¡QUE VIVAN LOS POETAS!


Ni las furias ni las tempestades.
Ni los ríos que se desbordan.
Ni los vientos que calcinan.
Nadie tiene la culpa de que se descarrilen los trenes
y caigan en el océano los aviones.
Tampoco la tiene el viejo de los sábados,
el pobre y desarrapado mendigo que en una esquina de la plaza extiende la mano y
espera que alguien le deje una moneda o un billete sucio y arrugado,
los sábados, los días más amenos y agradables para mercar.
Mucho menos pueden tener culpa los niños que en los parques juegan, ríen y corren
como gacelas perseguidas por los perros
y alegres como los pájaros que trinan en los árboles.
La felicidad no se compra ni se vende. No es una manzana.
Quizá sea una naranja
roja como el sol de octubre en una tarde colombiana y tropical,
visto de pantalón corto, bullicioso y parrandero en Cartagena desde la terraza del
Hotel Caribe.
La felicidad
puede estar en la mano de la anciana madre abandonada
cubierta con una colcha de almanaques
que bendice el olvido y consagra su miseria a Dios,
en la risa de la niña que empieza a sentir que una mujer nace de entre los pliegues de la blusa y en el brillo azul de las pupilas.
Nadie tiene la culpa de que aún se escuche en los parques el eco de los tambores de guerra en los juegos de los niños.
Todavía flamean pendones de odio y venganza,
y los atlantes,
ancianos pordioseros en las plazas de mercado, ciegos acaso en los atrios de las iglesias con una guzla o un violín entre las piernas,
las espaldas rotas, los hombros vencidos, despedazadas las banderas de pretéritas glorias en el polvo,
insisten, ¡oh, porca miseria!, como insisten, descarados y cínicos insisten
en levantar murallas y trincheras recogiendo las piedras e inmundicias de los castillos en ruinas.
Hace ya mucho tiempo que los reyes y su cohorte de sabandijas
dejaron sus cabezas en los muladares de la historia.
Los alfiles
ganan las batallas en los tableros de ajedrez.
La soberbia perdió a Troya. Y no por culpa de los torsos desnudos de sus bellas mujeres.
Aun así,
a pesar de los muros, del ostracismo y de las nuevas fronteras
sigue siendo vigorosa la otra orilla del viento.
En este continente, azul y verde,
en las cumbres más altas tienen sus nidos los cóndores y las águilas;
en los llanos, en los montes, en la selva,
desde México hasta el sur de la Patagonia,
conviven aborígenes y centauros, campean amazonas de a caballo,
mujeres inauditas que desde los balcones gritan y cantan odas a la libertad,
a pesar de todo,
desde el olvido a la victoria
lucha infatigable el hombre por ser hombre a plena luz del universo,
porque la poesía,
¡nadie tiene la culpa de que así sea!,
jamás abandonará la insurgencia de su magia y de su mundo
impertérrito e invencible,
audaz y joven.
Poetas del mundo
¡a la carga!,
cuando muera el día
cantad con Pavarotti una canción de amor.
Yo os escucho. Ellos también.
Belgrado, agosto 25 de 2005



