QUE EL LEGISLATIVO LEGISLE, SEÑORAS Y SEÑORES


Loco-mbiano

Parece una frase de Perogrullo o el estornudo de una grulla agripada. Pero es solo decir lo que debe hacer la célula que está llamada a pensar, a debatir, a cocinar y ponerle punto final a los graves problemas del país. Eso se llama parlamentar, ser el vocero de la democracia, sin dejarse acobardar por lo sensible de los asuntos. De no ser así, – tal como está sucediendo -, la solución, la responsabilidad que le corresponde al Congreso se está delegando al menguado poder judicial.
¿Para qué, entonces, se divide el poder político en tres células corporativas? Para que gastar tanto dinero en elegir legisladores de nombre que van a cumplir la ceremonia estéril de acudir a un llamado a lista solo para devengar unas dietas?
El Congreso es un ente sin gloria ni sabor, es un fantasma que azota pupitres de noche en una Plaza que Bolívar preside con su sombra. No hay proyectos que surjan de su escaso coleto, no hay quien huela las necesidades del pueblo que los eligió. Es apenas una campana sin badajo y sin timbre bajo la cual no entran los clamores de la democracia.
¿Para qué un Congreso así? Sin eco, falto de olfato, con ansia de figurar, de recibir más honores a cambio de un final de año nulo en resultados. Sendas tandas de manotazos sobre la curul para proyectos que le pasa el Ejecutivo, porque de su propio calete ningún chorrito sale de sabiduría o felicidad para los asociados.
Quienes están legislando son las altas cortes. Altas por sus altos sueldos, pero no por su trabajo propio. Son apenas 20 o 30 personas que deben responder por asuntos que se deberían debatir y convertir en leyes en otro escenario mayor y propio.
Es cierto que el país supone que quienes ostentan esos cargos piensan como sus antecesores romanos en producir fallos sabios, a la luz de la actualidad de los tiempos, de la tecnología, de la ciencia y, por supuesto, del derecho. Pero vemos que las soluciones se están dando ahora por conjueces. Porque los magistrados se declaran inhibidos ya sabemos por qué motivos. Están mezclados con intereses en muchos asuntos. Ya no sucede como los probos magistrados a prueba de toda duda en la antigüedad.
Da risa el cacareado equilibrio del poder en los tres estadios: legislativo, ejecutivo y judicial. En Colombia solo se ven las narices del presidente y algunos ministros y las decisiones tardías de lo que queda del poder judicial. Del poder político, fiscalizador, de quien debe tener la iniciativa de hacer leyes que rijan el presente y señalen el futuro de la Nación, nada se aparece. Ausentismo, viajes, infracciones de tránsito, debates sin enjundia en contra de facciones y partidos.
Y, por fuera del pastel, el pueblo mira y camina cabizbajo sin horizontes, sin metas claras, sin una promesa feliz en el inmediato futuro. La Salud anda en andrajos, el trabajo es indecente y con injusto pago, la criminalidad no cesa y la paz se anuncia como un juego de prestidigitación a punto de sacar un as de la manga izquierda.



