Personajes del bicentenario


Esta muy cercana la fecha en la cual deben celebrarse los doscientos años de fundación de la Universidad del Cauca. Para Popayán y también para todo el conjunto de nuestra sociedad republicana, la que empezó a surgir y a consolidarse como consecuencia de las triunfantes guerras de independencia con las que se fracturó la época de la dominación colonialista que perduró por más de trescientos años, es una fecha de singular y altísima significación tanto simbólica como real pues no solamente las armas o la guerra engendran y dan inicio a una república.
En lo esencial fundar y hacer posible una verdadera república, con todo lo que ella encarna y significa, es tarea que le corresponde al pensamiento y al poder de las ideas. Es una construcción que le pertenece de manera primordial al universo de la cultura.
Ninguna república nace ni se reproduce a partir de los fusiles o de la fuerza bruta. Solo empieza a existir como un proyecto que se diseña a partir de contenidos culturales y espirituales, por lo general alimentados en visiones filosóficas, que son los que definen que es y para qué sirve luchar por implantar una sociedad en la cual se pueda cualificar y dignificar la vida colectiva. Es más, hasta se podría decir que las repúblicas surgen y se consolidan cuando la razón de las armas es sustituida por el arma de la razón.
Afortunadamente para nuestro particular destino histórico; aquel que se instauró con el triunfo en las guerras de independencia, los que fueron sus grandes capitanes orientadores y realizadores de aquella épica y heroica hazaña, tuvieron la lucidez necesaria para comprender plenamente lo que tendría que hacerse después de ganada la guerra, para perpetuar y consolidar las máximas motivaciones por las cuales hubo de llevarse a cabo el desarrollo de esas mismas guerras, las cuales en ultimas consistían en conquistar y avanzar en la implantación de un nuevo contrato social, donde al menos en teoría, se podría avanzar en la conquista de nuevos derechos sociales y políticos y también culturales y espirituales para todos miembros de la nueva sociedad que se fundaría. La construcción de esa nueva sociedad, organizada dentro de nuevos valores y principios, tanto políticos como jurídicos, se definiría y alcanzaría plena legitimidad solo respondiendo a la promesa y la propuesta que ofrece la supuesta y deseada democracia igualitaria.
En este sentido es admirable y digno de todo elogio, señalar como casi al mismo tiempo, casi simultáneamente con el logro y los enormes sacrificios que implicó el triunfo de la independencia, se procedió a estimular y a promover la fundación de universidades. Esas insustituibles e imprescindibles instituciones donde la inteligencia, el pensamiento y el conocimiento instalan su reino para cualificar el avance de la civilización dentro de la sociedad humana.
Pero entonces vale la pena recordar y tener bien presente, que las instituciones no son entidades abstractas, que son más bien un conjunto de relaciones humanas que posibilitan la interrelaciones entre personas, sus esfuerzos, y talentos en busca de unos objetivos previamente definidos y valorados como necesarios e indispensables para fortalecer y engrandecer las formas culturales en las que se soporta un auténtico proyecto de civilización. Son esos seres humanos concretos, esos hombres de carne y hueso, que fueron tan caros al filosofar de un Miguel de Unamuno, los que vivifican y le inoculan el alma y el espíritu al ser y a la realidad de las instituciones humanas.
En el caso concreto de nuestra universidad y en referencia especifica a su momento fundacional, yo quisiera detenerme brevemente, en posteriores columnas, en explorar los perfiles humanos de algunos de aquellos personajes que trabajaron e influyeron decisivamente en enriquecer y señalar con certidumbre los derroteros y los destinos que se le imponía asumir y cumplir a esa institución acabada de nacer, para potencializar tanto su propia imagen, como la imagen de la ciudad donde oficiaría sus ritos y cumpliría sus altas funciones.
Uno de aquellos personajes de la más alta importancia y significación para fundamentar los más esclarecidos derroteros académicos a los que se acogería la naciente Universidad fue sin duda Don Lino de Pombo O’Donnell, cartagenero hijo de padre payanes y padre a su vez del mayor poeta nacional que es Rafael Pombo Rebolledo. En las próximas columnas me referiré con cierta amplitud a la vida y a la obra de este ejemplar ciudadano de la también naciente vida republicana, donde desempeñó a lo largo de su vida mucho de los altos cargos y dignidades que marcaron la nueva y renovadora época. Su vida por otra parte es una vida.
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