NOCTURNO DE LA CASA


Armando Orozco Tovar.
Todo se derrumba. Esto lo fue descubriendo la fundadora de la casa. El día que para celebrar los cien años de un poeta mayor, mandó a hacer una escultura en forma de laberinto de espejos, situándola en el patio principal, roto en la semana de celebraciones por un niño visitante de un colegio, cayéndose de cabeza sobre uno de los paneles, que se destruyeron siguiendo uno tras otro el efecto dominó.
Las secciones quedaron hechas añicos sobre las losas de piedra, en medio de un insólito estruendo a las once de la mañana, hora de entrada con paso seguro a su oficina, para administrarle los versos a la poesía nacional.
Desde aquel momento del desastre de vidrio, la creadora de la casa, empezó a padecer el síndrome del deterioro, experimentado en la medida, que desaparecían seres queridos, y amigos cercanos. Su hermano y sus mejores amigas. Y un poeta loco atropellado junto a las olas.
Colombia sobre el mapa se le volvió mancha de sangre y desencanto. Cubriendo de escepticismo su poesía y la de los otros. Nada le parecía bueno o aceptable, viendo el cadáver de su país repleto de moscas. Fue cuando escribió su poemario: “El país de las moscas”. Un epitahaikú, mezcla de epitafio y haikú, género que creó sin darse cuenta, con pocas resonancias, salvo la nota de las Lecturas Dominicales.

La casa se llenaba de luz con su presencia: Ordenaba, y a veces hablando con ternura o rabia, sobre todas las cosas de este mundo, porque en el otro no creía. Organizaba concursos, premios nacionales, almuerzos para la junta directiva, reuniones con los más audaces creadores nacionales y extranjeros, los cuales ponía uno tras otro a chupar rueda, como en una vuelta ciclística lírica a Colombia, donde nadie ganaba, permaneciendo sólo la sombra de Silva en el espejo, un día desaparecido ante los ojos aterrados de visitantes y del vigilante.
Los indigentes, que pasaban como en tiempos decimonónicos frente a la casa marcada con el número 13, la querían. Uno de ellos entraba semanalmente, cuando sabía que ella estaba en su comando poético, gritando: ¡María Mercedes, estoy aquí! Era “el científico”. Un habitante de la calle del cartucho. Entonces, ordenaba se le atendiera por la tesorería, situada junto a la fuente de piedra del patio posterior, repleta de monedas lanzadas al azar.
A la casa patinada le cayó el tiempo, al igual que a su creadora: El miedo, la soledad, la desilusión, el escepticismo, y la jartera mensual por el maltrato de la administración distrital de cultura, que debía responder periódicamente con emolumentos a la fundación.
¡Qué descanse en paz la guerra! Fue su testamento y último evento de batalla, el cual cerraba el portón de la casa, hace 30 años convertida de inquilinato en morada poética. Los cuales se cumplen el próximo 24 de mayo, día del aniversario del suicidio de José Asunción, donde residió con su familia diez años, y escribió El Nocturno. El poeta del tiro en el corazón que nadie oyó.



