Pacto de élites y la maldición de los recursos naturales en Colombia.

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En Colombia no gobierna un proyecto político: gobierna un acuerdo tácito.
Un pacto de élites que no se firma, pero se ejecuta con precisión quirúrgica.
Un consenso silencioso entre quienes han administrado el poder —económico, mediático, judicial y político—, hoy reciclado en nuevas plataformas y narrativas como el “proyecto Júpiter”, diseñado para cautivar la conciencia de ciudadanos atravesados por relaciones de dependencia laboral, muchas veces impuestas desde lo más alto, por grandes empresas beneficiadas durante décadas por gobiernos excluyentes.
Ese pacto no necesita reuniones secretas.
Se reproduce en los apellidos, en los directorios de los grandes medios, en las juntas directivas, en los clubes donde se decide el país sin urnas de por medio.
Es una coreografía perfectamente ensayada: unos gobiernan, otros “opinan”, otros “vigilan”, otros destruyen; pero todos cuidan el mismo tablero.
Y en el centro de ese tablero está la riqueza.
Colombia no es un país pobre, es un país saqueado.
Petróleo, carbón, oro, biodiversidad, tierras fértiles: una abundancia que, en lugar de traducirse en bienestar colectivo, ha alimentado una estructura de acumulación excluyente.
Lo que en otras naciones sería una bendición, aquí ha operado como una condena.
A eso se le conoce, en la teoría económica, como la “maldición de los recursos”: cuando la riqueza natural no produce desarrollo, sino dependencia, corrupción y conflicto. Pero en Colombia esa maldición no es un accidente.
Es una arquitectura.
Las rentas de los recursos han sido históricamente capturadas por élites que las convierten en poder político, y ese poder político, a su vez, garantiza que las reglas del juego no cambien, es un circuito cerrado, blindado contra la democracia real.
Por eso, cada intento de reforma estructural desata tormentas.
No porque sea inviable, sino porque amenaza el corazón del pacto de élites.
Cuando se propone redistribuir, regular o siquiera auditar, la reacción es inmediata: titulares alarmistas, como aquel que circuló por todos los medios hegemónicos «subir mucho los sueldos a los trabajadores los empobrece» columnas incendiarias, bloqueos institucionales.
No es defensa de la economía.
Es defensa de privilegios.
La paradoja es brutal: mientras más rico es el subsuelo, más empobrecido está el suelo que pisa la gente.
Mientras crecen las exportaciones, se precariza la vida en los territorios que producen esa riqueza.
Y cuando alguien intenta romper ese ciclo, no enfrenta solo oposición política.
Enfrenta un sistema completo.
Medios que etiquetan, altas Cortes que dilatan por años investigaciones, mientras con sospechosa celeridad investigan otras, sobre todo, lo que les huela a cambios en el sistema que durante décadas han gobernado para unos pocos, Congreso que sabotea, opinadores que moldean el relato.
Todo en sincronía.
Todo dentro del mismo pacto.
La pregunta ya no es si ese pacto existe.
El país lo respira todos los días.
La verdadera pregunta es si Colombia está dispuesta a seguirlo cambiando.
Porque no se trata solo de cambiar gobiernos.
Se trata de desarmar una estructura que convirtió la riqueza en botín y la democracia en trámite.
Y esa ruptura —si ocurre— no vendrá de los salones donde se reparte el poder.
Vendrá, como siempre, desde abajo.
P.D.
Mientras tanto, la extrema derecha ensaya gestos de dolor frente a los dolorosos hechos recientes, pero, sus sonrisas los delatan: no hay duelo, hay cálculo. No hay indignación, hay oportunidad electoral.
”me duele mucho lo que está pasando » dicen, mientras esbozan una inocultable sonrisita.
¿Satisfacción?
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