Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Las armas, sean piedras, cuchillos, espolones, catapultas, pistolas, escopetas, bates, martillos, sierras o cañones, sables o bombardas siempre serán instrumentos hechos para segar la vida. Aunque la hoja de una cuchilla no tenga una bala o una carga de pólvora adentro, tiene un filo que usado por el malhechor causan la muerte. Esto no lo enseña la filosofía sino la experiencia diaria.
Libros se han escrito y la historia de la guerra está repleta de sucesos necrológicos. Asechanzas, odio, amenazas, emboscadas, traiciones son la antesala del uso de las armas. Le pasó a Cicerón, a César, a Lincoln, a Gandhi, a Uribe Uribe, a Gaitán, a Galán entre nosotros. Le ha pasado a tantos jóvenes que aparecen muertos en cañadas y lugares apartados…
La guerra sea civil o santa, entre facciones de la misma patria, o la confrontación de ejércitos de otras naciones entre tanques artillados, aviones tucanos, o barcos trasatlánticos, no podrá titularse en los periódicos como justa para conseguir el botín de un triunfo a costa de seres humanos. Ni podrá invocarse para llevar a cabo mandatos de profetas o capos, o seres sin entrañas. No podrá ser cierto que un dios bueno ordene cruzadas, con nombre castellano o judío, o musulmán o bengalí y por ello conseguirá su salvación y su cielo o su recompensa de 50 millones.
Oímos con cierta admiración que Alejandro Magno, el avasallador y conquistador de Asia, Egipto y de medio mundo, tuvo como preceptor a Aristóteles, el filósofo de Estagira. Sin embargo, Diógenes lo increpó para que no le quitara la luz del sol con su sombra. La filosofía es una disciplina para masticar, como las vacas, sentados en la hierba, como Sócrates o Whitman, no una sarta de estrategias tejidas en un escritorio para enredar, confundir y luego matar a semejantes y vecinos. Es una herramienta mental que inventaron los sabios orientales y los griegos para calmar los ánimos y entretener la mente. La filosofía hace amigos y sabios, no enemigos y matones.
No se concibe que un sicario, un asesino, un militar ande haciendo silogismos y pensando mejorar el mundo. Sus oficios nacen de la fuerza, la intimidación, sin mirar arriba como quien agradece un gol. La guerra es un escenario cruento, un rechinar de caballos heridos como en Guernica, mujeres muertas encinta, carnes vivas hechas trizas, un manoteo de fusiles, bayonetas, misiles y corazones con las arterias rotas.
En cambio, la filosofía es un devaneo mental que camina por entre laberintos en busca de salidas, un deseo de abrir los brazos entre las oscuridades para gozar la luz apenas claree, un ansia incontenible de dar rienda suelta a las neuronas para que desenreden los nudos apretados y las dificultades y para sacar tesoros de la caverna con el sésamo mágico del discurso civilizado.
De la guerra solo quedarán estrellas para los generales, votos para los políticos y una flor solitaria en la mano desmembrada. Y el gran desastre para los que pierden, que es toda la humanidad que se aleja de la sabiduría. Porque la filosofía da el poder que se sustenta en el conocimiento y la lucidez. La guerra nace del poder emanado de la fuerza y de las armas.
27-01-11 – 9:01 a.m.
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