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PANDAFILANDO, EL DE LA FOSCA VISTA

Jorge Cuesta - Escritor

“La prisión está en el corazón de los S, y su propia vida es un encierro”. Máximo Gorki.

Armando Orozco Tovar
Armando Orozco Tovar

El escritor cartagenero Jorge Cuesta, cumplió años, sin que el mismo se diera cuenta. Lo cierto es que todos siempre lo han visto y él a todos.

Panda, como se le dice, desde épocas inmemoriales. Ha tenido por prisión las calles del centro de Bogotá, que pueden llegar a serlo, cuando se convierten en permanente escalón de la pobreza, como le ocurrió a Cesar Vallejo en París.

Jorge Cuesta, reconocido como “Pandafilando.”, el a, que se colocó, desde que a principios de los 60’s, arribó a Bogotá procedente de Tunja, donde había ido a estudiar idiomas en la Universidad Pedagógica. Al igual que Gabo, que en los cuarenta vino a hacer bachillerato en Zipaquirá, la ciudad de la sal.

Al finalizar su carrera en la capital boyacense, y por el fastidio profesado en el interior del país en aquella época, a los negros y costeños en el interior del país, como ocurría en Bogotá, por ser diferentes, enamorados, juguetones y bulliciosos, se les acusó a varios condiscípulos, entre los que se contaba, del robo de unas joyas, en una casa donde iban seductores de unas bellas “peladas”.

Jorge Cuesta, a punto de ser enrejado con condiscípulos, se escapó. Sin identificación, título, y sin tener a dónde ir. Se vio obligando a optar por el apodo de un personaje del Quijote. Sus familiares,- contó alguna vez- lo esperaban en la ciudad amurallada, para que les remediara por fin sus eternas afugias.

Luego de larga trashumancia, el “prófugo Panda”, vagó sin rumbo por la costa Caribe, hasta que llegó a Bogotá, transformándose con el tiempo, en otro “habitante del paisaje urbano.”

A Panda se le recuerda, como uno de los más cultos jóvenes de aquella época, inicial de los 60s.Teniéndose en cuenta, que cincuenta años después lo es mucho más. Sus conocidos y amigos, a menudo le regalan libros, que él vende a conocidos, pero antes de hacerlo, afirma que en su refugio clandestino, todos se los lee.

Jorge Cuesta - Escritor

Tampoco nadie lo ha visto nunca almorzar, desde hace cuarenta años. Afirmando, que sólo se alimenta con maní desde que oyó de niño a su abuela en Cartagena decir: «La muerte entra por la boca».

Este costeño, bogotanizado como el más puro auténtico cachaco, siempre fue un buen cuentista y narrador de novelas. Las que como toda su obra sigue inédita. Porque tímido, es incapaz de promocionarse, mostrando a pocos sus últimos e inquietantes relatos, elaborados con profundidad como conocedor de las incógnitas del centro capitalino. Sería bueno, que alguien, persona o institución, merecidamente se los publicara.

Este escritor urbano y desconocido, ha vivido con gran dignidad, al margen de la sociedad de consumo. Siendo un ser excepcional, que ve sin quejas pasar la vida, desde su balcón indiferente, estoico e irónico. Poseedor de pocas palabras, es también conocedor de la vida del Libertador Bolívar, del cual escribió un texto largamente investigado, titulado: “Bolívar, y las sociedades secretas”.

Antes de lo acaecido en Tunja en su época estudiantil, concibió la saga: “Los estudiantes se mudan de noche”. Y “Crujir de dientes”. Novelas que se perdieron, como afirmé en un artículo, aparecido a comienzos de los ochenta, en el periódico Vanguardia Liberal, titulado: “Una novela, que se le perdió a la literatura colombiana», que era una obra construida dentro de la misma atmósfera gabiana y macondiana.

Recuerda el plumillista Ancizar Guzmán, que cuando llegaba por allá en el 63 a su refugio, con un grupo de jóvenes, para ir a realizar caminatas de entrenamiento revolucionario nunca podían ir, porque Panda, los distraía leyéndoles los párrafos alucinados de su novela vengadora de situación tunjana. Concluye la anécdota, el artista ibaguereño, diciendo: “que aquello hizo que los salvara la pereza de Panda”.

Jorge Cuesta, «Pandafilando», nunca ha sufrido dolor de cabeza, de muelas, espalda o estómago, que se sepa. Cuenta que fue militante clandestino hasta del mismo M-19. Ocultando en su cuarto, panfletos y otros aparatos. Cosas, que se salvaron del inesperado derrumbe de su cuchitril, por no tenerlos guardados en el sitio, cuando hizo la caleta en una columnas de la casona del siglo XVI.

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