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Opiniones de un maestro que odiaba que le llamaran maestro

postliteratura
Opiniones de un maestro que odiaba que le llamaran maestro
Opiniones de un maestro que odiaba que le llamaran maestro
Créditos: Quo.mx
León Gil

«La gran mayoría de nuestros escritores trata de alcanzar el triunfo. Y a esto se llega de manera incidental y nunca deliberada. Si alcanzamos el éxito nunca seremos artistas plenamente. El destino del artista es vivir una vida imperfecta: el triunfo, como un episodio; el fracaso, como verdadero y supremo fin».

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«Estamos en pleno reino de la mediocridad. Entre plumíferos sin fantasía, graves, frondosos, pontificadores con la audacia paralizada. Y no hay esperanza de salir de eso. Los «nuevos», sólo aspiran a que alguno de los inconmovibles fantasmones que ofician de papas, les digan alguna palabra de elogio acerca de sus poemitas. Y los poemitas han sido facturados, expresamente, para alcanzar ese alto destino.
Hay un solo camino. El que siempre hubo. Que el creador de verdad tenga la fuerza de vivir solitario y mire dentro suyo. Que comprenda que no tenemos huella para seguir, que el camino habrá de hacérselo cada uno, tenaz y alegremente, cortando la sombra del monte y de los arbustos enanos».

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«Cuando un escritor es algo más que un aficionado, cuando pide a la literatura algo más que los elogios de honrados ciudadanos que son sus amigos, o de burgueses con mentalidad burguesa que lo son del arte, con mayúsculas, podrá verse obligado por la vida a hacer cualquier clase de cosa, pero seguirá escribiendo. No porque tenga un deber a cumplir consigo mismo ni una urgente defensa cultural que hacer, ni un premio ministerial para cobrar. Escribirá porque sí, porque no tendrá más remedio que hacerlo, porque es su vicio, su pasión y su desgracia».

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«El que pretende dirigirse a la humanidad, o es un tramposo o está equivocado. La pretendida comunicación se cumple o no; el autor no es responsable, ella se da o no por añadidura. El que quiera enviar un mensaje ‒como se ha reiterado ya tantas veces‒ que encargue esta tarea a una mensajería».

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«La literatura es un oficio; no es necesario aprenderlo, pero más aún, es necesario crearlo. El que no escribe para los amigos o la amada o su honrada familia; el que escribe porque tiene la necesidad de hacerlo, sólo podrá expresarse con una técnica nueva, aún desconocida. Una manera que acaso no alcance totalmente nunca pero que no es la de zutano ni la de nadie. Es o será la suya. Pero no podrá tomarla de ninguna literatura ni de ningún literato, no podrá ser conquistada fuera de uno mismo. Porque está dentro de cada uno de nosotros; es intransferible, única, como nuestros rostros, nuestro estilo de vida y nuestro drama. Sólo se trata de buscar hacia adentro y no hacia afuera, humildemente, con inocencia y cinismo, seguros de que la verdad tiene que estar en una literatura sin literatura y sobre todo, que no puede gustar a los que tienen hoy la misión de repartir elogios, consagraciones y premios».

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«Se puede argüir que los premios constituyen un aliciente para los escritores. Chocolate por la noticia. Precisamente éste es uno de sus mayores defectos. Basta informarse en cualquier imprenta para saber que la mayoría de los libros se imprimen exclusivamente para intervenir en los concursos; y no es dudoso que hayan sido escritos con el mismo objeto».

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«Yo escribo por ataques: a veces me paso meses y meses y no se me ocurre nada. Pero siempre sé que va a volver, que siempre volverá. Y vuelve: en el momento más inesperado el tema llega y lo domina a uno. Cuando se pone a buscar el tema, como hacen algunos que no quisiera nombrar, pensando que está bien escribir esto y mal esto otro, entonces uno no es un artista. Podrá ser un correcto escritor, pero no un artista».

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«Tal vez nos convirtamos en sirvientes de la cibernética. Pero sentimos que siempre sobrevivirá en algún lugar de la tierra un hombre distraído que dedique más horas al ensueño que al sueño o al trabajo y que no tenga otro remedio para no perecer como ser humano que el de inventar y contar historias. También estamos seguros de que ese hipotético y futuro antisocial
encontrará un público afectado por el mismo veneno que se reúna para rodearlo y escucharlo mentir. Y será imprescindible –lo vaticinamos con la seguridad de que nunca oiremos ser desmentidos– que ese supuesto sobreviviente preferirá hablar con la mayor claridad que le sea posible de la absurda aventura que significa el paso de la gente sobre la tierra. Y que evitará, también dentro de lo posible, mortificar a sus oyentes con literatosis».

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 «En México, en un congreso de escritores, me enfermaba cada vez que me decían «maestro». ¿Maestro de qué? Es idiótico. Lo de maestro parece perfecto aplicado a un individuo que quiere adoctrinar o hacer didáctica, como Bernard Shaw. Sartre también trabajaba de maestro. Pero yo no. Jamás me interesó adoctrinar. Si hasta en el Quijote –que estoy releyendo por milésima vez– me revientan esos parrafitos didascálicos que a veces preceden los capítulos.»

Juan Carlos Onetti, en Réquiem por Faulkner y otros artículos. Arca/Calicanto, 1976, México.

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7 POSTRINOS

Sostenía el poeta Pablo Neruda que si los poetas fueran honestos deberían declarar que «no hay nada tan hermoso como perder el tiempo.» 

Y si fueran igualmente honestos, tendrían que confesar; no pocos de ellos, que, en poesía, es de lo poco hermoso que han hecho.

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Esos hombres y mujeres utilizan el órgano que está entre sus orejas tan sólo para buscar con quien poner en acción el que tienen entre las piernas.

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Uno no sabe si lamentar o celebrar el que Johann sebastian Bach no haya vivido como toda una estrella del rock, como el gran genio musical que es ahora, y solo haya sido ese modesto músico asalariado, el abnegado hombre que trabajaba duro como cualquier obrero para poder mantener a la esposa y su numerosa prole. 

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En Colombia, un poeta o escritor consagrado es aquel que ya no asiste a lecturas o presentación de libros de poetas o escritores coterráneos.

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Lo malo de los pocos buenos artistas y los buenos poetas es que suelen “inspirar” a muchos malos artistas y malos poetas.

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«No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio». 

Es la primera línea de El mito de Sísifo, el magistral ensayo de Albert Camus. No entiendo por qué este íncipit no figura entre los más célebres y profundos de la literatura universal. 

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«Los que escriben oscuramente tienen mucha suerte: tendrán comentaristas. Los otros sólo tendrán lectores, lo que, al parecer, es cosa despreciable»

Albert Camus, Cuadernos 1 y 2. Trad. Eduardo Paz Leston. Editorial Lozada/ Alianza Editorial, 1985

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Otras publicaciones de este autor en Proclama del Cauca y Valle:

León Gil

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