PROHIBIDO SER GRAFITERO… Y PENSADOR

Desde los tiempos de la Santa Inquisición (¿alguna vez fue Santa?), de tan ingrata recordación histórica y social, siempre ha habido una constante directriz en contra de los temas y personas relacionados con el pensamiento, con el arte, con la literatura, con las ideologías, contra todo aquello que respirase otra manera de ser y de diferencia “con el establecimiento”, llegando hasta extremos inconcebibles de las torturas, de la quema de libros, del cadalso, de la pena de muerte, de las persecuciones y el destierro, incluso de las abjuraciones o negaciones de las propias ideas, con tal de salvar la vida. Es muy conocida la anécdota histórica de lo que le sucedió al científico italiano Galileo Galilei, propulsor y gestor de la famosa teoría heliocéntrica, que consideraba que el sol era el centro del universo, con toda la razón del caso, pero que según los “mandamases” de su tiempo, es decir, los incrédulos y jueces científicos, no era verdad, defendiendo estos personajes necios y cerrados a la banda, la otra teoría, la geocéntrica, es decir, el centro del universo era la tierra (un error craso). Entonces, por ese motivo, lo iban a condenar a muerte si no aceptaba la teoría de ellos y en contra de su voluntad, tuvo que aceptarla, y pronunció las famosas palabras “e pur se muove” (“y sin embargo se mueve”), refiriéndose claro está al sol, pero ellos pensaban que se refería a la tierra. Y así salvó su vida. A Dios gracias, el Papa Juan Pablo II, pidió perdón por todo lo malo que hizo la Iglesia durante ese período aciago, pero a pesar de todo, allí quedaron las huellas y las anécdotas para la historia.
Disculpen amables lectores esta introducción recordatoria, pero se me vino a la mente, al comentar en esta columna semanal, tres historias de la vida real, tres colombianos jóvenes asesinados cobardemente, apelando al uso de la fuerza y la violencia brutal, por mostrar su pensamiento libre y espontáneo, sin cortapisas, en estos tiempos de otra inquisición moderna y brutal, sin sentimientos. Ellos, dos grafiteros, Diego Felipe Becerra, asesinado en Bogotá, por un agente de la policía, por el solo hecho de “plasmar en una pared, con el arma de un spray, sus ideas pictóricas y expresivas”. El otro joven colombiano, Israel Hernández, asesinado en Miami, por otro agente policial, con un arma tipo lasser (dizque aturdidora), también por la misma “culpa” y el mismo “crimen”: ser un artista de la pared. Imagínense ustedes en qué tiempos estamos, parecidos a los que describí en el primer párrafo. Y el tercer caso, ocurrió en Cali, en confusos hechos, cuando fue asesinado el profesor Francisco Javier Ocampo Cepeda (junto a un agente de la policía), con 51 años, excelente catedrático, defensor de los derechos humanos y poeta, buen lector y escritor.
A manera de homenaje al profesor asesinado y a los 2 grafiteros, recordemos unos versos que él escribió un día antes de su muerte, el 3 de agosto de 2013: “Se dado cuenta que esa pared con sangre roja pintada/ es más que un lamento… un grito del pueblo/ y que él es también pueblo/ pero pueblo represor y reprimido/ por lo tanto, se levanta, deja a un lado su lanzagranadas/ se despoja de su uniforme y corre hacia la marcha/ para decir con miles de millones de gritos: /¡Viva la revolución y la dignidad del pueblo!/ Estas fueron quizás, sus últimas palabras escritas… y un honor para los grafiteros.




