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Miércoles, 21 de octubre de 2026

Reflexiones sobre el descubrimiento y la justicia dominante

¿Acaso el concepto de descubrimiento no fue más que una legitimación ideológica, edulcorada con bondades y virtudes, suaves y hasta...

Jorge Muñoz Fernández
Mateo Malahora [email protected]

¿Acaso el concepto de descubrimiento no fue más que una legitimación ideológica, edulcorada con bondades y virtudes, suaves y hasta llenas de ternura, para dar paso a una colonización donde el sometimiento convirtió a nuestra Primera Nación en territorio de siervos y esclavos?

Desde la aparición de las sociedades organizadas la justicia ha sido el deber ser para los conductores de la sociedad, cualquiera que sea su forma económica, política o social; ha constituido una posibilidad próxima o remota para los vencidos y también un deber ser para quienes desde el conocimiento crítico asumen posiciones diferentes en la construcción de un nuevo tipo de sociedad.

Justicia tiene variadas interpretaciones que constituyen, regularmente, polos opuestos y en la propia vida cotidiana encontramos posiciones incoherentes y visiones antagónicas.

Son, en ocasiones, tan antagónicas las versiones puestas en escena en torno a la justicia, que alientan rivalidades, enfrentan personas, pueblos, naciones y provocan guerras.

No es insólito, entonces, encontrar ambientes hostiles en los que los adversarios se vuelven enemigos, las relaciones de convivencia se truecan en incompatibles y las rivalidades son la perfecta excusa para ejercer la dominación, oprimir al otro, desaparecerlo, encarcelarlo o justificar la muerte.

Y aunque en el imaginario de la sociedad colombiana exista la idea de una justicia subjetiva y neutral, la nuestra tiene raíces históricas conflictivas que superan los simples debates filosóficos.

Justicia

Pensar que siempre ha existido una justicia por encima de los conflictos, como se arguye en los círculos donde se descartan las contradicciones sociales, pertenece a la inocencia política.

Justicia independiente, sin vínculo alguno con un determinado sistema político y social, situada en una morada de remanso eterno, no es más que una sombrilla ideológica que ampara y justifica la idea de un mundo armónico, desde cuyo escenario desciende, como deidad suprema, a la mente de los jueces para resolver conflictos.

Sin embargo, tan evidente es el avasallamiento de la dignidad humana en los sectores sociales excluidos del bienestar, el ejercicio arbitrario del poder, el favoritismo político, el desconocimiento de las reglas de juego establecidas en la Constitución, el desafuero de las autoridades y la sinrazón de la pobreza, que los oprimidos, frágiles como se les llama ahora, llegan a la conclusión, en el ambiente gris de la supervivencia hogareña, que la justicia es simplemente un problema legal que nada tiene que ver con las condiciones sociales de un país.

Se le estampa, así, a la ley, un carácter fetichista, como ocurría también en Roma, en la alta Edad Media y en la Colonia, cuando el mito de los reglamentos y la norma estaban por encima de la opresión y simulaban proteger los intereses de la sociedad en su conjunto.

¿De qué sirven avanzadas leyes si al pueblo lo agobia el desempleo, el hambre, la violencia y la miseria?

La realidad no está en las leyes, la realidad supera la bondad de las leyes.

¿Se enseña, en la historia oficial, por ejemplo, que el Indio Manuel Quintín Lame, un aparcero de la nación nasa que a comienzos del Siglo XX movilizó a los indígenas contra la servidumbre del terraje, el derecho a la tierra, lograr una entidad política autónoma, cristalizada en el cabildo, y de vivir, igualmente, en un territorio autónomo, el resguardo?

Fue su resistencia la que confluyó en la “jurisdicción especial indígena”, consagrada en la Constitución Nacional.

Sobre el terraje, Lorenzo Muelas, quien llegó a ser miembros de la Asamblea Nacional Constituyente, (1.991), dijo: “Al indígena no se tenía en cuenta como persona humana, sino como una bestia de carga”.

Tan pesado es el lastre ideológico que aún pesa sobre la historia colombiana que la cultura dominante presentaba historias románticas (La María) como si constituyeran una red afectiva que cubría toda la territorialidad colombiana del siglo XIX.

En la difusión de su relato, de alto valor en el género literario del romanticismo, es más importante el paisaje, el candor amoroso, el canto de los pájaros, que las estructuras feudales, con sus instituciones patriarcales, el terraje y la alcabala minera.

¿Y cómo entender que en Cartagena, nuestros historiadores oficiales, con Alcalde a bordo, colocaron una placa para conmemorar el ataque de los piratas ingleses (1741) y en ciudades como Cali y Popayán, Sebastián de Belalcázar, conspicuo invasor español, todavía funge como un personaje que merece eterno reconocimiento por habernos traído como regalo nuestra lengua, las costumbres europeas, la esclavitud y la servidumbre, en el contexto del descubrimiento?

¿Y qué dice nuestra Academia de Historia?

¿Acaso el concepto de descubrimiento no fue más que una legitimación ideológica, edulcorada con bondades y virtudes, suaves y hasta llenas de ternura, para dar paso a una colonización donde el sometimiento convirtió a nuestra Primera Nación en territorio de siervos y esclavos?

Tiempos para que los nuevos concejales de Popayán rindan homenaje histórico al Cacique Pubén y ordenen el descenso y colocación de Sebastián de Belalcázar en una mansión colonial payanesa donde aún se exalte la mansedumbre y benignidad conque sus huestes, con arcabuces y perros de presa, desplazaron a los nativos del Valle de Pubén. Hasta pronto.

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Redacción Proclama del Pacífico

Periodismo verificado desde Santander de Quilichao, Cauca.

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