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Miércoles, 21 de octubre de 2026

Reflexiones desde El Cerro del Cacique Pubén, antes Cerro de Belalcázar

Pareciera que los ciudadanos payaneses y caucanos, después de cumplir con la obligación de elegir a sus mandatarios, olvidan que...

Jorge Muñoz Fernandez
MATEO MALAHORA [email protected]

Pareciera que los ciudadanos payaneses y caucanos, después de cumplir con la obligación de elegir a sus mandatarios, olvidan que les asiste el derecho de cuestionar o apoyar las funciones que deben desempeñar los gobernantes con relación al progreso y sus programas de gobierno.

Hecha la celebración etílica en la noche de la victoria es como si al otro día, en virtud de la resaca, desaparecieran sus derechos fundamentales, sociales, económicos, culturales, colectivos y del ambiente y, en consecuencia, a partir de ese momento, se comportan como si no fueran sujetos de derechos y deberes ciudadanos.

Y si hay motivo para pronunciarse en contra de las políticas regionales o municipales que sensiblemente les afectan, prefieren hacerlo a “sotto voce” y, cuando no, les invade un quemeimportismo que desestima, a la manera de rechazo moral, acudir a censuras democráticas.

Los gobernantes, en “la exquisita democracia representativa”, no se eligen únicamente para pronunciar discursos neutros; sus posiciones públicas deben tener, como lo fueron en la campaña para acceder al poder, alcances políticos, en el mejor sentido de la palabra.

Recuperar esa línea política no es atentar contra la ética administrativa, es obrar en consonancia con la ética del saber, la moral pública y la ética gubernamental, que los situarán en defensa del “statu quo”, si su programa tuvo ese carácter, o en acciones gubernamentales destinadas a transformar la realidad social de la comunidades que les otorgaron la victoria.

Cerro de Puben, Cerro Belalcázar - Popayán

Si un gobernante se considera transformador y progresista debe convertirse en ideólogo, guía y catalizador del pensamiento colectivo. Si lo es, o cree serlo, pero permanece mudo y sigiloso frente a los problemas más álgidos y críticos de su región o municipalidad, no podrá esconder las mutaciones sufridas en su forma de pensar, tanto que los cambios se notarán en las declaraciones que ofrezca a los medios de comunicación y en su estilo de gobernar a la retaguardia de lo común y corriente.

Los conductores públicos no pueden perder su liderazgo tan pronto se acomoden en la silla del poder, si ello ocurre, si su imaginación se empequeñece, deben indagar en qué momento sus facultades creativas y su capacidad de construir colapsaron, para evitar que se cumpla la puntillosa máxima de Juan Carlos Pino Correa:

“… a los políticos y gobernantes les falta creatividad para unas cosas y les sobra para otras. Les sobra para las triquiñuelas y las componendas y les falta para dar solución a los problemas y las necesidades de la ciudadanía”.

Llámese presidente, gobernador, alcalde o gobernante, su labor es la de aglomerar, congregar voluntades, entrar siempre haciendo ruido, para alterar los prejuicios que duermen en los posicionamientos sociales.

Poner a pensar proactivamente a su gabinete, a los medios de comunicación y a la propia comunidad, es función gubernamental ineludible en las sociedades en crisis.

¿Para qué entonces el poder sino es para utilizar todos los dispositivos gubernamentales y producir acciones que trasciendan las líneas de lo tradicional y rutinario, escuchando los reclamos de sus críticos y los conceptos de sus asesores, para que los gritos sociales no se ahoguen y se realicen tareas contundentes en favor de las comunidades, atendiendo no sólo la voz de quienes lo apoyaron, sino también la de quienes no lo respaldaron, como de aquellos a quienes por razones de la pobreza se les ha rehusado ser oídos?

Los gobernantes deben obrar como maestros de la verdad y pedagogos de la justicia social. Si optan por defender su propio ego, como reyes o alfiles de su narcisismo político y no la conciencia de todos; si permanecen ocultos a la zaga de los bastidores del poder y sólo entran en escena cuando los escenarios y los ovaciones le son favorables, muy pronto los gobernados se darán cuenta de que en la silla del gobierno descansa un burócrata y no un mandatario con capacidad ejecutiva para dirigir la misión histórica que la democracia le delegó en un momento dado.

No es bueno para la imagen de ningún gobernante hibernar administrativamente como los osos canadienses que duermen durante largos meses y despiertan como si a su alrededor nada hubiese ocurrido, dispuestos a bombear oxígeno para continuar existiendo.

Gobernar debe significar pisar callos, romper con los moldes de los intereses creados, poner a pensar al colectivo social y precaver hechos y acontecimientos que puedan afectar la relativa calma ciudadana; lo contrario es dedicarse, después de cada Consejo de Gobierno, a tocar el violín de la tranquilidad para proporcionarle sosiego animalista a las palomas de la paz que adornan el Parque Caldas y no imaginar, incluso, que gobernar no solamente implica cumplir con los programas de gobierno sino también avizorar dificultades a tiempo y saber conjurarlas. Hasta pronto.

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Redacción Proclama del Pacífico

Periodismo verificado desde Santander de Quilichao, Cauca.

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