Ir al contenido principal

Red de Medios Proclama del Pacífico Noticias

Pico y Placa Viernes:
Popayán 7 y 8
Cali 7 y 8
Jueves, 1 de octubre de 2026
miércoles 21 octubre, 2009 a las 6:47 am

Paul Disnard

EL GIGANTE QUE DESPIERTA

¡… boca que arrastra mi boca
hasta iluminarla de rayos!

Miguel Hernández

Velados los ojos por una intensa niebla, un telón de fondo que deja atrás las fogatas de los campamentos de los indios insurgentes, las arengas frente a los tumultos de las plazas de mercado, las airadas cabezas de hirsutas melenas coronadas de negras espinas, los oscuros y trasegados puños apretados en los burdos mangos de las herramientas del campo, los cuchillos largos a manera de sables encajados en la cintura de los capitanes del pueblo, más larga que el hambre la ira todavía más larga que ese despertar de pesadillas y angustias, los leños del vivac carbonizados, el humo gris casi azul buscando la libertad del cielo… Las estrías marcaban más que las venas hinchadas y azules las grandes manos del hombre, ya no eran las garras del tigre, tampoco eran las escalinatas del templo el ascenso al trono de la gloria, tal fue su destino como el de un caballo loco jugándole una carrera al viento más loco todavía que el indio gigantesco arrebatándole a Bolívar la proclama de los negros cimarrones del palenque “porque taita Dios nos hizo libres y Pacha Mama nos dio la tierra”.

No era pues limosna lo que el ciego demandaba sentado en las gradas de la iglesia, así lo vieron los alumnos de la escuela, lo describirían como un gigante medio recostado en uno de los escalones sobre los cuales reposaba su espalda, fuerte todavía y templada como un arco y en ella las sombras de un carcaj lleno de flechas. ¿De qué hablan? –pregunta la maestra, muy joven, demasiado joven, una niña precoz capaz de dominar con su hermosa estampa y la dulzura de su voz a ese enjambre de niños inquietos y bulliciosos, molestos moscardones entre las flores de un jardín, croar de ranas en los charcos después de las lluvias. Afuera, en los árboles del parque, las chicharras no cesaban sus angustiosos gritos pidiéndole agua al cielo. Una tarde tórrida, abrumadoras corrían las horas tan despacio y lánguidas como las pisadas de un camello en las arenas del desierto. El sol quemaba, así era en la fragua del herrero, el martillo constante que arranca chispas y quejidos del metal que modela.

-… del viejo mendigo que todas las mañanas aparece en las gradas de la iglesia…

-… fuma un cigarro inmenso que lo llena todo de humo – dijo otro

– …si -dijo un tercero-, parece el fogón de la cocina de mi abuela…

-¡Claro! ¡claro!, se rieron a coro los demás, tu abuela enciende el fogón con bagazos y boñiga que tú recoges en los ejidos…

La niña levanta la mano y pone el índice derecho sobre sus labios. La algarabía cesa al instante, no se escucha más el zumbido del moscardón ni el croar de las ranas. El silencio parece una tela hecha de luz en el fondo del aula, en el centro de la sala un pequeño ser parece haber salido de un cuento de hadas, era su voz la melodía de una flauta capaz de dominar las tempestades, esa magia de su mantra convertía el silencio en una canción. Los niños escuchaban, no se asombraban tampoco de los pájaros que curiosos estaban allí presentes en el umbral de ese bosque imaginario. Ellos eran los gnomos, propietarios de un ignoto tesoro.

http://2.bp.blogspot.com/_rQMq1b0XzMQ/SqayYOkVfDI/AAAAAAAAHkQ/rbPhONeEuZo/s400/ImgNewsNo811101.jpg

Hubo un tiempo en que la tierra pertenecía a los hombres que nacieron con el maíz, los sembrados de vegetales y tubérculos eran mucho más que los pueblos que cultivaban sus parcelas no muy lejos de los ríos. Existian lagunas a las que sin temor alguno se acercaban a beber las gacelas y los venados, todos los animales del bosque tenían allí su concierto y las garzas displicentes y elegantes como blancas damas de la naturaleza depositaban sus huevos en los árboles más cercanos. Peces los había en abundancia al igual que un escandaloso tropel de niños jugando entre las aguas, que se lanzaban en picada al río desde las ramas más altas. Dios había creado el paraíso, Adán retozaba tranquilo con sus mujeres, no era la serpiente una amenaza ni una tentación, era la guardiana, la protectora de la tierra, la hija bien amada de Pacha Mama.

Un día hicieron su aparición seres extraños, gente sucia que apestaba, con ellos llegó una incomprensible maldición, trajeron enfermedades que no se conocían, fiebres mortales, las mujeres fueron ultrajadas por esta raza maldita, perdieron su libertad, la pureza de sus cuerpos, esta tierra que era de todos se convertía repartida en tierras de nadie, la usurparon, la robaron, la saquearon, infectaron los ríos, acabaron con las lagunas, con los animales del bosque y los hijos de Pacha Mama, diezmados por las epidemias, las muertes violentas provocados por el latrocinio y por los brujos negros que introducían otro mundo de dioses de madera llamados santos por esta canalla maloliente, huyeron para salvar la vida, buscaron refugio en los montes, en las montañas más altas, en el interior de la selva.

Algunas mujeres equipadas con las armas más inverosímiles se opusieron con violencia a la violencia. Provocaron el estupor y el miedo de esta jauría de ladrones y asesinos que llegaban en oleadas del otro lado del mar, cortaban las cabezas de los monstruos barbudos y las portaban en la punta de sus lanzas como banderas de combate.

Hubo también hombres valerosos de entre esta tribu de mujeres aguerridas como los tigres, veloces como los halcones, su sola presencia era una tempestad, un huracán que ponía el temor y la cobardía en el corazón de los ladrones de sus tierras, de los hijos, de los descendientes de esta raza depredadora, de carniceros, despertando en ellos el apetito de la sangre y nuevamente el latrocinio, la barbarie, las muertes violentas y ese Capitán que dominaba las tormentas, que arrastraba las furias de sus antepasados, que buscaba recuperar sus tierras, el reino de Pacha Mama, también fue ofuscado, humillado, encarcelado, asesinada su familia y con el tiempo convertido en ese gigante derrotado, indemne y ciego que en las escalinatas de la iglesia le recuerda a esa prole de bastardos, de hijos de asesinos, de ladrones descendientes de una raza maldita concebida en los burdeles, que esta tierra de nadie que ellos llaman sigue siendo la tierra de sus primeros habitantes, de los hijos del maíz sus primeros dueños y que esa afrenta no puede ni debe ser olvidada jamás.

http://www.lablaa.org/blaavirtual/biografias/images/lamemanu.jpg

-Maestra, pregunta uno de los más pequeños de la clase impresionado por la pasión, el ardor de la niña cuya voz la iluminaba un rayo y la precedía el furor de un trueno, ¿quién era ese gigante, quien era ese Capitán?

-Esos gigantes, dijo la niña, esos capitanes, aparecen en la historia como el huracán, no se repiten, Bolívar no se repite, tampoco Napoleón, y ese gigante derrotado que ustedes ven en las gradas de la iglesia ha sido y sigue siendo en cada indio de nuestra tierra ¡Quintín Lame!

Paul Disnard

Belgrado, octubre 16 de 2009

Leer más…

Articulos relacionados

jueves 1 octubre, 2026 a las 7:58 pm

A espaldas del Cristo

jueves 1 octubre, 2026 a las 7:12 pm

Operativos, más ONU y CHINA