Pequeña nota sobre Baudelaire

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Exorcista y buscador desquiciado del alma contemporánea, cuando la encontró – a través de un arduo y misterioso buscar – se extravió en ella para siempre y fue coronado por los siglos con la belleza estremecida de unas flores que él llamó del mal y que aún hoy continúan dejando sobre el aire de los tiempos el efluvio atormentado de una poesía que se alimenta de las grandes catástrofes que prefiguran la vida del espíritu.
Su biografía es inquietante. Una vida lacerada por una pluralidad sucesiva de asqueantes miserias. Parecía a veces arrastrarse por laberintos sórdidos, fétidos y oscuros. Pero como si el cuerpo del poeta fuese solo un vulgar pretexto que permite la aproximación a esos espacios tan humanos, retornaba de esos hundimientos iluminado por una belleza misteriosa, profunda y excitante y hacía que en sus poemas esa misma belleza adquiriera las resonancias de una analogía que antes nadie había intuido. Como Holderin, sospechaba que entre más profundo y verdadero es el sufrimiento de un hombre, más profunda poderosa y verdadera se hace su fuerza. Al existir tatuado y torturado por los sufrimientos de este mundo, y en especial por los dolores que le obsequiaba esa estructura de ese nuevo universo llamado la ciudad, que a él lo golpeó en todas las calles y en todos los árboles del alma, emergía preñado de una poesía abismal y a veces pesimista que se redimía y se trasmutaba en intimidad y pura belleza estremecida.
Vislumbró para el poeta las proezas de un oficio soberbio y algo amargo. Lo vio como el símbolo y hacedor de una época vencida, pero con la que necesariamente debe redimirse el mundo. Dijo que el poeta se asemeja a un rey de las alturas, que desafía el arco y aniquila las tormentas del mar. Que en la tierra parece un vagabundo desterrado, burlado en su amargura, pero es porque sus alas de gigante le impiden caminar.
Fulguraciones y percepciones de tono casi místico le hicieron sentir y comprender en la íntima soledad de su ser lastimado de belleza, que hay una unidad perfecta y profunda en todo lo existente. Que el hombre vive y atraviesa un mundo hecho de símbolos vivientes y que hay una enigmática correspondencia entre todos los colores y todos los sonidos, que todo lo que está vivo se corresponde y se une a ese vasto sistema que se expresa en la unidad.
Fue transeúnte ansioso y angustiado de los grandes territorios que parpadean como mundos enigmáticos en el umbral de las alucinaciones. Allí comprendió la esencia verdadera del color y sus cambiantes elementos, la recomposición del tiempo en sus espejos, la infinita expansión de los espacios en la dilatación asombrada que se enamora en las pupilas. Supo que el opio es uno de los lenguajes con el que habla Dios a los humanos.
En todo ese existir de fugas, horrores y falsos amores, intuiciones sagradas y sacrílegas, antecedió con certidumbre los nuevos tiempos y las nuevas formas con los que trataría de existir la poesía que vendría después. Fue surrealista en la moral – anotó Breton – pero sobre todas las cosas y a la manera de afirmación escrita con carne y sueño puro creyó que la poesía no es adorno, ni una feria fácil de luces miserables que nos oculta el mundo verdadero.
Comprobó que el poeta más que nadie está condenado a padecer una escisión radical e insuperable, pues debe meter sus dedos puros y sensibles en la sórdida carne en la cual se pudre lo viviente y por otro lado está inmerso y alienado en un universo de maravillosa idealidad donde analogías y resonancias pulsan las cuerdas de su alma.
Vivió perpetua y desgarradamente como una herida tendida entre dos puntos: el éxtasis y el pecado. Y por eso a veces protestaba como un endemoniado y como un vociferante. Aconsejó arrojar a Dios sobre la tierra. Y también predicó con una obsesiva convicción que hay que caer al fondo de cualquier abismo, pues solo en el fondo de lo desconocido se encontrará lo nuevo.
Una vez enfermo y saturado de tedio, de spleen y de todas las enfermedades posibles que puede padecer un hombre que ha tocado con sus manos la belleza, fue a dar a la manera de un desecho y un despojo, a un siniestro hospital de su país amado. Queda mudo. Agoniza. Ironía violenta para el hombre que convirtió la palabra en una nueva y sonora diosa incomprendida. Queda casi imbécil. Fantasma inútil y agobiado que empieza a morir con lentitud. Fantasma de otros mundos que se diluye como una sombra turbia y que nos deja perplejos, pues al irse muy seguramente se va a integrar el coro de las santas legiones que viven celebrando el festín del infinito.
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