

No solo en este presente, confuso y turbulento, donde la preocupación por lo político parece convocar buena parte de la opinión pública nacional, la ciudad de Popayán y algunos de sus personajes, terminan siendo protagonistas destacados de los inexorables conflictos y discordias que engendra y alimenta el quehacer político.
Hoy tenemos, una mujer y un hombre: Paloma Valencia e Iván Cepeda; payaneses ambos por sus vínculos familiares, están ubicados en el centro mismo de la confrontación política, a la cual estamos confrontados la totalidad de los colombianos.
No me cabe duda de que los dos personajes, de manera necesaria están comprometidos a dirimir un conflicto y una compleja discordia política, de la cual muy probablemente, puede surgir el nombre de quien ocupe la próxima presidencia de nuestra caótica y cambiante nación.
Pero antes de hacer referencias al conflicto del presente, quiero recordar y recordarles a mis presumibles lectores de esta columna, la historia de un conflicto político de trascendencia, acontecido en el siglo XIX, también entre dos sobresalientes payaneses. Lo que nos permite valorar y apreciar los talantes belicosos y agresivos de algunos de nuestros paisanos, cuando se ven enfrentados en los territorios de la política.
Sucedió que una vez T.C. Mosquera derrotó al gobierno conservador de don Mariano Ospina Rodríguez y asumió la presidencia, convocó a los liberales a una convención que se reunió en Rionegro, con el objetivo de explicar lo que se proponía realizar desde el poder. Entre esos proyectos estaba el de expropiar los bienes de la iglesia católica, que era el mayor terrateniente de la época.
En el desarrollo de dicha asamblea, se presentó el siguiente incidente, que narra con lujo de detalles don Salvador Camacho Roldan, en el libro de sus memorias, pues él fue testigo presencial de los hechos. Cuenta así en su libro: “El general Mosquera, cada día más altanero y amenazador, insultó en una sesión nocturna al general José Ilario López: este soporto en silencio la injuria mientras duro la sesión; pero hizo traer su espada y al terminar los trabajos, en voz alta exclamo: “General Mosquera usted me ha insultado: usted es un miserable: saque usted su espada y bátase conmigo aquí mismo si acaso es usted hombre de honor”.
El provocado se sintió sorprendido con este desafío inesperado, y al acercarse a él con la espada desnuda el provocador se escudó con mi cuerpo. Otros y yo contuvimos y calmamos al general López, cuya colera era muy grande. Otros diputados sacaron al general Mosquera.
Del pasado volvamos ahora al presente, hace muy poco tiempo en una reunión del senado, se escuchó a la senadora Paloma Valencia, gritarle al senador Iván Cepeda esto: “y ahora no me mande usted a matar”.
Personalmente me estremecí al oírle decir esto a la senadora Paloma, que, por supuesto no me parece ahora paloma de la paz, ni se me parece en nada a la paloma torcaz del famoso soneto de José Eustasio Rivera; mucho mas que paloma torcaz se me antoja ahora paloma procaz. ¿Y por qué lo escribo? Puesto que todo el país conoce que el senador Iván cepeda es un hombre sereno y sensato. Un senador reconocidamente honrado, inteligente, estudioso y trabajador como pocos; así como un insobornable luchador por los derechos humanos, por las conquistas sociales y por las propuestas de paz. ¿De donde saca, la “tímida Paloma” de que un ciudadano impecable como Iván Cepeda pueda tener la mentalidad de un asesino?
Este pequeño incidente que acabo de relatar, me desdibuja en forma significativa la imagen positiva que pude abrigar sobre la senadora Valencia; a quien conocí brevemente hace algunos años en una feria del libro en Bogotá, pues me la presento nuestra común amiga María Clara Ospina, igualmente conservadora e hija del presidente Mariano Ospina Pérez. En esa breve conversación, el tema fue literario y no político, pues me contó Paloma que en esos tiempos andaba solo en plan de escribir una novela. Ojalá ese hubiese sido su proyecto de vida. que por supuesto y necesariamente es mucho mas dignificante que un proyecto de odio y de discordias engendrado por los antagonismos políticos.
Yo, por supuesto, abrigo un pensamiento que podría calificarse de izquierda filosófica, no de izquierda militante. Desde esa atalaya comulgo con un proyecto de transformación social orientado por una ideología progresista y democrática, que aspira a materializar las inaplazables transformaciones para un país como el nuestro, donde la desigualdad y la secular injusticia social son los explosivos y verdaderos elementos que pueden a muy corto plazo alimentar la disolución de cualquier posibilidad de convivencia solidaria y democrática.
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