NOTICIA: SÍ PODEMOS CAMBIAR



Hay frases en la vida que las acuñamos a nuestro antojo y las vamos rebobinando y haciendo parte del lenguaje diario hasta formar cajón especial del patrimonio personal. Cuando ocurre algún incidente que lleva a la duda sobre la responsabilidad de una persona, ésta alega que ella no está inmiscuida porque ella -o su compañera/o- «siempre ha sido así».
El País de España de hoy trae a cuento a este propósito un estudio de la Universidad de Edimburgo en Escocia que afirma que la personalidad de alguien no es tan inamovible como se quiere dar a entender por muchas personas. Nadie es tan perfecto o tan problemático que no pueda cambiar a partir de algún evento o situación en su vida. La excusa no tendrá respaldo tan incondicional.
En adelante ya usted no podrá ser tan valentón, tan mentiroso, tan severo, tan sereno, tan incorruptible, tan generoso o exitoso como antes lo pregonaba.
El estudio o prueba tipo se realizó en 1950 sobre una población de 1208 niños de 14 años. Después de 62 años se retomaron los datos y se contactaron 174 adultos de quienes habían servido de conejillos y se les repitió el test de personalidad. Para el asombro general que los niveles de entonces habían cambiado. Ya no eran los mismos decididos, seguros de si mismos, de mentes originales y perseverantes en sus ideales. La noticia fue que se operó un cambio en ellos con el paso de los años.
Se apoya la información en la definición de personalidad de la psicóloga Victoria Cadarso. Según ella «pensamos, sentimos, nos comportamos e interpretamos la realidad según una tendencia que nos permite afrontar la vida». La personalidad, según Raquel Ibáñez, «no es un concepto fijo, sino un proceso consistente de cambio, siempre abierto a evolucionar».
Según la sicóloga Cadarso, “no es que no puedas, es que no quieres cambiar, porque ese trabajo se te antoja demasiado pesado y pretendes mantener las mismas rutinas. Uno no puede cambiar si no toma conciencia de cómo es y muchos no tienen ningún interés en saber por qué son como son. Entonces, ¿qué responder a aquellos que se muestran pétreos con —vaya cara— 40 o 45 años? Por lo pronto, al que se niega a revisar sus tendencias poniendo esta excusa, puede contestarle: No me cuentes historias, que a mí no me la das”.
No hay peor sordo que el que no quiere oír. Es la cuestión. Ser sordo no es el problema, es no querer mirar a su interior y poner a prueba su relación con el exterior, es lo que se está cuestionando. Sea en el renglón social, conyugal, de negocios o en la disciplina personal.
“Lo siento mucho pero, a estas alturas de mi vida, yo ya no voy a cambiar”. Una frase comodín, repetida hasta la saciedad. Una excusa recurrente esgrimida por aquellos que hacen algo mal, pero que se refugian en su edad para desterrar cualquier intención de remediar sus faltas, según lo expresa el articulista Alejandro Tovar de El País.



