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Lunes, 5 de octubre de 2026

Para que se acaben tantos años de soledad

Para que se acaben tantos años de soledad

Lizandro Penagos

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento mediático el candidato Iván Cepeda Castro había de recordar aquella tarde remota en que su inmolado padre Manuel, líder de la Unión Patriótica, lo llevó a conocer el hielo: la realidad del pueblo colombiano siempre excluido, marginado, postrado en el frío de la indolencia. Colombia era entonces una población de veinte millones de habitantes y sus ciudades crecían en medio del barro y la bravura de quienes huyen de la violencia sin saber que la llevan incubada. Ranchos miserables construidos a la orilla de un río de sangre que se precipitaba por un lecho de piedras, cóleras, injusticia e historia inmemorial que eclosiona en todas las elecciones como huevos prehistóricos, de la mano manchada de seres como Paloma y Abelardo.

El mundo justo era tan incipiente y la violencia tan creciente, que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo inquisidor: a los asesinatos de Estado les decían “falsos positivos” y a los subsidios para los más ricos “dinamización de la inversión”. Al aumento del salario mínimo le llamaban “populismo” y a la rebaja de los impuestos a los millonarios “políticas empresariales”. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de villanos poderosos y codiciosos plantaba su carpa politiquera cerca de cada aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales a través de los medios de comunicación hegemónicos y lameculos, daban a conocer los nuevos inventos para salvar el país. Un país que ellos mismos habían postrado. Unas estirpes más rancias que castas.

Pero no contaban con Iván. Con un aire gitano, serio y corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, se presentó con el nombre de candidato a la presidencia y el aval del partido de gobierno, el del Pacto, el del cambio. El senador Iván Cepeda hizo una truculenta demostración pública en el Congreso de la República de lo que Jorge Eliécer Gaitán y él mismo llaman: la restauración ética y moral de la nación. Ninguna octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia, sino justicia social plena y lucha frontal por los derechos de las mayorías. Fue de caso en caso arrastrando los lingotes de ideas claras y luchas titánicas, en las que fortaleció la idea de que ya va siendo hora de que el País Nacional (el del pueblo) esté por encima del País Político (el de las élites de todos los pelambres).

Y todo el mundo se espantó al ver que, a los voceros de la derecha, a las pailas infernales del Congreso, a las férreas tenazas de los contratistas y a los cafres de la politiquería, se les caían sus discursos o se tambaleaban pataleando para no perder sus privilegios. Y las maderas sagradas de la curia alcahuete crujían por la desesperación de tantos calvos y torcidos tratando de no dejarse desclavar de sus mafias históricas; y aun los dineros perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde menos se les había buscado: por la vía de la denuncia democrática; y cobardes se arrastraban en desbandada turbulenta tras las acusaciones de la labor casi mágica del senador Cepeda. “Las ideas tienen vida propia —pregona con pausado acento—, todo es cuestión de despertarles el ánima.”

La obsesión acerca mucho a la perfección. Y este hombre recio, que perdió a su madre Yira Castro siendo muy joven, heredó su vocación, su lucha social incansable; como la de su padre, que sucumbió bajo el destino fatalista de las balas asesinas y temerarias que arrasaron a la UP, un partido exterminado física, jurídica e incluso narrativamente. Iván Cepeda es serio, pero no huraño. Con pensamiento crítico e individual, que hace una exploración concienzuda de la soledad a la que ha sido abandonado el pueblo colombiano por décadas y centurias; como en la repetición cíclica de la historia de la familia Buendía en Macondo. Como en el discurso de quienes consideran que la pobreza en Colombia es una condena histórica, algo insalvable y culpa de los mismos pobres.

No debió ser así. No es así. No deberá ser más así. No es un destino aciago, donde en medio de sopor de la desesperación, el hambriento pareciera estar condenado a comer mierda. Suelto un segundo Cien años de soledad para citar la frase memorable de El otoño del patriarca: “El día que la mierda tenga algún valor los pobres nacerán sin culo”. La oración es una mezcla exquisita de lo fantástico con la realidad colombiana, para demostrar que los pueblos sin memoria están condenados a la desaparición y la soledad. Ahora, con el perdón de Gabo y de tanto gabólogo de marras y de redes; a eso le llamaron realismo mágico —que no tiene nada que ver con Colombia, pues es el título y el tema de un libro de Franz Roh publicado en 1925 en Alemania, que trata sobre una variante del expresionismo pictórico a principios del Siglo XX, desde luego, en Alemania—.

Contra lo que ha luchado este gobierno (y no ha logrado vencer totalmente, por razones tanto propias como del contexto) y lucha y promete seguir luchando Iván Cepeda —y lo planteó García Márquez en su obra cumbre—, está asociado con la soledad y la repetición. Porque el pueblo colombiano está marcado por abandonos, por pérdidas, por esa deformación del individualismo llamada: ¡sálvese quien pueda! Por la degradación de un nacionalismo que solo emerge en la algarabía. Por un egoísmo aprendido de esa historia de poderes absolutos que corrompen absolutamente. Por pasiones desbordadas que no reconocen al otro y menos a sus ideas. Por viejos remedios de muerte que no han funcionado ni funcionarán jamás. Por guerras que se reciclan una y otra vez, porque su caldo de cultivo no se acaba y no se ataca para no acabar con tanto negocio. Y entonces, en medio de la espiral de violencia que no termina nunca, viene el olvido.

Colombia ha funcionado como Macondo: la grandeza y la decadencia coexisten, así como la opulencia y la indigencia, sin mayores contratiempos. Adormecidos por la manipulación y la palabrería de la politiquería. Somos un espejo de la humanidad y de nuestra animalidad, desde la fundación utópica de una república que se sobrepuso a una patria boba y a un sinnúmero de etapas más tontas, más ruines, más falaces, que por ejemplo no reconocieron a los negros o a los indígenas en la gesta emancipadora, que insisten en llamar libertadora, donde los únicos héroes eran criollos, ricos y montados a caballo. Por supuesto que hemos avanzado, pero claro que somos más que hace una centuria, pero entonces ¿por qué los postulados de Jorge Eliécer Gaitán siguen vigentes?

La restauración moral del país, la lucha contra la oligarquía, la justicia social y económica, la economía al servicio del ser humano, la democracia directa y la participación ciudadana, la defensa de la paz y de la vida… Y lo mataron por eso hace 78 años. Si usted no entiende que la mayoría pertenece al país nacional, que la cuestión no es de diferencias políticas sino ideológicas, morales, éticas y humanas; y que llevamos cuatro años tratando de cambiar esa realidad, está en el lugar equivocado de la historia. Sin amor, solidaridad y memoria, no hay futuro. Las raíces son la historia personal en colectivo. ¡El man es Iván!


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LIZANDRO PENAGOS CORTES