Periodismo de sábanas.

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Presumo —y no por intuición ligera, sino por memoria política— que el 90% de lo dicho por Angie Rodríguez en los vitrales de los medios hegemónicos no resistirá el peso de la prueba.
Presumo que no estamos ante una revelación, sino ante una operación: convertir insinuaciones en titulares, rumores en verdades provisionales y sospechas en condenas mediáticas.
Presumo que esa ansiedad de ciertos periodistas —más atentos al susurro de alcoba que al rigor de la evidencia— no es ingenua: es funcional. Funcional a una maquinaria que necesita escándalo para desviar la conversación, que necesita ruido para tapar lo esencial.
Porque mientras se debate quién duerme con quién, el país deja de preguntarse quién responde por qué.
Y hay algo aún más inquietante: el morbo.
Ese impulso obsesivo por husmear en la intimidad del poder, por convertir la cama del presidente en asunto de interés nacional, como si el destino del país se decidiera entre sábanas y no en los escenarios donde realmente se ejerce el poder.
No buscan respuestas: buscan espectáculo.
No persiguen la verdad: persiguen el susurro.
Pareciera que Néstor Morales y algunos micrófonos de Blu Radio quisieran meterse debajo de la cama del presidente para saciar su curiosidad, como si desde allí pudieran encontrar la primicia que no logran construir con rigor.
Y tal vez, si lo hicieran, se les acabaría el morbo…
porque descubrirían que el verdadero vacío no está en la intimidad del presidente, sino en su propio ejercicio periodístico.
Presumo que la locuacidad de la señora Rodríguez no es valentía, sino estrategia: hablar mucho para no probar nada, ocupar todos los espacios para evitar las preguntas incómodas.
“Ay, no… mejor de eso no hablo”, termina siendo la coartada perfecta para sembrar dudas sin asumir responsabilidades.
Inundar la escena hasta que la verdad se vuelva irreconocible.
Y en medio de ese ruido, hay algo que no pasa inadvertido: que la única voz que se autoproclama incorruptible es la suya.
Se presenta como guardiana del tesoro, como si las llaves de lo público le pertenecieran, como si vigilar y administrar fueran sinónimos de absolución.
Pero la historia —esa que no se escribe en titulares sino en hechos— suele ser menos complaciente: a veces, quien grita “estoy cuidando el tesoro que me pusieron a administrar” no está protegiéndolo, sino marcando territorio.
Porque no basta con declararse honesta y buena administradora de los recursos públicos—ni en entrevistas complacientes ni en vitrinas mediáticas—: hay que resistir la lupa, hay que rendir cuentas propias.
Y es allí donde el relato empieza a resquebrajarse.
Donde la épica se vuelve sospecha.
Donde la guardiana deja de parecer custodia… y empieza a parecer dueña.
Presumo —quizás lo más grave— que no estamos frente a un exceso individual, sino frente a un libreto conocido: el de quienes convierten la palabra en arma y la insinuación en método.
Aquí no hay transparencia…hay cálculo.
Aquí no hay valentía…hay conveniencia.
Porque la honestidad no necesita micrófonos desesperados ni titulares urgentes.
La honestidad se sostiene sola.
Y cuando no hay cómo sostenerla, se recurre al escándalo.
El problema es que el escándalo, como el humo, puede nublar por un momento…
pero nunca logra ocultar el incendio para siempre.
En resumen: Una justicia seria, llamaría a Angie Rodríguez a sustentar lo que ‘locuazmente’ denunció ante los medios hegemónicos, de lo contrario la misma justicia estaría mandando a los colombianos un mal mensaje.
¿No hay quien la denuncié? Hágalo de oficio señora «justicia» para escuchar si allá también va a decir: “ay, no…mejor de eso no hablo”
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