
Por Julián Andrés Caicedo Ortiz
Profesor del Departamento de Ciencia Política
Universidad del Cauca.
La Universidad del Cauca está próxima a cumplir doscientos años. Su carácter bicentenario no es simplemente una fecha para celebrar, representa una historia construida alrededor del conocimiento, la ciencia, la formación y también del encuentro entre distintas maneras de pensar.
Por eso, el prestigio de una universidad no se mide únicamente por su historia, sus títulos o los doctorados de quienes integran sus órganos de dirección, también se mide por algo mucho más difícil de encontrar: su capacidad para permitir que ideas distintas se encuentren, discutan, se contradigan y logren un consenso.
Durante años hemos permitido que se instale una idea equivocada, que por ser pública, la universidad debe ser “obligatoriamente” progresista, de izquierda, socialdemócrata o patrimonio ideológico, casi exclusivo de algún sector, y cuando alguien piensa distinto, aparecen la sospecha, la descalificación o la pretensión de excluirlo, con calificativos muy diversos que nos recuerdan las buenas clases de historia del siglo XX.
Por eso preocupa la reacción frente al nuevo representante del Presidente. Se puede discutir su experiencia, exigirle preparación y evaluar sus decisiones, que siempre serán colegiadas, recordemos que son nueve (9) los integrantes del Consejo Superior; eso sí sería universidad; pero otra cosa es descalificarlo por ser joven, por no pertenecer a determinados círculos académicos, por su identidad étnica o por su cercanía con un gobierno que no gusta. Wallerstein cuestionó precisamente las fronteras que terminaron encerrando el conocimiento dentro de estructuras y categorías rígidas, la universidad del Cauca, parafraseando a Wallerstein, necesita volver a abrirse, porque ahí está la resignificación de su prestigio.
La Universidad del Cauca es un patrimonio público al servicio del conocimiento, la ciencia, la formación, el desarrollo humano integral de toda una sociedad y toda una diversidad de saberes; y debe seguir siendo fuente de transformación, de construcción, de pensar diferente y de reconocer que las diferencias no se dirimen con la imposición de una “falsa intelectualidad ideológica”, si podemos definirla así, sino a través diálogo, el consenso, y el respeto por el otro, eso que antes solía llamarse valores.
En el camino hacia sus doscientos años, recuperar el prestigio de la Universidad del Cauca, porque no hay que rasgarse las vestiduras por decirlo, pero hay que recuperarlo; forma parte de una visión y su esencia está en el debate, porque está claro que una universidad donde solo resulta legítima una manera de pensar podrá tener mucha historia, pero cada vez tendrá menos universidad.