PETRO, EL LIBERTADOR DEL SIGLO XXI


La historia suele recordar a quienes cambiaron el destino de los pueblos.
Unos lo hicieron con las armas; otros, con las ideas, la palabra y la decisión de enfrentar privilegios que durante generaciones parecían intocables.
Para millones de colombianos, Gustavo Petro representa esa segunda clase de liderazgo.
Llegó al poder con la promesa de gobernar para quienes nunca habían sido prioridad: los pobres, los campesinos, las comunidades excluidas, los trabajadores, los jóvenes sin oportunidades, los adultos mayores y quienes durante décadas solo conocieron el abandono del Estado.
No gobernó para la comodidad de las élites ni para preservar el statu quo.
Eligió el camino más difícil: intentar transformar un país marcado por profundas desigualdades.
Esa decisión le significó una oposición permanente, ataques, descalificaciones y una resistencia que pocas veces ha enfrentado un mandatario en la historia reciente de Colombia.
Las altas cortes al servicio de las élites, se convirtieron en las más feroces talanqueras para la mayoría de reformas sociales.
¿Esas mismas se pondrán ahora las rodilleras que durante cuatro años tuvieron en remojo?
Pero sigamos, quienes durante décadas esperaron que alguien los escuchara encontraron en su gobierno una voz que habló de dignidad, justicia social e inclusión.
Más allá de las diferencias políticas que puedan existir, nadie puede desconocer que puso sobre la mesa debates que Colombia había aplazado durante demasiado tiempo.
Los libertadores del siglo XXI ya no cabalgan con espadas.

Luchan para que la libertad también signifique acceso a derechos, oportunidades, educación, salud, tierra para quien la trabaja y un Estado que no le dé la espalda a su propio pueblo.
La historia será la que determine el alcance de su legado.
Sin embargo, hay algo que ya nadie podrá borrar: millones de colombianos sintieron, por primera vez, que también eran importantes para el Estado y que sus vidas merecían ser tenidas en cuenta.
Y eso también es una forma de libertad.
Gustavo Petro:
Gracias por haber tenido el valor de desafiar lo que durante tantos años pareció imposible cambiar. Gracias por gobernar con la convicción de que los más humildes también merecen justicia, respeto y oportunidades.
Millones de Colombianos deseamos que la vida le conceda la mayor recompensa que puede recibir un ser humano: la serenidad de una conciencia tranquila, el cariño sincero de su pueblo y el reconocimiento de la historia por haber luchado, con aciertos y errores, por una Colombia más digna, más justa y más humana.
¡Dios le continúe bendiciendo!
Porque los pueblos nunca olvidan a quienes, en los momentos más difíciles, decidieron caminar a su lado.
Pero Colombia continúa.
Su gobierno termina y otro comienza, y con él llegan nuevas promesas, nuevos discursos y, seguramente, nuevos “milagros”.
Si el presidente que algunos eligieron lo hace bien, habrá que alegrarse por Colombia y ojalá le vaya bien, que gobierne para todos y no solo para los de arriba, que no acabe con las reformas sociales que han llegado a los excluidos, a los más necesitados.
Eso debería estar por encima de cualquier diferencia política: que al país le vaya bien, independientemente de quién ocupe el poder.
Hay un detalle que llama la atención.
El nuevo presidente no parece destinado a gobernar desde el Palacio de Nariño. Andará errante, buscando entre salones, escenarios y lugares prestados ese sitio que finalmente consiga hacerlo sentir cómodo.
Porque gobernar no es solamente ocupar un despacho, sentarse en una silla presidencial o tener el poder de firmar decretos.
Quizás, entonces, el verdadero desafío no sea encontrar el lugar donde el presidente se sienta cómodo, sino el lugar donde Colombia pueda sentirse tranquila.
Y si ese lugar aparece, habrá que celebrarlo.
Por lo menos ya ocurrió uno de los muchos “milagros” que seguramente vendrán: los millonarios no tendrán que preocuparse demasiado por los impuestos, mientras que a los pequeños y medianos empresarios se les abrirán las puertas de los bancos.
¡Qué maravilla!
Un verdadero milagro económico: los de abajo entrando a los bancos y los de arriba contando las ganancias.
Otro milagro para Sarmiento Angulo, el gobierno le enviará más clientes y a la vez, más riquezas.
Y quizás ahí esté la diferencia entre dos maneras de entender la libertad: una que pretende que el Estado deje de ser indiferente ante quienes menos tienen, y otra que podría terminar convenciendo a los tenderos y a los microempresarios que la libertad consiste, sencillamente, en tener abierta la puerta del banco, aunque al entrar sean ellos quienes terminen pagando la fiesta.
Ojalá me equivoque.
Porque si el nuevo gobierno hace las cosas bien, no habrá nada que lamentar. Colombia siempre debe estar por encima de cualquier presidente, cualquier partido y cualquier ideología.
Pero si esos nuevos “milagros” terminan significando más privilegios para los privilegiados y más sacrificios para quienes siempre han cargado con ellos, tendremos que recordar algo muy sencillo:
La libertad no consiste en traer de nuevo un amo, la verdadera libertad consiste en dejar de necesitarlo.
Y esa, precisamente, es la clase de libertad por la que vale la pena seguir luchando.
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