Radiografía de un Abelardista pobre

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Quiero de antemano ofrecer sinceras disculpas a familiares y conocidos que están en la agenda de contactos de mi celular barato, pero no conozco ni trato a nadie verdaderamente rico. Ninguno, esa es la verdad —dirán algunos triunfalistas— de mi pobre existencia, tremendamente rica en bienestar y relativa paz con mis semejantes y total con la naturaleza. Les debo confesar incluso que me saludo y hablo con algunos congresistas, con un par de alcaldes y hasta con un exgobernador. Y aunque es intrascendente, he entrevistado a cuatro expresidentes (uno de ellos, muy rico) y a muchos indigentes (varios de ellos, muy sabios), que confirman que rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita. Aunque mi hija me haya dicho cuando tenía escasos añitos: ¡Eso dicen todos los pobres papi!
En mi familia no hay ricos. Hay un par de usureros gota a gota con plata y hasta un pariente lejano es lavaperros de poca monta, con ínfulas de narco. (Si usted revisa su árbol genealógico con juicio, encontrará mínimo una puta, un cura, un político y algún traqueto). Otro par de familiares con algunas cabezas de ganado, que parece tuvieran ganado en la cabeza. Pero ricos, lo que se llama ricos, es decir, gente que vive de la renta del capital sin hacer nada, no hay ninguno. Hay un buen puñado de profesionales, gracias a que la abuelita salió despavorida del Tolima huyéndole a los pájaros de dos colores que inundaron el cielo de Violencia y el suelo de sangre. Hay médicos, contadores, ingenieros, administradores y, por supuesto, abogados y periodistas. ¡No hay familia perfecta! No importa el monto del sueldo, si usted tiene uno, no es rico, es asalariado. Obvio, hay mercachifles, rebuscadores (emprendedores), trabajadores rasos y algunas calaveras. Pero todos vivimos, como decía un tío ya fallecido: ¡Asando y comiendo! Es decir, lo que se gana se gasta en la tarea de sobrevivir. ¡Toda la vida, no en este gobierno!
Hay algunos que tienen tierra, sí. Hace unos años a uno de ellos le llegó la guerrilla a la finca a extorsionarlo y le dijo al comandante: “Bien puedan, cojan el potrero que quieran y pónganlo a trabajar”. Jamás volvieron. Eso fue antes del Acuerdo aquel. Otra señora, de la que heredé el segundo apellido, es dueña del lugar más espectacular del mundo, varias hectáreas heredadas de un hombre al que mataron los paramilitares en 1991; y cuyo alquiler le permite unos ingresos muy básicos, pero vive cerca de un pueblo tan pobre en dimensiones, que algunas gentes allá creen que ella es rica. En mi familia hay quienes tienen su casa y sufren cuando llegan los impuestos, su apartamentico, su cajita de fósforos que pagarán por eternas cuotas, su carrito pignorado y su motico, esa poporopo que les permite zafarse del MIO y sus roces, pero no son ricos, aunque algunos voten desde la identidad que aspiran tener algún día y no desde la posición social que ocupan.
Y como mi familia, es la mayoría. (Disculpe usted si la suya es diferente). Juegan chance y compran lotería. Hacen postres y venden tamales. La rifa es la opción ante el gasto imprevisto. Según la temporada, se define el negocito. Tienen un empleo y pasan muchos trabajos. Por sobre el resto, adoran a dos familiares, a dos primas: la de junio y la de diciembre. Se quejan de los peajes y del precio de la gasolina, aunque no tengan carro. Alquilan fincas y trajes para fiestas. Compran promociones en el mercado y ropa y zapatos y chucherías en plataformas chinas. No son económicamente privilegiados, pero votan en contra de fortalecer los derechos colectivos. Hay quienes trabajan con el Estado y denostan de él; y como si ese contrasentido fuera poco, agreden al que trabaja en una empresa privada y tiene ideas progresistas y lo confinan a renunciar por ‘inconsecuente’. Prefieren sentirse cerca de una riqueza imaginada antes que defender propuestas que podrían mejorar sus condiciones de vida y las de sus iguales. Es extraño, defienden privilegios ajenos y rechazan su propia realidad. Como los jugadores de la selección de Colombia que hoy habitan la arrogancia y nacieron en la cuna del pueblo.
En Colombia los ricos son, como en todo el mundo, el 1% de la población y concentran el 80% de la riqueza. Somos un país de tremendas y múltiples desigualdades en las que salir de la pobreza puede tomar once generaciones y no dos o tres como en países desarrollados, claro, si la vida no le atesta un golpe de suerte. Una lotería, un cargamento, un talento deportivo o un contrato con corruptos del Estado. Aquí tener trabajo o empleo es ya un privilegio, como acceder a la salud o a la educación o a la seguridad. ¡Bájese de esa nube, súbase a su realidad y ejerza desde allí su decisión!
Pero no, andan publicando en redes que ellos se ponen la camiseta de la selección de Colombia cuando se les dé la gana. ¡Y es chiviada, la original cuesta más de medio millón de pesos! Su valor simbólico es el mismo, pero entre la suya y la de Abelardo hay tanta diferencia como entre una de sus lociones y el desodorante que mancha su camiseta réplica; entre su avión privado y el transporte público de la clase popular; y entre el respaldo de un pedófilo exconvicto de mota anaranjada, que está inundando el mundo de guerras neofascistas para salvar un imperio en decadencia, y usted. Pero no, al Abelardista pobre le parece maravilloso que el genocida apoye a su candidato, aunque le hayan negado varias veces la visa americana y no haya ido jamás a un Mundial, ni irá, porque esa vaina es para gente verdaderamente rica. A un partido va cualquier afortunado, un pensionado que ahorra o un trabajador con suerte. Bueno, y 26 futbolistas que ojalá no deban devolverse el 28 con el rabo entre las piernas y la insolencia desinflada.
La dignidad humana no le interesa, porque el Abelardista pobre publica en redes el plato del restaurante al que va muy de vez en cuando, para que no se piense que él hace parte de los que aguantan hambre o comen normalito: arroz con huevo frito y aguadepanela. Y publica las fotos de sus vacaciones once meses y quince días, tiempo de dura pagándolas. Publica stickers agresivos, para que no se le note el miedo y violenta al otro para esconder su cobardía social. Publica y republica como loro las ideas ajenas y jura que le son propias, para ocultar su ignorancia: es analfabeta funcional. Y cubre su complejo de inferioridad con simbolismos fatuos que le agreguen valor: la patria, por ejemplo. Pasa necesidades como todos, pero después de ofender y agredir a los que como él luchan por subsistir, publica memes espirituales, versículos de la biblia y alabanzas a Dios, que ahora también considera Abelardista. No tengo amigos, ni familiares, ni conocidos del Opus Dei, pero sí gente que en campaña volea camándula y madrazos con la misma destreza.
Otra faceta del Abelardista pobre, es el colombiano que reside en el extranjero. Se fue porque el país no le brindaba oportunidades y la mayoría no lo hizo en el último cuatrienio. Sin embargo, ahora muchos se creen de mejor estrato, de mejor posición social por unos ingresos económicos un poco más altos. Gana en moneda más fuerte es cierto, pero su debilidad sigue siendo la misma. Los indocumentados no tienen cómo venir a enterrar a sus muertos, pero apoyan a quienes matan gente inocente allende sus fronteras. No importa si es en Gaza, Ucrania, Congo, Chocó o Cauca. Envían remesas a sus familias, pero critican los subsidios del gobierno. Trabajan en lo que les resulte en el exterior, pero aquí no les servía sino una gerencia. Saben tan poco del país, que desconocen que los verdaderamente ricos de Colombia no viven en ella sino de ella, en paraísos fiscales o sociales, donde las políticas nacionales y la inversión pública eleva la calidad de vida.
Ya para finalizar, toda esta perorata va dirigida al Abelardista pobre, si usted es en realidad rico, no se sienta aludido y siga gritando: ¡Firmes por la plata!
Adenda: No hay un solo Abelardista dentro del amplio grupo de personas a las que admiro intelectualmente. Sí, hay muchos dentro del pequeño grupo de personas a las que quiero y eso no va a cambiar por nada del mundo.
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