RECORDANDO A KEATING

(…) Mi mujer propone el suicidio familiar,
el nuestro, el de nuestras dos hijas,
cuando llegue el hongo nuclear. (…)
Alfonso Romano de Santanna.

Estamos rodeados de muerte, cosa que suena a obviedad, a verdad de apuño. Pero qué le vamos a hacer, si aquel día palpé lo tanático al recibir la noticia de la muerte de Robin Williams, actor principal de la “Sociedad de los poetas muertos”, cinta de 1992. Aún recuerdo, que invité a verla a mis pupilos, saliendo todos con ganas de poemar.
De reunirnos para leer a grandes poetas. Fue entonces cuando se realizaron charlas para entenderla a fondo, en todos calando su contenido: Lo que quiso decir Robin Williams con su magistral actuación rompiendo moldes premodernos en una escuela norteamericana, donde la trama se desarrolla.
Enseñó como se debe arrancar sin pena la página inútil de un texto, que no aporte nada nuevo acerca de la poesía como creación. Métodos, que llevaron al acoso al profesor John Keating por las directivas y algunos colegas del plantel, hasta el punto de expulsarlo frente al asombro de sus pupilos, los cuales ya no recibirían su luz liberadora de una educación en sombras impartida como por un reconocido y retardatario funcionario colombiano.
Aquella vez se pensó con la cinta del desaparecido Peter Weir Robín Williams, que para amar la buena poesía, porque la mala no lo es, se debe estar de verdad vivo y disfrutando conscientes lo poco o mucho que se tiene. Practicar el Carpe Diem, como él lo enseña en el filme, que es una expresión con raíces latinas concebida por el poeta romano Horacio, la cual también se traduce como: “Aprovecha el día”. No malgastar ningún segundo.
Dicen que Williams jugaba con Koko, un gorila africano amaestrado. También cuentan que el enorme y tierno animal se entristeció al recibir noticia de su suicidio. Se parece al dentista yanqui, que por estos días asesinó a Cecil, el león más amado de África.





