¿Posconflicto y fin de la cultura?


La desmovilización de la guerrilla no puede significar la desmovilización de la literatura comprometida con la causa de construir una nueva sociedad diferente, donde la justicia social no sea el muelle acomodo de cantarle versos a la luna.
Sartre después de la guerra mundial se planteaba la necesidad de reubicar y concebir la libertad por fuera de la visión del amor al capital que enmascaraba los conflictos sociales como si no existieran.
Como Sartre militaba en una literatura libertaria se dirigía hacia ella denunciando el orden social establecido, junto a su compañera inseparable, la Beauvoir, quien lo alentaba con esta frase: “El escritor no debe prometer mañanas que cantan sino que al pintar el mundo tal cual es debe suscitar la voluntad de cambiarlo… la obra más sombría no es pesimista desde que es un llamado a las libertades a favor de la libertad”.
Acercarse en nuestros tiempos a un pensamiento alternativo es imperioso, por razones políticas, sociales, filosóficas y éticas.
Replantear, desde el pensamiento literario y las ciencias sociales y humanas la interpretación de nuestro esquema interpretativo de las relaciones humanas es una exigencia nacional.
En el marco de la gigantesca corrupción que pretende encubrir el mismo pensamiento tradicional, la recuperación de la conciencia crítica no puede esfumarse como si fuera un gladiador vencido.
Para nadie es desapercibido que toman asiento los dueños de la cultura nacional, de los partidos políticos, de la pedagogía del sometimiento y la sumisión a la hegemonía neoliberal, pero no se escuchan posiciones ideológicas para enfrentar la crisis que, con salvadas excepciones, como William Ospina y Fernando Botero, conservan una ética y una estética que no pasan por las escuelas y corrientes manumisas.
Atrapados por el espejismo del dinero, absorbidos por la santificación del patrimonio, en el marco de un complejo panorama político, los intelectuales colombianos, en los espacios de la literatura, la pintura, la escultura y la obra poética, se encuentran sometidos a las teorías estéticas de un sistema que no interpreta nuevos lenguajes para observar nuestra realidad.
Circunscritas, como están, las artes al apoyo de la visión predominante de nuestros paradigmas, donde la realidad no puede ser transformada, los recursos y hasta la imaginación deben ser utilizados para mantener, reproducir y perpetuar nuestros modelos prosaicos.
De esa manera miramos la realidad ahistóricamente, haciendo honor a la gobernanza democrática.
Revalorizar los problemas de la cultura no aparece en la agenda de los políticos de sacoleva y corbatín, que solamente están interesados en crear o sostener consensos electorales.
¿Por qué nuestros sistemas educativos, como la ha plateado el Magister Julián Valencia Fernández, “solo tienen un objetivo globalizante mercantil de las políticas neoliberales en los ámbitos educativos y cada vez son más vehementes, menos humanas y más esclavizantes”?
Mientras nuestros músicos no tengan más apoyo que el sonido, la pintura más apoyo que los colores, el teatro trabaje con el sombrero en la mano, las palabras solo tengan la solidaridad de los amantes de la poseía, mientras el Estado promocione el arte en su conjunto, el grito de cincuenta años de violencia, descritos por Botero con gran maestría, no podremos, con la solitaria participación de la Psicología, realizar un proceso de purificación y catarsis.
¿Cuándo y dónde el Estado, en qué escenarios, ha dado apoyo a las artes plásticas para que construyan una imagen de la memoria histórica de la guerra como de la vida en paz?
Si el lienzo no tiene apoyo; si el piano, la guitarra, el violín o la tambora son titánicas tareas individuales; si el escultor es un cincel sin mármol, si la literatura no tiene quien la edite, como una faena realizada por entidades que en teoría dirigen la Cultura, el sentimiento que los inspira muere o se degrada.
Cobra en estos momentos recordar a Jean Paul Sartre, quien expresa con admirable sedición cultural en su obra El Diablo y Dios: “El Bien es el Amor. Está bien; pero el hecho es que los hombres no se aman; ¿y qué es lo que les impide amarse? La desigualdad de las condiciones, la servidumbre y la miseria. Es preciso, pues, suprimirlas”. Hasta pronto.



