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Martes, 13 de octubre de 2026

Por la dignidad del ser docente y campesino

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Por la dignidad del ser docente y campesino

Por la dignidad del ser docente y campesino

Requiescat in pace… río Cauca

Quizás no haya una palabra o signo lingüístico de más alto valor y significado en la vida de los seres humanos de cualquier condición o género que dignidad, entendida ella en forma sencilla como excelencia, realce, merecimiento, mérito, decoro, honor, y muchos otros sinónimos, que hacen posible su distinción a simple vista, como un valor imprescindible y necesario en todas las profesiones o labores en que nos toque desempeñarnos dentro de una sociedad y comunidad.

En la presente oportunidad, esa palabra vino a mi mente en forma instantánea a partir del pasado lunes 25 de febrero del presente año, cuando los compañeros docentes afiliados a la Asociación de Institutores y Trabajadores de la Educación del Cauca (ASOINCA) y los campesinos y labriegos afros de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC), iniciaron un paro indefinido de labores, quienes en forma unida, mayoritaria, solidaria y amplia, se ubicaron en primera instancia de acuerdo a lo acordado por ellos en los accesos vehiculares y peatonales del parque Francisco José de Caldas de Popayán. La participación de las organizaciones campesinas ya citadas, lo mismo que los integrantes del conocido y reconocido sindicato combativo de profesores caucanos, fue mayoritaria, pues vinieron desde los 42 municipios caucanos en vista de la preocupante problemática que año tras año aqueja tanto a docentes, como a campesinos, anunciándose desde ya la participación próxima de los indígenas, afiliados al Consejo Regional de Indígenas del Cauca (CRIC).

El punto en común de esa problemática es, como siempre en todos los gobiernos, el no cumplimiento de los acuerdos y pactos que se firman con toda pompa, solemnidad y cámaras fotográficas  de toda clase, y las posteriores fotos y sonrisas pepsodent, en una clara demostración de falta de respeto y menosprecio del  sector oficial hacia los profesores y los campesinos, hacia su dignidad como seres humanos, como una especie de burla, afrenta e ignominia, conociendo lo importante y necesario que son en todos los aspectos. Los profesores y campesinos son las personas más fundamentales en toda sociedad que se respete y precie como tal. Esta verdad tan elemental no la han aprendido “los de arriba”, por ese desprecio con que somos tratados.

Por lo anterior, la protesta en sí misma se justifica plenamente, lo mismo que los demás temas dentro de los pliegos de peticiones. Así por ejemplo, los profesores exigen y con razón el evitar más muertes por el nefasto sistema de salud, la ausencia de garantías para ejercer la docencia en un departamento con presencia inusitada de grupos armados. Los campesinos exigen la continuidad en los temas como vivienda rural, salud, juventudes, género y la compra de tierras para 1.336 unidades agrícolas familiares y recursos para proyectos productivos en ganadería, porcicultura y café, entre otros, aprobados en el anterior paro.

De los sinónimos comentados al principio de esta columna sobre dignidad, destaco excelencia y mérito. Los profesores, los campesinos, los indígenas y los colombianos de bien, somos personas dignas que merecemos un mejor trato por siempre. Cuando no existe, la única solución es exigirla por los medios legales, en este caso la lucha y el paro. Ya lo dijo José Martí,“Vale más un minuto de pie que una vida de rodillas”,“La dignidad va de la mano de los derechos”

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