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martes 27 septiembre, 2016 a las 11:32 am

POLÍTICOS Y MORAL

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Rodrigo Valencia Quijano
Rodrigo Valencia Q. ©

Un fraude tan oscuro como la política ¡hablando de moral! Se desgañitan ciertas voces con premoniciones y denuncias moralistas. Y son aquellos que arrojan la primera y última piedra y no perdonan. Advierten, son premonitorios, lujuriosos en palabras y banderas de escándalo. La vista no acierta a husmear en esa niebla farisaica; o mejor dicho sí distingue a todas luces, pero todo tono moralista es máscara ideal para posicionarse en el espacio público más «respetable». Y toman las palabras evangélicas no para perdonar sino para acusar; indudablemente, todo es posible en este país de gritos religiosos y dedos acusantes. Como si tuviéramos que imponer las revanchas como máxima legislación en sudarios de santa faz, y así no manchar el rostro de la paz.

Deberían recordar estos falsos evangelizantes que una vez se acercó un hombre a Jesús y le dijo: «Hombre bueno…», pero él le increpó: «¿Por qué me llamas hombre bueno? Bueno sólo hay Uno». Y es que se olvida, incluso, que Dios ordenó al hombre: «Pero del árbol de la ciencia del bien y del mal, de ese no comáis, porque ciertamente moriréis». Tal vez se necesitan unos ojos y oídos nuevos, incontaminados, para entender que hay un estado original de alma, un estado ético de espíritu, que está más allá del bien y del mal. Incluso, el hombre genuinamente religioso debe superar las cadenas de la moralidad común; porque ¿qué cosa más inmoral que el hecho bíblico de cuando Dios ordenó a Abraham el sacrificio de su propio hijo como prueba de obediencia? Pathos ciertamente espantoso, genialmente tratado por el filósofo danés Sören Kierkegaard en su luminosa obra «Temor y temblor», un libro exclusivo para el genuino «homo religiosus», quizá el único que de verdad sabe distinguir entre encrucijadas del alma.

Pueden algunos políticos ocuparse de moral; pueden irritar los ánimos, lidiar con sus celos y anatemas. Al fin y al cabo, lo ético, lo moral, es terreno resbaladizo, cenagoso, que podría posibilitar la convivencia pública, tan pregonada por el verbo politiquero.

Con la coyuntura del plebiscito se pone de moda la moral; se ocupan ciertos políticos de moral acusadora, pero no de la moral apta para posibilitar la convivencia de la que carecemos desde hace más de 50 años de sinrazón y guerra fratricida. Que griten, que se ocupen de moral discriminatoria, que lo hagan. Lo que no se debe creer, de ninguna manera, es que en esto ellos tienen la razón.