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jueves 6 agosto, 2015 a las 8:00 pm

Pandillas urbanas

pandilleros
Felipe Solarte Nates
Por: Felipe Solarte Nates

El caso de El Salvador, donde la pandilla de los Mara-truchas bloqueó el transporte público del país asesinando a varios conductores que no acataron su orden de paro, después de que el gobierno nacional se negó a negociar con sus jefes asuntos como la mejora en las condiciones de reclusión para sus integrantes detenidos, nos recuerda lo sucedido hace años en Medellín, cuando subordinados de ‘Don Berna’, también pararon los buses de la empresa controlada por su jefe, al anunciarse su extradición y nos muestra la dimensión del poderío que en Suramérica, Centroamérica y México, han adquirido pandillas potenciadas por el narcotráfico internacional, guerras internas y cohabitación con políticos, empresarios, policías y militares corruptos.

Para la conformación de pandillas mafiosas en la región ha sido favorable el ambiente de violencia predominante en países implicados en guerras internas, como sucedió en Nicaragua, cuando guerrilleros sandinistas en 1979 derrocaron al sanguinario y corrupto dictador Somoza y posteriormente los norteamericanos, durante el gobierno de Reagan, con la intervención de la CIA, por intermedio de Irán financiaron con dinero del tráfico de cocaína a los ‘Contras’ de derecha, buscando derrocar a los sandinistas utilizando la frontera de Honduras como base de ataque.

En la década de los 80 el clima de violencia y lucha guerrillera se extendió hasta El Salvador y Guatemala, donde sectores populares e indígenas lucharon contra oligarquías autoritarias y antidemocráticas que los dominaban, en regímenes semi-feudales vigentes desde la colonia.

Paralelamente a estas luchas políticas, en Colombia desde antes de los años 70, con el contrabando en las fronteras y la ‘bonanza ’ de la marihuana ‘punto rojo’ en la Sierra Nevada, se dio vía libre al narcotráfico internacional, que en los años 80 se industrializó, pasándose al más rentable procesamiento de pasta de coca, que Pablo Escobar, el ‘Mexicano’ y los Rodríguez caleños traían en avionetas desde el Perú y Bolivia, antes de empezar a sembrarla a gran escala en el país.

Desde entonces, en Colombia sentimos con mayor poder los efectos corruptores del narcotráfico a todo nivel, poniendo en nómina los capos de Medellín y Cali a políticos tramitadores de leyes a su favor, empresarios lavadores de dinero y militares protegiéndolos, llegando al curubito de su poderío en 1983, cuando Pablo Escobar se posesionó como representante a la Cámara. Además con la creación del MAS, grupo paramilitar cofinanciado con sus socios del ‘cártel’ de Medellín y el asesinato del entonces ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, quien lo desenmascaró y obligó a dejar su curul, desencadenó tenebrosa oleada de terror armando centenares de jóvenes de las comunas de Medellín como su ejército de sicarios, inaugurando esa aciaga década cuyos efectos se multiplicaron hasta nuestra época.

Paralelamente, en México, prosperó la siembra de marihuana y amapola para extraer heroína, destinadas al vecino y atractivo mercado de millones de norteamericanos adictos, permitiendo la armazón de diferentes cárteles que prosperaron aliados con políticos y policías corruptos, consolidando también sus grupos armados, nutridos por jóvenes desempleados.

A mediados de los 90, con la férrea persecución a los capos de los cárteles de Medellín y Cali, estos se fragmentaron en grupos que conformaron sus ejércitos de sicarios y mantuvieron diversas rutas aéreas, terrestres y marítimas para los jefes mexicanos, quienes se quedaron con la distribución en ciudades norteamericanas y mayores ganancias.

En este proceso, desde San Andrés hacia el norte, los países centroamericanos se convirtieron en rutas intermedias de drogas hacía México, vinculando en su distribución y consumo a miles de jóvenes sin esperanzas de mejorar sus condiciones de vida y entrenados en el manejo de armas, después del cese de los conflictos armados en Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala. Así surgieron los ‘Maras salva-truchas’ que al igual que los hijos de ‘Don Berna’, de la Oficina de Envigado: Rasguños, Rastrojos, Urabeños, etc, ampliaron el campo de acción de sus negocios ilícitos al sicariato y atracos, extorsión a empresarios, comerciantes, minería ilegal; macro y micro-tráfico de marihuana, cocaína, heroína y metanfetaminas; lavado de dinero en el comercio, transporte, turismo y otras actividades; secuestro de personas para prostitución, esclavitud laboral; contrabando y falsificación de artículos y otras formas de delito que les generan multimillonarias ganancias a sus jefes y potencial para armar a miles de jóvenes influenciados por el pandillismo y la cultura del dinero fácil.

Lo triste es que este proceso también afectó a Venezuela donde Chávez repartió 100.000 AK-47 entre milicianos y en menor medida a países como Brasil con pandillas en favelas de Rio y Argentina, controlando el micro-tráfico y como escalas de rutas alternativas para llevar drogas a Europa y Asia a través del África.

Todo en medio de persecución a los productores, política cuestionada por ineficaz, mientras en Estados Unidos y Europa regulan el consumo de drogas y tratan medicamente a los adictos.

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