Ir al contenido principal

Red de Medios Proclama del Pacífico Noticias

Pico y Placa Jueves:
Popayán 5 y 6
Cali 5 y 6
Jueves, 1 de octubre de 2026
viernes 24 octubre, 2014 a las 1:46 pm

Reflexiones desde El Cerro del Cacique Pubén, antes Cerro de Belalcázar

Cerro de Puben, Cerro Belalcázar - Popayán
Por JORGE MUÑOZ FERNANDEZ jorgemuñozefe@hotmail.com
MATEO MALAHORA [email protected]

Dentro de pocas semanas se escucharán los primeros cohetones y juegos pirotécnicos y no, precisamente, en honor de las celebraciones decembrinas, sino con motivo de las inauguraciones, reinaguraciones y estrenos regionales de las casas políticas, con miras a llegar al poder o eternizarse en él.

En el Cauca habrá regocijos, comilona y aguardiente sin azúcar para prolongar la vida de los electores. Sin embargo, una franja de la población lo pensará dos veces para asistir nuevamente a los convites, saraos y veladas partidistas.

Quizá piensen que las convocatorias gubernamentales y de la partidocracia, para hablar de candidatos, sucesores, pretendientes y del referendo, es lo más seductor de la antipolítica en estos momentos.

Un contertulio habitual del Café Juan Valdez me decía, a propósito, el día de ayer: “El gran problema, Malahora, es que la franja incrédula y desconfiada, va “in crescendo”, y la gente, incluida la del montón, observa que los partidos políticos tradicionales se trastearon con sus corotos ideológicos a nuevos recintos políticos donde no existen diferencias de fondo sino oportunismo militante”.

Lo del trasteo no me parece evidente, le expreso, las grandes colectividades históricas no se han trasteado, sus dirigentes apenas se han cambiado de casaca, han volteado la tortilla, barajan ahora un nuevo naipe, pero las cartas son las mismas, y, allí, como en los casinos y garitos, la gente que no apuesta conoce muy bien a los jugadores.

Saben quiénes integran los cenáculos del poder, conocen sus relaciones con las opulentas corporaciones financieras, los círculos donde de tarde en tarde se reúnen los tahúres para marcar los ases de la baraja que utilizarán los jugadores del establecimiento. Hay que ganar hábilmente la partida. Perder no es honroso.

Entienden que allí se habla de todo, de los ganadores, de los vencedores, de los ambiciosos y de los perdedores; allí el juego es la suprema felicidad, este cheque es suyo, este contrato para mengano, este es del otro, del insobornable, del sobornable; todos tienen temple de acero, nadie se destroza los nervios para intuir quién gana, porque de antemano se sabe con quiénes hay que compartir burocráticamente el premio y cuál es el vencedor que recibirá la palmadita.

Coincidimos los contertulios que el gran problema del país no se soluciona dándole un barniz distinto a las derruidas formas del poder, tampoco mudando de casino, ni mucho menos cambiando las banderas y el color de los partidos “para que todo siga igual”, como en la célebre expresión del Conde de Lampeduza, que exalta el cinismo político de manera obscena: “Que todo cambien para que todo siga igual”. El problema es de fondo, y supera el ramplón oportunismo de los partidos políticos.

Política - voto - democracia

¿Cómo ganar adeptos si los partidos políticos han sustituido los principios éticos ordenadores de la política por la teoría de los rufianes?

¿Dónde está la moral de los partidos? ¿Dónde la honestidad? Que los magos de los espectáculos políticos nos muestren el naipe y las mangas del saco para percatarnos si hay pulcritud en el juego. Que nos digan quiénes son los héroes y sabremos si hay o no cadáveres.

El país no puede ser un garito, un juego neoliberal de boliche, ni la política un club de amigos donde las cuentas se salden con desafíos, amenazas, curules o tiros, como ocurrió en macabras y tenebrosas décadas.

Basta de aprovechar la opacidad de la conciencia colectiva de los colombianos, basta de crear ilusiones políticas sin tocar las estructuras sociales que soportan la iniquidad y la injusticia social.

Basta de utilizar espejismos, de engañar con el lenguaje, confundir el pensamiento, alterar la socialidad, la buena fe colectiva, de maltratar el silencio que habla, y eclipsar el futuro con espantos y realidades de la violencia política.

Basta de crear fantásmicos mensajes para que la conciencia de las comunidades se sienta infractora cuando en los discursos políticos se escucha: “Culpables somos todos”. Freud merece respeto. No tienen vergüenza.

Vigilar, castigar y controlar ya no son funciones exclusivas de las instituciones coercitivas. Los partidos han establecido tupidas redes de obediencia social, donde los sujetos, -ciudadanos-, son sometidos clientelarmente por la necesidad, no importa el partido que ejerza la dominación.

Válidas son las técnicas disciplinarias de las que habló Michel Foucault, utilizadas también por los partidos políticos para adiestrar, domesticar, manipular y docilizar los cuerpos de los electores. “Que viva la democracia”.

Colombia cree en la paz, pero la paz no puede pasar por el clientelismo partidizante, el alquiler del voto, la perversión de la conciencia nacional y el desmantelamiento mediático de la crítica ciudadana para que las cosas sigan como están.

Y mientras se tiende con afán inversionista la mesa del postconflicto, causa indignación que en Popayán se asesinen policías protectores de ancianos y niños. Hasta pronto.