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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
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Hace días me topé con una señora de media edad con uniforme nuevo y un logo enorme en la espalda de su blusa. Delante la precedía con ruedas y un barril muy grande, un carrito para recoger basuras y hojas y flores que desprendieron los vientos de los árboles y los escritorios. “EjerSer” leí en el letrero con que se identificaba. – ¿Usted es una de las nuevas empleadas de la empresa que reemplazó a Emsirva? – Sí, me respondió con franqueza. – ¿En qué calidad la han contratado? Le pregunté, de atrevido, y ella con más franqueza, me respondió que era una cooperativa la que la había vinculado.
¿A qué mar de desgreños e inconsecuencias van a parar esfuerzos, de padres, madres, hijos, educación, presupuesto, planes, concejo, votos, seguridad social tan publicitada? Van a la escuela, pagan su estadía, van al colegio y sufren las clases dictadas por costumbre, van hasta universidades a recibir un cartón que los acredite para ingresar al mercado laboral… De pronto ingresan a una empresa privada o del Estado y, en un abrir y cerrar de ojos, le cambian de razón social y el trabajador queda en la calle.
Una cooperativa, nacida de la viveza y sin el menor esfuerzo, ni más mérito que el aval de la política oficial, ve llenarse sus bolsillos con los residuos de la sangre que queda de la muerte de una empresa otrora boyante y legal. ¿Cómo un gobierno que se dice democrático y velar por la vida y seguridad social de sus ciudadanos permite este despojo y burla de las leyes laborales? ¿Por qué los compromisos de una empresa que gozaba de la protección del Estado no se trasmiten a la nueva empresa que la reemplaza en la actividad que aquella desempeñaba?
¿Quién autorizó tal esperpento, el gobierno o el Congreso? ¿Acaso la constitución no protege ese derecho fundamental del trabajo? ¿Quién cambió la ley, quién a espaldas de los votantes presentó el proyecto de ley ante los representantes elegidos para que les defendieran sus intereses? ¿Ante quién se quejará el padre de familia, la madre cabeza de hogar, el profesional que se preparó y confió en la seguridad de las leyes comerciales y laborales? ¿En qué momento y a favor de quiénes dejaron ellas de existir?
La promesa de que la ley laboral y la jornada laboral se iban a flexibilizar y que las fábricas e industrias se iban a llenar con más trabajadores fue una canallada. Tal cosa no ha sucedido. El desempleo cunde y los empresarios se ríen de lo lindo con las ganancias de más que les quedaron de esta flexibilización fallida. Los bolsillos de los trabajadores ahora ya no reciben las horas extras ni la de los festivos y sus contratos quedaron al vaivén del tiempo y la mirada ausente de los propietarios de ingenios, fábricas, industrias, supermercados y negocios de servicios. Todo se volvió maquila, empleo desechable, inseguridad laboral en este gobierno armado hasta los dientes.
¿A dónde se fueron los ríos de las empresas que gobiernos anteriores fomentaron? ¿Se vendieron a inversionistas extranjeros, se traspasaron a cooperativas insensibles de trabajo, se feriaron al mejor postor y dejaron en la miseria a los jóvenes, a los nuevos egresados de universidades y sin oportunidades de pensión a las actuales generaciones? ¿Cómo llamaremos a ese mar insensato de panzas gordas y avarientas que absorbió las esperanzas de nuestro presente?
31-05-09 – 11:50 a.m.




