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Lunes, 5 de octubre de 2026
miércoles 8 junio, 2011 a las 10:05 pm

Rafael Cadenas en el tiempo

Gloria Cepeda Vargas
Esta nota es hija del encuentro inesperado que me depararon mis andanzas una tarde de domingo, calurosa y brillante, en la librería “El Buscón” agazapada en el sótano de las instalaciones culturales del Centro Comercial “Trasnocho”.
Amigos que liban profusamente el vino de la hospitalidad caraqueña, se empeñaron en mostrarme el nuevo recinto de los amantes del arte en Caracas. Después de rodar por las calles familiares de Bello Monte, con los rezagos multicolores de Cruz Díez y el hilo gris del río Guaire al fondo, atracamos en la famosa librería a esa hora llena de chicas espigadas, señoras elegantemente estáticas, estudiantes en receso y caballeros que parecen extraídos de los delirios humorísticos de Aquiles Nazoa.
La librería luce tan bien surtida como la del sótano del Teatro Teresa Carreño. Un clima editorial internacional y profuso, se adueña del recinto. Pulula el arco iris racial y el talante mezclado. En un rincón, la sonrisa de Renny Ottolina intenta eclipsar la seductora estampa de Alfredo Sadel. Libros de poesía, de arquitectura, de filosofía. Los volúmenes de la gente del grupo “Viernes” bandera en alto, nos recuerdan los tiempos innovadores de una de las generaciones literarias más brillantes del país. Ahí hay de todo. Cómics, recetarios de cocina lujosamente enjaezados, manuales de autoayuda, de historia, de recuerdos. La exposición de un pintor con influencia del ingenuo Feliciano Carvallo relumbra entre las paredes de cristal. Un clima confortable como de algodón, como de espuma, nos acoge. Es la Caracas pudiente que parece navegar en un lago tranquilo.
http://upload.wikimedia.org/
De repente mi amigo se me acerca y me dice: “Ese señor mayor que está sentado de espaldas es el poeta Rafael Cadenas”. Como si me hubiera tocado una ráfaga lumínica, me detengo. Entonces, sin más preámbulos, me le acerco, me presento y lo saludo. En efecto, es el larense Rafael Cadenas, uno de los pilares más sólidos de la poesía venezolana, leído y releído por mí tantas veces, consagrado con sobra de merecimientos en las excelencias de la poética latinoamericana.
Nacido en Barquisimeto en 1930, su militancia comunista lo obligó a exiliarse en la isla de Trinidad. Está considerado como uno de los grandes expositores de la poesía modernista hispanoamericana. Doctor Honoris Causa de la Universidad Central de Venezuela y de la Universidad de Los Andes, ha publicado, entre otros, los poemarios titulados: “Falsas maniobras” (1967), “Los cuadernos del destierro” (1960), “Memorial” (1977), “Intemperie” (1977), “Anotaciones” (1983), “Amante” (1983), “Apuntes sobre San Juan de la Cruz y la mística” (1995). A lo largo de una faena donde la letra y la armonía confluyen como en un río melodioso, ostenta reconocimientos claves en el país: el Premio Nacional de Ensayo (1984), Premio Ensayo del CONAC (1986), Premio Nacional de Literatura, mención Poesía (1985), Premio San Juan de la Cruz (1991), Premio Internacional de Literatura J. A. Pérez Bonalde (1992), Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances (Guadalajara, México, 2009).
La suya es una voz atemporal. Hábil en la escogencia de la palabra, rigurosa en la expresión y el estilo, cada verso parece tallado con un fino cincel. Empezar a leerlo es caer en un encantamiento difícil de conjurar. La preocupación por la expresión justa y el decir recto aparece desde su primer poemario titulado “Cantos iniciales” (1946): “Que cada palabra lleve lo que dice/ que sea como el temblor que la sostiene”.
Pertenece a la generación poética de los años sesenta en Venezuela. Dorados y tormentosos testigos del eclipse de la dictadura de Pérez Jiménez y el alborear de las cuatro décadas de democracia adeco-copeyana. Rómulo Betancourt inaugura un nuevo capítulo de la historia vernácula entre atentados contra su vida, huelgas, protestas callejeras y divisiones de su partido. Nace la televisión con Víctor Saume, Renny Ottolina y Musiú Lacavalerie. “Oye cómo va mi ritmo” canta el guarachero Cheo García doblado en el estruendo sincopado de la Billo´s Caracas Boys. Los Melódicos, Sanoja o Porfi, José Luis Rodríguez y la música vestida de frac en la Onda Nueva de Aldemaro Romero. Nueva Constitución aprobada por el Congreso en el 61, Caldera y el Acuerdo de Ginebra (1966), industria siderúrgica en marcha, “Educación de masa”, efervescencia literaria nunca vista en el país: grupos, revistas, periódicos, panfletos, controversia saludable que apalanca una irreverencia transformadora en el campo de las artes. Se funda el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes, primera organización moderna de gestión de políticas culturales del Estado, aparecen el Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”, el marabino Felipe Pirela y la Liga Venezolana de Béisbol Profesional.
Víctima como todos los venezolanos de su generación de la impronta militar prolongada en Miraflores con escasas rupturas, dijo alguna vez: “El militarismo ha sido en Venezuela, de tiempo en tiempo, una peste”.
Así es este hombre, poeta por vocación y ejercicio, testigo de la transformación medular que hizo de Venezuela un territorio acorde con el color, el sabor y la forma de una década abierta como un pájaro de fosforescencia azul sobre el mundo uniformado de entonces.
Del poemario titulado “Una isla”, publicado en 1958:
Tú apareces/ tú te desnudas/ tú entras en la luz/ tú despiertas los colores/ tú coronas las aguas/ tú comienzas a recorrer el tiempo como un licor/ tú rematas la más cegadora de las orillas/ tú predices si el mundo seguirá o va a caer/ tú conjuras la tierra para que acompase su ritmo a tu lentitud de lava/ tú reinas en el centro de esta conflagración/ y del primero al séptimo día/ tu cuerpo es un arrogante palacio/ donde vive/ el temblor.

Te extiendes, camino de arena más suave que la memoria de un ciego/ Salimos a recorrer la ciudad/ tú te tiendes sobre una tibia hojarasca/ más tarde me encuentras, tocas mi hombro y te vuelves noche.

Sola/ insegura/ apremiante palabra/ casa sin atavío/ para ella desearía/ la fuerza/ de los árboles.

Una nube áspera/ sella mi boca/ yo viajo a los espacios transparentes/ conmigo están/ tu chal de lana, el viejo fonógrafo que cuidabas tanto/ tus zarcillos con que ibas al mercado/ tu pulsera de oro/ la vajilla humilde/ el perro que nos despertaba pasa su hocico por el lecho/ no es magia, sencillamente/ nada he olvidado/ a no ser que existo sin ti.
Aquí va el venezolano Rafael Cadenas apenas esbozado. Sus poemas, su trayectoria humana y trascendida, la divulgación de su pertenencia al molde que le tocó en suerte.
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