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Jueves, 8 de octubre de 2026

Prontuario, infierno y gloria

colapso VIVIENDA
Jorge Muñoz Fernández
MATEO MALAHORA
[email protected]

“Vivo se lo llevó la muerte y vivo lo ha devuelto a la gloria, donde camina de brazo con El Quijote por los pueblos del mundo, habiendo escapado a los atentados del olvido y a los pelotones de fusilamiento cultural apostados en los homenajes oficiales”

María Fernanda Cabal, congresista colombiana, promotora democrática del infierno, debió sentir un fresco cuando se enteró que el cuerpo García Márquez, con prontuario en los archivos del Departamento Administrativo de Seguridad, DAS, fue incinerado y sus cenizas colocadas en cámara ardiente en el majestuoso Palacio de Bellas Artes de México, Distrito Federal.

La incineración y la cámara ardiente no hacen parte de los rituales de “Los Caballeros Templarios” medievales que, para infortunio de la patria de Emiliano Zapata y Pancho Villa, tienen sucursales en el país azteca y, según versiones creíbles, en Colombia.

FIDEL GABO

Como se recordará, durante los días en que fue presentada en Bogotá “Crónica de una muerte anunciada” en 1981, García Márquez fue declarado sospechoso de ser amigo personal de Fidel Castro y financiar el Movimiento 19 de Abril M-19 por su amistad intelectual con Jaime Batemán Cayón, fundador del grupo insurgente colombiano, optando por pedir asilo en la embajada mexicana, ante el temor de que le aplicaran, “en justas proporciones” el Estatuto de Seguridad en la Escuela de Caballería del Ejército de Colombia, ESCAB, situada en el Cantón Norte de Bogotá, por orden del entonces presidente de la República Julio César Turbay Ayala, quien se ufanaba de ser un personaje culto y poseer una biblioteca con cinco mil obras, entre las cuales sus predilectas eran: “Caperucita roja”, el “Almanaque Bristol”, “Como hablar en Público” y “La urbanidad de Carreño”.

BATEMAN

Por fortuna el presidente de México José López Portillo le otorgó asilo político, tiempos en que los recuerdos provocaron la desmesurada explosión cósmica de su narración literaria, donde padres, abuelos, familiares, mujeres caribeñas, lenguaje aldeano, evocaciones de infancia, conversaciones solariegas, con participación de aparecidos y combatientes de las guerras del siglo IXX, influyeron estelarmente en el universo asombroso de su imaginación.

Su abuelo, que asume el nombre de Coronel Aureliano Buendía, es la trágica expresión de un país que ha emprendido numerosos tentativas por liberarse desde su época fundacional de guerras y crisis y las ha perdido todas, mientras su abuela Tranquilina, arquetipo de la mater familias, superaba, estoicamente, adversidades hogareñas.

Vivo se lo llevó la muerte y vivo lo ha devuelto a la gloria, donde camina de brazo con El Quijote por los pueblos del mundo, habiendo escapado a los atentados del olvido y a los pelotones  de fusilamiento cultural en los homenajes oficiales.

Y como el delirio “cabalístico” de la emprendedora del infierno en Colombia lo recluyó en el Sexto Círculo dantesco donde arden los herejes, lo imaginamos conversando plácidamente y a carcajada plena con Mahoma, Miguel Servet, Giordano Bruno, Galileo, Lutero, Calvino, Montesquieu, Karl Marx, Freud, Nietzsche, Engels, Mao Zedong, Trosky, Foucault, Gadamer, entre tantos iconoclastas que cambiaron la forma de pensar en el mundo con sus posiciones heréticas, mientras solicitaba permiso para hacerse presente en Aracataca, Cartagena, Bogotá, La Habana y el hemiciclo del Congreso de la República, donde encuentra una entrada cubierta de flores amarillas.

Ausencia transitoria que aprovecha para conocer Popayán, si tenemos en cuenta que, según el escritor colombiano Marco Antonio Valencia Calle, en ésta ciudad están aconteciendo hechos prodigiosos, como la versión sobre la presencia del indigente Oscar Wilde dialogando con el maestro Valencia, Álvaro Pío -comunista- y el Quijote sobre poesía y política, en el Puente del Humilladero.

Y no se equivoca el escritor Valencia Calle, la explicación más creíble sobre la estrepitosa caída de una casa en el barrio La Pamba gira en torno a un animado coloquio que sostenía el maestro García Márquez con estudiantes payaneses, a quienes les decía que a su gloria no había que darle tantas vueltas, recordándoles que la novela “Cien años de soledad” fue enviada para su publicación a una editorial de Buenos Aires desde México cuando apenas el neoliberalismo, a mediados de los años sesenta, estaba haciendo los primeros estragos en las capas medias y pobres de América Latina, lo que obligó a su compañera y cómplice Mercedes Barcha a dejar en una casa de empeño de la Avenida Insurgentes de San Borja México, Distrito Federal, una batidora, un secador de pelo y una estufa de mesa para pagar el porte de correo, recordándoles que ella le dijo con cáustico humor a su regreso: “Ahora solo falta que esa novela no sirva para nada”.

Sorpresivamente la casa donde se realizaba la conversación comenzó a crujir, García Márquez desapareció súbitamente, ante la mirada estupefacta de los estudiantes que también se esfumaron, mientras se escuchaba decir a una señora sobre los escombros de la vivienda: “ Yo dije -en Planeación Municipal- que algo grave iba a pasar -en esta ciudad- y me dijeron que estaba loca”. Hasta pronto.

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