PARÍS NOS PERTENECE (1960)


Como no conozco París, verla desde la cámara de 1960, con sus calles casi desoladas de gente, sus autos viejos y edificaciones características de la época, resulta algo frío y distante pero romántico, lo suficiente para creer en una vida presentada de manera lenta, pausada, a veces entre acordes de una música expresionista de Philippe Arthuys, en este filme de Jacques Rivette, uno de los primeros de la llamada «nueva ola» francesa.
Nueva estética; buscaba otros planteamientos para un cine de rumor intelectual, quizá. Temática indudablemente citadina, comprometida con el poder visual-experiencial de los instantes mostrados, episodios personales, y el enlace protagónico, entre líneas, que procura una supuesta conspiración mundial, de tono apocalíptico, uniendo la trama con desenlaces imprevistos. No hay fantasía generadora de emociones; sólo realidad, vivencia en presente, diálogos de valor anecdótico, acontecer posible, como en cualquier cotidianidad a la que se busca dar significado en la rutina de la vida. La fuerza del arte pugna por calibrar, aquí, en este filme, un espacio existencial a la esperanza. Mientras tanto, la vida continúa con su cadena de vivencias atadas a un tiempo real, inexorable.
Entre tanto, «París no pertenece a nadie» (Charles Péguy).




