NUEVO LIBRO DE NEFATALÍ SANDOVAL VEKARICH – PAUL DISNARD: ‘En la otra orilla del viento’
Neftalí Sandoval Vekarich (*), es un escritor ecuménico, intelectual de peso pesado, que decidió, después de recorrer el mundo con optimismo e interés, entregar condensados en este libro sus cuadernos de notas, columnas periodísticas, poemas, cuentos y relatos con los cuales se propuso interpretar al ser humano en su capacidad para el prodigio pero también en su propensión a la indignidad. ‘En la otra orilla del viento’ es un compendio de cadencia y sentido, historias seductoras, plausibles y conmovedoras protagonizadas muchas veces por él mismo, ‘Paul Disnard’, en las que se percibe su propia exigencia de acercar la literatura a la vida, y claro, sin descuidar aspectos históricos con los que nos recuerda que “sin relato, la memoria no existe”.
N. Sandoval, es uno de esos estudiosos de la cultura capaces de considerar que el hombre contemporáneo tiene responsabilidad social y para ratificarlo tomó de su historia personal, así como de las historias de sus amigos y hasta de las de sus familiares, todo lo necesario para armar una cautivadora excursión literaria adobada con su voz honesta y auténtica, y su original talento para articular las diferentes historias.
Es posible que la obra como unidad pueda ser considerada más bien sin género específico, pues se desarrolla entre el cuento, la reflexión interior y el retrato de ciertos personajes, lugares y escenas, de manera poética. Pero definitivamente, ‘En la otra orilla del viento’ puede preciarse de formar parte de la nueva narrativa contemporánea, en la que hay descripciones precisas, secuencias de diálogos y poemas repletos de vitalidad que, además, marcan el desenfado y la fluidez de Neftalí y sus innegables cualidades como narrador. Mejor dicho, algo fascinante. A pesar de la gran cantidad de títulos, no se trata de relatos independientes entre sí; todos se relacionan y los personajes de un relato aparecen en el otro, permitiendo que el libro se vaya asimilando sin una narración lineal, atravesada inclusive por columnas periodísticas publicadas en importantes diarios y revistas del mundo, en una lectura que sorprende porque conduce a ratificar como válido el conocido aforismo según el cual “el estilo es el hombre”.
Es oportuno destacar también que Paul Disnard en uso de su originalidad no pierde el buen humor ni el amor por la vida. Y allí se hace también evidente su ironía en asuntos de política, todo tratado con cuidadoso lenguaje coloquial, y para facilitar la lectura, el libro está profusamente ilustrado con fotografías, recortes de prensa, documentos y otras estampas con las que se ha armado un entretenido viaje en la máquina del tiempo.
El turno es del lector, él mismo sea quien descubra que la obra contiene un profundo conocimiento, que se trata de relatos llenos de evocaciones, de viajes a la memoria de otros, de recuerdos de conversaciones, de cuentos -más bien cortos- y poemas que fluyen a la perfección y que sus tramas nunca se alejan de las infinitas posibilidades que ofrece la cotidianidad y sobre todo, que ha sido escrito con pasión.
A. J. Luna Geller
Editor
(*) SANDOVAL-VEKARICH Neftalí
Hizo sus estudios en la Universidad de Belgrado. Tiene un Master en Etnología. Como antropólogo trabajó en el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria en Bogotá, en el Departamento de Asuntos Indígenas y en la Escuela Superior de Administración Pública, en Bogotá. Más tarde fue Cónsul de Colombia en Yugoslavia y posteriormente la Embajada de México le encargó el manejo de su Biblioteca, muy frecuentada por los alumnos del Colegio Filológico y de la Facultad de Filología de la Universidad de Belgrado.
Oriundo de la ciudad de Popayán, capital del departamento del Cauca, su madre proviene de una antiquísima familia de Dubrovnik, en el Adriático. Figura en la antología poética “Serbia” (todos los escritores del mundo sobre Serbia) editada por “Itaka”, Belgrado, 1996, y compilada por el escritor yugoslavo Ratomir Damjanovic.
Se inició en las letras en el periódico “El Liberal” de Popayán y en el semanario satírico “Tijeras”, fundado y dirigido por su padre, el periodista Neftalí Sandoval Velasco, posteriormente y en forma muy esporádica da a conocer poemas y notas sueltas en “El Tiempo” de Bogotá, “Relator” de Cali y “El Diario” de Medellín. Residió una breve temporada en México, laboró en una agencia de publicidad y publicó cuentos y poemas en “El Nacional” (México en la Cultura, Juan Rejano) y en “El Universal” (Rubén Salazar Mallén), asimismo en la revista “Humanismo” dirigida por Ildegardo Pérez Signini y Jorge Raygada.
El pseudónimo Paul Disnard con el cual firma sus poemas se originó al publicar un libro-poema titulado “Y Regresará el Soldado” que tuvo amplia publicidad en “El Tiempo” de Bogotá, un canto de protesta contra la dictadura de ultra derecha imperante en Colombia y contra la absurda guerra en el Vietnam. Los allanamientos de la policía en Bogotá llevaron a la hoguera los libros incautados. Tampoco se salvó Whittman. Ha publicado además de “Y Regresará el Soldado” y los funerales del Cisne en “La Oca de Cantimpalos” dos libros de cuentos y relatos (“Las dos noches de un día muy largo”, Bogotá; “Poseidón en Molunat”, Belgrado) y la crónica “De la no muy verídica y menos incierta historia de la Villa de Quilichao”, Belgrado. Asimismo un poema épico dedicado a Serbia «La Gran Señora de la Luz».
Sus libros no tienen carácter comercial, son ediciones muy limitadas para sus amigos en cualquier parte del mundo y dos o tres bibliotecas de Colombia.
Vamos a contar cuentos
El tiempo avanza, no retrocede me dice Katalin, los periódicos son noticias de un día, las cosas que no se guardan se pierden, nadie se acordará de tus cuentos ni de tus poemas ni de tus breves ensayos que andan dispersos en algunos periódicos, reúne todo eso en un libro, sé que no te importan las criticas ni los comentarios de los demás, pero todo eso hace parte de la vida que has vivido y son tus vivencias las que importan, para alguien serás interesante y será para alguien interesante encontrar entre tus cosas un pensamiento valioso, un consejo, un ejemplo de vida, hazlo… Insistió tanto que decidí hacerle caso, encontré el apoyo de Alfonso Luna Geller que ya en su periódico había publicado algunas cosas mías y muchos años antes Ignacio Ramírez presentó en “Cronopios” mi cuento “Josefina” que le llamó mucho la atención a David Sánchez Juliao.
Como no podía desatender los consejos de Katalin me dediqué a recuperar lo ya publicado en México y en algunos periódicos de Colombia, así que resolví hacer de todo lo mío un mamotreto como diría el maestro León de Greiff, es decir, he recuperado mis cuentos como primera parte de ese despropósito. En “Crónicas de Paul Disnard”, la segunda parte, artículos y apuntes literarios que hacen parte de un blog en la web, finalmente los cuadernos de poesía que tan modestamente llaman los rusos “samoizdanje” y que edité en Belgrado, a excepción de “Regresará el soldado” que hizo célebre el pseudónimo de Paul Disnard. ¿Por qué el seudónimo?, me preguntó en aquellos caliginosos años de dictadura y persecución política don Roberto García Peña, director de “El Tiempo”. Le respondí: por favor, lea el poema y justifique el nombre. Cuál no sería mi sorpresa 15 días después encontrar en las páginas del Suplemento Literario una selección de mis poemas y el prólogo, el maravilloso y contundente prólogo de Saúl Pineda, días después Luis Eduardo Nieto Caballero en su acostumbrada columna en “El Tiempo” me propinó otro espaldarazo.
A diferencia de los intelectuales y artistas ya consagrados de esa época que se reunían en el “Automático”, los “advenedizos”, como nos tildó despectivamente Oscar Delgado en su mini-revista “Indice”, tratando de imitar tal vez a Hemingway, a Sartre, a Camus, a André Malroux, encontramos el sitio ideal en plena carrera séptima con 19, nuestro Café de La Flor. Y se hizo El Café de la Paz tan famoso y sitio de encuentro de la juventud de izquierda que la policía nos tenía en su mira, muchos estudiantes trabajaban para el servicio secreto y nada de raro tuvo que una noche en el norte de Bogotá donde habíamos organizado un baile para reunir fondos para la publicación de un periódico llegó un camión del ejército, cercó la residencia, en ella estábamos Carlos Lemos Simmonds, Reynaldo Coronel, Marco Ospina y su hija, Eduardo Gómez y muchos más cuyos nombres he olvidado. El teniente que cumplía con su misión le faltó el respeto a la hija del pintor Marco Ospina, ella valiente y atrevida reaccionó de tal manera que le propinó al tenientillo de marras un buen bofetón y este ejemplar, evidente macho del ejército colombiano, la tumbó de un golpe, ante este hecho cobarde y vil del militarejo todos como un escudo nos interpusimos para protegerla. Fuimos a parar a la penitenciaria de La Candelaria donde los “encapuchados”, los estudiantes al servicio de la satrapía, nos interrogaban a golpes, finalmente en la mañana del día siguiente nos dejaron ir. De todas maneras Café de la Paz empezó a cobrar prestigio, de la noche a la mañana allí hacían su aparición los políticos de la nueva generación, era ya una especie de frente de batalla, pero no se atrevían a tocarnos, no éramos invisibles. En aquellos días organizamos en Fusagasugá un mini congreso de poetas, recuerdo la presencia de Fernando Esguerra, Plutarco Elías Ramírez, Jorge Barragán, Abel Castro y otros cuyos nombres se me escapan. Cuando me tocó el turno de recitar un poema me trepé al muro que había sido pared de un humilde rancho arrasado entonces por la persecución política. A unos veinte pasos nos vigilaba un policía, de evidente extracción proletaria, con el rifle colgado al hombro derecho. Todos nos mirábamos inquietos y con recelo, todavía más cuando con voz enérgica y clara empecé:
Yo, feroz y cordial,
de veintitantos años,
canto a la dinamita,
al machete que eriza manglares
y hunde goterones de estupor en los poblados.
Bailad salvajes, enloquecidos,
¡y recoged en la boca los casquetes de las balas!
Mirad, imitad,
si la vida vale lo que el templo de Notre Dame,
¡dinamitad los templos!,
¡valorizad la vida!
Y construid con ella agrupados
a la mecha de la pólvora
y al explosivo mortal de los morteros.
La vida es hermosa,
pero hacedla más hermosa, compañeros,
¡el romanticismo a la mierda!
porque saldrán pujando de los callos obreros
mejores puentes.
Mis compañeros no conocían este poema, estaban tan asombrados como el mismo policía que descolgó del hombro su fusil y cuidadoso lo colocó en el suelo, entonces empezó a aplaudir. Este es para mí, compañeros, el mejor homenaje que pueda tener un poeta en estas extrañas circunstancias. Perplejos mis amigos se unieron a los aplausos del policía que no tardó en compartir con nosotros ese feliz fin de semana en Fusagasugá, creo que nunca vi un hombre tan feliz como él, era como nosotros un muchacho del pueblo que reía con nuestras bromas, disfrutaba de nuestra compañía y le hacíamos participe de nuestros avíos, sándwiches de carne de pavo y queso, gaseosas y lo más hermoso de todo nuestra juventud hecha un canto de amor y solidaridad. Cuando partimos me pareció ver brillar lágrimas en sus ojos, puso el arma a discreción y su ademán de adiós fue una tierna y triste sonrisa.
Muchísimos años más tarde, en Yugoslavia, fui víctima ocasional de un homenaje similar. Indignado como estaba por el cruel bombardeo de la OTAN y sus aliados europeos a un pueblo sin mediar declaración de guerra alguna, no se respetaron hospitales ni escuelas, hasta un tren de pasajeros en marcha cruzando un puente sobre el Danubio fue volatizado por un misil. Me salió del alma como un tiro de fusil. “¿Demoraste en escribirlo?” me preguntó el poeta español Antonio Porpetta cuando le envié a Madrid un ejemplar de la edición bilingüe de La Gran Señora de la Luz. “No, mi querido Antonio, le dije, me demoré en vivir y en leer la historia de este trágico y heroico pueblo trasegado en uno y otro sentido por oriente y occidente…” Cuando terminé de escribirlo, se lo di a Biljana Bukvic, una buena amiga mía conocedora de la literatura universal, la más distinguida entre todas las traductoras literarias. Me interesaba su opinión, no quiso hacerlo por lo contrario hizo algo mejor, lo tradujo al idioma serbiocroata en el estilo literario más puro y pulcro del que me pudiera imaginar, tan hermosa traducción que decidí hacer una edición bilingüe y tomé para la portada un poster inspirado en la primera guerra mundial por Malvina Hoffman en homenaje a los soldados serbios heridos y convalecientes en Salónica. ¡Qué pena contigo, muchacho!, utilizó el muchacho en español como manifestación de simpatía para decirme el dueño de la imprenta que no podía entregarme la edición completa, la razón: los operarios que cuando levantaban las planchas leían el poema en alta voz, se entusiasmaron tanto que decidieron guardar algunos ejemplares para ellos. Me causó mucha gracia, tenía que reconocerlo, era para mí el mejor homenaje y reconocimiento por parte de los obreros de la imprenta, como el de aquel humilde policía colombiano en Fusagasugá.
Desde luego que tenía mis audaces intromisiones cuando me creía poeta. Conocí a Carlos H. Pareja, el indiscutible Simón Latino, que en la avenida décima, entonces un proyecto urbanístico, oficiaba entre edificios demolidos y armarios de acero y concreto su redacción, fue el autor de los famosos cuadernillos de poesía que ponía al alcance de todas las manos y de todos los bolsillos los más famosos y destacados poetas tanto de Colombia como del continente americano, hasta el día en que él también tuvo que huir y buscar refugio en la Argentina. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir que por esos mismos rumbos entre escombros de apartamentos desahuciados y buldóceres que abrían las vías para una nueva y moderna arquitectura de vidrio y acero, ese gran poeta que fuera Jorge Zalamea tenía allí su bien protegida guarida, de bellas alfombras persas compradas en Estambul y valiosos cuadros del arte nuevo en las paredes. Fue casualidad. Tenía en mis bolsillos un poema recién escrito, al buscar en el Café Automático a algunos de mis compañeros descubrí a Jorge Zalamea casi al fondo de ese lugar que el humo de los cigarrillos lo desdibujaba y hacía invisible. Con gran desparpajo me acerqué a saludarlo, me invitó a hacerle compañía, entonces le presenté mi poema, del que no tengo la menor idea, lo tomó en sus manos y cuidadoso lo leyó. Muy bien, muchacho, lo publicaré. Sé que tenía una revista literaria, así que me vi sorprendido y me quedé de una pieza por su generosa espontaneidad y oferta. No, Maestro, le dije, se lo agradezco mucho pero creo que el poema está sin terminar. Muy bien, añadió, cuando creas que lo tienes listo me lo traes. Me dio su dirección, fui entonces a verle cuando pensé que había terminado ese bendito poema del que realmente no tengo la menor idea a dónde fue a parar. No importa. Me recibió con la gran elegancia de un lord inglés, era justamente la hora del té, tuvimos una larga y amena conversación, había vivido en Grecia, me hablaba de un mundo extraño que ya intuía igualmente por los relatos que de niño me contaba mamá recordando su infancia en el Adriático. Con ese mismo desparpajo e irreverencia conocí a Nicolás Guillén. En la ciudad de México, un día claro, de mucho sol por el Paseo de la Reforma. Estoy con José Miguel de Paz, colombiano que trabajaba en Fondo de Cultura. De pronto mi compañero lanza un caluroso saludo: ¡Maestro! Es un mulato alto, fuerte como un atleta, al darse vuelta para responder al saludo de mi amigo, me da un tremendo pisotón que me hizo enrojecer de disgusto. Segundos antes de que yo meta la pata, me dice José Miguel: ¿no conoces a Nicolás Guillén? Me quedo encandilado mirando al gigantesco mulato de cabellos blancos, y descarado como lo he sido siempre, le disparo: ¿eres tú Nicolás Guillén? Igualmente él me mira sorprendido por mi mala educación, pero yo impertérrito continuo:
En Guillén pienso
cuando pienso en Cuba,
en Nicolás y su tambor guerrero
que retumba en Cuba en mitad de los fusiles
y con Cuba nosotros en mitad de los golpazos!
Muchacho, me pregunta intrigado entonces Guillén con su típico acento habanero, ¿de quién es eso? Mío, le respondo, y él nuevamente: muchacho, te espero a almorzar mañana en mi casa. Cuando el antropólogo y arquitecto Enrique Valencia lo supo, se armó de su cámara fotográfica para asistir conmigo a tan importante cita con el poeta cubano. Enrique Valencia, hijo de la poeta payanesa, Ángela Valencia de Valencia, hace ya varios años murió en la ciudad de México. También Carlos Pellicer fue otro de mis encuentros fugaces, en esta oportunidad gracias a Germán Pardo García con quien tenía estrecha amistad y solían encontrarse en el Café Paris, donde hube de verme asimismo con el escritor Rubén Salazar Mallén, columnista de El Universal. Al Café Paris me llevó una tarde del mes de agosto Horacio Espinosa Altamirano, mi primer y grande amigo mexicano que vivía en Chopo, una de las zonas más maravillosas y mágicas de la capital mexicana. Pero él y sus jóvenes congéneres no frecuentaban ese sitio propio de las “divas” de la literatura azteca, les gustaban más bien los cafés de chinos que por su exotismo y ubicación atraían toda suerte de personajes dignos de figurar en sus relatos y poemas, confieso que también me atraían esos “cuentos” chinos, sobre todo los locales de San Cosme por ver y admirar en la noche las vaporosas mariposas nocturnas en su ir y venir sin sentido alguno por entre los expendios de tacos y enchiladas. Pero Eduardo Santa que años más tarde volvió a México cuando ya me encontraba en otro país encantado cubierto por la niebla de una turbulenta historia y los misterios de oriente escondidos en los trajes populares de sus gentes, me comentó que ese encuentro de nuestras aventuras quijotescas de antaño solamente existe en la imaginación, me quedó en el alma al saberlo distante en el recuerdo un sabor de ajenjo amargo al traer a mi memoria las imágenes de Patricia Moynes, la irlandesa de ojos de esmeralda, de Esperanza Larin, casi su melliza española de ojos claros como la mies, ambas de largas y esplendorosas piernas de bailarinas de ballet que tanto me hicieron soñar y añorar a México.
Finalmente caí en cuenta que la mayoría de los cuentos publicados algunos en México, otros en Colombia, tenían el mismo diapasón y estaban inspirados en la época de bárbara persecución política que le tocó sufrir a Colombia, como muchas novelas que aparecieron en la misma época y que trataron el mismo tema superado paulatinamente por lo aparición de otro estilo literario que tan sublimemente clausuró “Cien años de soledad”. Por un momento quise desistir del intento, que todo fuera “Hojarasca” como la novela de García Márquez, pero prevaleció la insistencia de Katalin, nada nuevo hay bajo el sol y todo documento, por muy banal que sea, es valedero, son experiencias algunas personales, otras colectivas pero innegablemente testimonio de una época. Cuando aparecieron en “Proclama” mis artículos sobre Serbia y la conspiración norteamericana en Kosovo, resolví introducirlos en la web titulando el blog “Crónicas de Paul Disnard” conjuntamente con “La pasión de Serbia”, un extraordinario ensayo de Don Alfonso Reyes, el gran humanista mexicano, escrito y publicado en el año de 1919. Sea pues como sea, cierro este ditirambo con los versos de Barba Jacob:
… he vivido
con nervio, con sangre, con músculo,
y voy al olvido.
Neftalí Sandoval Vekarich
2012
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