EL OLOR DE LAS FLORES



No importa que hoy el mundo sea más citadino que ayer. En épocas ya lejanas, las familias vivían en pequeños pueblos sin tanta atracción de los negocios o en apartados lugares llamados campiñas o simplemente campo. Allá, a diferencia de lo que ocurría en la ciudad de las oficinas, iglesia y el mercado dominical, el paisaje era alegre y placentero. Todo cantaba. Por otra parte, la gente era más sencilla y menos abstraída de la tecnología que nos atraganta hoy.
Sí. En mi alacena tengo un elogio para la vida en el campo. Guardo frescas sin que lleguen a congelado, las dulzuras de los días vividos en las afueras de Chía, Tenjo, Zipaquirá, Villagómez cerca a Pacho. Era como vivir en una primavera.
El recuerdo más grato, con olor a perfume y delicia para los ojos era ver y tocar la multitud de flores que nunca acababan de aparecer, y hoy continúa.
Todos los dones que nos ofrece la Naturaleza tienen una razón para existir. Y cada flor en el jardín casero, en el centro de la mesa o en la campiña abierta alegra, canta con voz propia, silba, enamora. Cada ama de casa tiene sus predilecciones y los venteros en las floristerías saben ofrecer según el comprador.
Hay unas flores sencillas, diminutas blancas o amarillas o de distintos colores a la vera del camino cuando paseamos. Y las hay con arista en su pico, blancas y paradas en una sola patita hirsuta en medio del chamizal. Las begonias rojas de seda con sus hojas verdes y los claveles rosados me encantaban y de ellas sembré muchas en mis ratos libres en mis eras privadas en la lejana Bosa.
También aprendí a querer las azucenas blancas con su olor a santa, las rosas rojas, amarillas y blancas como mi madre, los girasoles, los anturios, las astromelias, los crisantemos, los tulipanes, las hortensias, los humildes cartuchos enrollados, como señores apergaminados. Unos negros como de etiqueta, pero sin cubilete. Las violetas siempre me atrajeron aunque me dijeron que son tristes y llaman la muerte. Los doncenones y los jazmines eran como manzana en paraíso con su dulzón perfume. Cuando llegaba la época de exhalar su fragancia el viento me llevaba hasta sus corolas.
Dije que el texto de hoy era homenaje para el campo. Porque las flores no nacieron en hospital o invernadero, aunque lo prefieran los que las comercian para San Valentín. Solo quieren su olor a plata y oro. Las flores aman nacer y estar en las vegas junto al río, en el campo donde pueden juguetear todo el día con el viento, la lluvia y recibir el calor de la tierra. Allí lucen mejor que en un altar o en la mesa de una ceremonia para cumplir un requisito o una orden paga.
También las flores quieren lucir sobre el pecho de una mujer. Y mejor les quedan las orquídeas. Parecen unas reinas que iluminan y sientan sus reales en el sitial que les corresponde. Triste y pobre de nuestro tiempo que nos alejó del campo y su regazo florecido.
24-11-16 10:32 A.M.



