El caso de Nubia Carolina Córdoba abrió una discusión incómoda sobre racismo, género y las expectativas que Colombia sigue poniendo sobre las mujeres negras y los territorios del Pacífico.
Por: Daniela Aguilar
La pregunta debería parecernos absurda.
¿Por qué tendría que sorprendernos que la gobernadora del Chocó hable inglés?
¿Por qué debería convertirse en una historia extraordinaria que una mujer negra, nacida en uno de los departamentos históricamente más golpeados por la pobreza y el abandono institucional, pueda conversar fluidamente en varios idiomas, tener estudios de posgrado, manejar relaciones internacionales o desenvolverse frente a líderes mundiales?
Sin embargo, sorprendió.
Y precisamente ahí comienza una conversación que Colombia necesita tener.
Durante la visita de Shakira y del filántropo estadounidense Howard G. Buffett al Chocó, en medio de la emergencia provocada por el terremoto que golpeó al país, la capacidad de Nubia Carolina Córdoba Curi para comunicarse en inglés llamó la atención de algunos medios y usuarios de redes sociales.
Uno de los titulares llegó a presentar como una “inspiradora historia” el hecho de que la gobernadora hablara inglés fluidamente y otros idiomas.
Tal vez la intención era elogiarla.
El problema está en otra parte.
Está en preguntarnos por qué eso resulta extraordinario.
Nubia no aprendió inglés para recibir a Shakira
La trayectoria académica de Córdoba antecede ampliamente cualquier encuentro mediático.
Es abogada de la Universidad Externado de Colombia, especialista en Derecho Medioambiental, máster en Planificación Territorial y Gestión Ambiental de la Universidad de Barcelona y actualmente adelanta estudios doctorales en Política y Gobierno.
No se trata, por tanto, de una habilidad inesperada ni de una curiosidad descubierta durante una visita internacional. Forma parte de una trayectoria profesional construida durante años.
La pregunta podría ser otra.
¿Por qué, entonces, su preparación parece sorprender tanto?
Las bajas expectativas también discriminan
Existe una forma de prejuicio mucho menos evidente que el insulto racial abierto.
No necesita utilizar palabras ofensivas.
No necesita negar explícitamente las capacidades de nadie.
Basta con esperar menos.
En distintos ámbitos académicos y educativos se ha hablado del “racismo de las bajas expectativas”: aquella mirada que, consciente o inconscientemente, presupone que ciertos grupos raciales tienen menos probabilidades de alcanzar determinados niveles académicos, profesionales o intelectuales.
Por eso la sorpresa aparentemente inocente también merece ser examinada.
Porque cuando encontramos extraordinario que una persona negra sea políglota, científica, gobernadora, ministra, investigadora o doctora, quizá no estamos hablando únicamente de su excelencia.
Estamos revelando cuáles eran nuestras expectativas sobre ella antes de conocerla.
Y ahí existe una diferencia enorme.
Reconocer un mérito es decir: “Qué extraordinaria trayectoria”.
Subestimar primero para admirar después es preguntarse: “¿Cómo logró alguien como ella llegar hasta allí?”.
¿La pregunta sería la misma para un hombre blanco?
Vale la pena hacer el ejercicio.
Cuando un alcalde, un ministro, un empresario o un dirigente proveniente de los centros tradicionales de poder habla inglés durante un encuentro internacional, casi nunca esa habilidad se convierte en la noticia principal.
Pero cuando quien lo hace es una mujer negra, aquello que debería ser parte natural de su formación puede transformarse en elemento de sorpresa.
Y esa diferencia importa.
Porque los prejuicios no siempre aparecen mediante grandes actos de discriminación.
A veces viven en una pregunta.
En un titular.
En un elogio aparentemente inocente.
En esa expresión que dice: “Quién lo iba a imaginar”.
Ser mujer y ser negra
Para una mujer negra esta discusión tiene otra dimensión.
No conocemos el mundo únicamente como mujeres ni únicamente como personas negras.
Las dos experiencias se cruzan.
Los organismos internacionales han documentado precisamente esta realidad bajo el concepto de discriminación interseccional: mujeres afrodescendientes pueden enfrentar simultáneamente prejuicios vinculados con su género, su raza, su origen territorial y su condición socioeconómica.
Eso significa que muchas veces deben demostrar más para recibir el mismo reconocimiento.
Ser firmes sin que las llamen arrogantes.
Ser preparadas sin que su preparación sea tratada como excepción.
Ejercer autoridad sin que constantemente tengan que demostrar que merecen estar allí.
Y cuando alcanzan lugares de decisión, todavía pueden encontrarse respondiendo preguntas que probablemente nunca se formularían de la misma manera a otros dirigentes.
Lo digo también desde mi propia experiencia como mujer negra.
Hay momentos en los que una comprende que no basta con llegar.
Hay que explicar cómo llegó.
No basta con saber.
Hay que demostrar permanentemente que realmente sabe.
No basta con ocupar el espacio.
A veces parece necesario justificar por qué se pertenece a él.
Por eso esta discusión no es únicamente sobre Nubia Carolina Córdoba.
Es sobre muchas de nosotras.
Hay, además, otro prejuicio que atraviesa esta historia.
La imagen que una parte de Colombia sigue teniendo del Pacífico.
Durante décadas, el Chocó, Buenaventura y otros territorios del litoral han aparecido predominantemente en las noticias nacionales asociados con pobreza, violencia, desplazamiento, minería ilegal, ausencia estatal, inundaciones o tragedias.
Todas esas realidades existen y deben contarse.
Pero no son toda la historia.
En el Pacífico también existen universidades, investigadores, científicos, empresarios, artistas, escritores, líderes sociales, docentes, abogados, diplomáticos y profesionales que han recorrido las mejores universidades del mundo.
El problema aparece cuando únicamente miramos estos territorios desde la carencia.
Entonces terminamos creyendo que la desigualdad estructural define las capacidades de quienes nacieron allí.
Y no.
Una región puede haber sido históricamente abandonada por el Estado sin que su población carezca de talento.
De hecho, probablemente una de las grandes paradojas de Colombia sea precisamente esa: territorios extraordinariamente ricos en conocimiento, cultura, biodiversidad y capital humano han tenido que desarrollarse en medio de enormes brechas institucionales.
No es Nubia solamente
Antes de sorprendernos nuevamente, vale la pena recordar algunos nombres.
Mabel Torres Torres, nacida en Bahía Solano, Chocó, fue la primera ministra de Ciencia, Tecnología e Innovación de Colombia. Es científica, magíster en Microbiología, doctora en Ciencias Biológicas y realizó estudios posdoctorales en bioprospección y sistemática de hongos.
Paula Moreno Zapata fue ministra de Cultura y la primera mujer afrocolombiana en ocupar un ministerio en Colombia. Es ingeniera industrial, estudió en Cambridge y tiene formación académica complementaria en instituciones como MIT y Yale. Además, domina varios idiomas.
Carmen Inés Vásquez, nacida en Buenaventura, ha sido ministra de Cultura, embajadora de Colombia en Uruguay y representante diplomática ante organismos internacionales.
Angélica Mayolo Obregón, también nacida en Buenaventura, es abogada, tiene una maestría en Derecho Internacional y Comparado de la Universidad de California en Los Ángeles y fue ministra de Cultura.
Y podríamos continuar.
Rossy Lemos.
Milady Garcés.
Libia Mosquera Viveros.
Académicas.
Investigadoras.
Líderes.
Diplomáticas.
Profesionales.
Mujeres negras que no constituyen accidentes extraordinarios dentro de sus comunidades.
Son parte de una historia que Colombia pocas veces cuenta con la misma intensidad con la que cuenta nuestras tragedias.
El verdadero reconocimiento
Admirar a Nubia Carolina Córdoba es perfectamente válido.
Su preparación merece reconocimiento.
Su liderazgo durante una de las emergencias más complejas que ha enfrentado el Chocó merece análisis.
Su capacidad para dialogar con actores internacionales puede resultar importante para un departamento que necesita recursos, cooperación y reconstrucción.
Lo que deberíamos revisar es la naturaleza de nuestra sorpresa.
Porque una mujer negra preparada no debería convertirse en noticia porque rompe nuestra idea previa de cómo debería ser una mujer negra.
Debería ser noticia por lo que hace con esa preparación.
Durante demasiado tiempo, Colombia ha observado al Pacífico preguntándose qué le falta.
Quizás llegó la hora de preguntarnos cuánto conocimiento, liderazgo y capacidad hemos ignorado porque nunca aprendimos a mirar hacia allí sin prejuicios.
Nubia Carolina Córdoba no necesita explicar por qué habla cinco idiomas.
Mabel Torres no debería sorprendernos por tener un doctorado.
Paula Moreno no constituye una anomalía porque estudió en Cambridge.
Angélica Mayolo no contradice ninguna regla porque haya llegado a escenarios internacionales.
Son mujeres negras ocupando lugares que también les pertenecen.
Y quizá el problema nunca estuvo en que ellas llegaran demasiado lejos.
El problema estuvo en que una parte del país seguía esperando demasiado poco de ellas.
La próxima vez que una mujer negra nos sorprenda por su inteligencia, su formación o su liderazgo, antes de preguntarle cómo consiguió llegar hasta allí, valdría la pena hacernos una pregunta mucho más incómoda:
¿Por qué alguna vez pensamos que no podía hacerlo?