Pico, nalgada y dieciocho años alegrando corazones

- ¡Nunca hay que decir nunca!: Maricarolina
- Con una sonrisa que le saque a alguien, quedo feliz
- Esta es la historia de un humorista que comenzó desde muy joven contando chistes y encontró en el humor su camino de vida.
- Con el tiempo decidió formarse, construir su carrera y hoy no solo vive de hacer reír, sino que también enseña y realiza labor social.
- Detrás del personaje que muchos conocen hay una historia real de esfuerzo y decisiones que marcaron su rumbo.
Por Leidy Capote
Hay una frase que Maricarolina repite como si fuera un mantra y una declaración de principios al mismo tiempo: sonríele a la vida, el aire que no sale por aquí, sale por acá atrás. Dicho así, con esa mezcla de sabiduría popular y humor sin pedir permiso, queda claro desde el principio con quién se está hablando.
Maricarolina no es un chiste. Es un personaje construido con oficio, con estudio y con algo que ninguna academia puede enseñar: el don de sacarle la sonrisa a quien ya no creía tener motivos para sonreír.
Detrás del pantalón amarillo, las gafas recetadas por el oftalmólogo y el moño que le quitó a la hija, está Rubier Jiménez, comunicador social, actor, humorista caucano que estudió teatro y comunicación social cuando en su casa todos eran serios. Su hermana, abogada. Su hermano, matemático puro. Él salió así, dice, con esa resignación alegre de quien sabe que no tenía otra opción. La vena artística la rastreó en sus abuelos, que tenían chispa y decían cosas chistosas, y en el abuelo materno que tocaba bandola. Por algún camino misterioso, eso llegó hasta él y encontró salida en una mujer de pantalón amarillo que lleva dieciocho años alegrando el Cauca, y a Colombia.
El origen de Maricarolina tiene la textura de las buenas historias: nació por accidente y por audacia. Un letrero en un colectivo de Popayán anunciaba un casting. Rubier llegó. El casting era solo para mujeres. Él pidió que le dieran la oportunidad de igual. Se puso el vestuario, cantó, hizo reír, y algo se activó que no se ha apagado desde entonces. Dieciocho años después, ese personaje que nació en un casting equivocado se ha presentado con Don Gediondo, con Alerta, con los Siameses, con la bruja Dioselina, con Camilo Cifuentes, ha recorrido Cauca, Valle y Nariño, y tiene montado un show con siete músicos en tarima, incluyendo mariachi en vivo.
Pero el dato que mejor define a Maricarolina no está en los escenarios grandes sino en los que no pagan: las cárceles, los asilos, los hospitales, los centros de rehabilitación, los colegios. Cada año, sin falta, Rubier lleva a Maricarolina a esos lugares donde la risa no llega sola. A la reclusión de mujeres, donde dice que el público es de los más entregados que ha tenido. A los abuelitos que están dormidos y de repente se despiertan riendo sin saber muy bien por qué. A los jóvenes en procesos de recuperación de adicciones, a quienes les lleva además charlas de motivación. Fue scout de niño y aprendió que hay que estar listo para ayudar sin mirar a quién. Eso no se le ha olvidado.
El que no vive para servir no sirve para vivir, dice, y no suena a frase hecha sino a convicción de alguien que ha ido a buscar a los que más necesitan una sonrisa en lugar de esperar que lo llamen.
Hacer reír, advierte Maricarolina con una seriedad que resulta cómica, es cosa seria. No es fácil. Un chiste funciona la primera vez, medio funciona la segunda y ya no funciona la tercera. Requiere profesionalismo, estudio y esa jocosidad que o se tiene o no se tiene. Rubier la tiene, y además la estudió. Comunicación social, teatro, años de tarima y de ensayo, y la certeza de que una sonrisa que le saca a alguien lo deja feliz por el resto del día, así no haya habido cobro de por medio.
La ropa de Maricarolina, por si alguien tiene curiosidad, vale aproximadamente lo que uno esperaría: las gafas son lo más caro, recetadas por el oftalmólogo. El moño es de a cinco mil con un gancho prestado. Los anillos son regalo de un amigo payaso. La blusa la diseña la mamá, que ahora le compra más telas a él que a la hermana. Y el pantalón amarillo, el inconquistable pantalón amarillo que la gente ya asocia con el personaje, es el de la suerte y tiene varios ejemplares en el clóset.
Un show de Maricarolina puede costar desde quinientos mil pesos. La risa está garantizada.
El Cauca, que tiene demasiadas razones para la tristeza, tiene en Maricarolina una razón de peso para lo contrario. No es poca cosa. En un departamento donde la violencia, el abandono y la incertidumbre son parte del paisaje cotidiano, alguien que ha decidido dedicar su vida y su talento a disminuir tristezas y aumentar sonrisas merece que se le cuente la historia.
Así que ahí va, en nombre de Proclama del Pacífico, el reconocimiento a Rubier Jiménez y a la señora que lleva dieciocho años viviendo dentro de él: Maricarolina, pico y nalgada, alegrando corazones.
Sonríele a la vida.



