacios de color para recrear la vida cotidiana de lugareños.
La piscina municipal dejó de ser un sitio de jolgorio para hacer resurgir historias que aparentan estar dormidas. En la parte de arriba se remodeló la casona que antes era un bailadero. En el año 1934, cuando se terminaron las obras que se hicieron bajo la dirección del ingeniero Ernesto Alcázar, siendo gerente de las Empresas Municipales, Abelardo González, en el acto inaugural de las mismas, se ofreció un concierto del tenor mexicano, Alfonso Ortiz Tirado, con un recital de boleros, tras su gira por Suramérica. La Piscina Municipal fue el primer club social popular que tuvo Popayán arriba estaba la piscina chiquita. En la casa al fondo las escaleras conducían a una combinación de gastro-bar-discoteca. La muchachada del Barrio Caldas la tenían como el patio de recreo de su urbanización, jugaban fútbol en la zona verde y perpetuaron sus recuerdos aquellas bellas épocas de final de los 60 y la década de los 70.
La vía de acceso tiene forma de gota de agua, construido el carreteable justo abajo del cerro del Morro, donde alguna vez estuvo la estatua ecuestre de don Sebastián de Belalcázar, fundador y guardián de la cripta del Quijote, en cuyo entorno hay muchas estaciones y banquetas para respirar pureza y disfrutar del sonido de las aguas de riachuelos y trinar de aves que invitan a apacibles lecturas.
Ya no está la piscina con sus aguas gélidas que paralizaban a nadadores inexpertos para sucumbir encalambrados en sus oquedades profundas, los ahogados ya no merodean como espíritus chocarreros. La casona cerró sus puertas y ventanales para expulsar sus fantasmas y abrir oficinas, los desterraron junto con la estatua ecuestre del fundador, desaparecieron las fuentes luminosas, la pareja de zarigüeyas, por considerarlas ofensivas para la cosmogonía de los pueblos originarios.
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