“NOCHE DE PAZ” EN EL CAUCA

Para comenzar y para los efectos de la presente columna de opinión, quiero compartir con ustedes, amables lectores, los tres primeros párrafos de mi crónica “Vivir en paz, vivir en Popayán, morir en Popayán”, publicada en mi libro en colaboración: “De la Realidad y de la Utopía” (Editorial “Poemia”, Cali, 2013), la cual muestra en toda su cruel realidad, dramatismo y tristeza, la situación cotidiana de la gran mayoría de los habitantes nuestro gran departamento del Cauca, reflejada en la historia verdadera de mi madre Amelia Medina de Dorado, de Bolívar (Cauca), quien en vista de vivir atormentada por los continuos ataques guerrilleros en dicho pueblo, decide cambiar de sitio para encontrar la tranquilidad perdida y se dirige a Popayán, en donde es asesinada precisamente por la guerrilla, hace exactamente 14 años, el 8 de diciembre del 2014. Triste paradoja y suceso increíble pero cierto, que reclama a los cuatro vientos para nosotros las víctimas caucanas el cese inmediato y el fin del conflicto eterno que ya lleva más de 50 años, en el cual nuestro departamento ha sufrido la peor parte. Los caucanos merecemos por lo menos en estas navidades y en las que vienen, una verdadera “Noche de paz”, a la manera de la letra del excelente villancico mundial, compuesto en Alemania por Franz Xavier Gruber y Joseph Mohr, hace ya 196 años. En aras de la brevedad, comparto lo prometido:
“Amelia le tenía miedo a los guerrilleros. Cada vez que ellos entraban a Bolívar (Cauca), como lobos en medio de la noche, sufría lo indecible y rogaba a su esposo José Antonio y a sus hijos que se escondieran y se apretaran en el último cuarto de la casa, para evitar que las balas y las pipetas de gas les alcanzaran y les hicieran daño.
En medio de lo rudo del combate, cuando la casa se estremecía peligrosamente, se arrodillaba junto a ellos, extendía sus brazos en forma de cruz alrededor de sus frágiles cuerpos y comenzaba a musitar oraciones sencillas que no alcanzaban a calmar sus respiraciones fatigosas ni sus corazones muertos de miedo.
Cuando terminaban los combates, a las dos o tres horas, entonces finalizaba sus oraciones y con todo el sigilo del caso, se quitaba sus zapatos y caminando en la punta de los pies, se dirigía lentamente a la ventana que daba al exterior, la abría lentamente procurando no hacer el mínimo ruido y tras comprobar que “ellos” se habían ido y que las calles estaban vacías, los hacía salir a regañadientes, uno por uno, les acariciaba sus cabezas, hacía una inspección total de sus cuerpos y cuando se cercioraba que nada les había pasado, incluyendo a su esposo, los hacía acostar en el puro piso de madera, porque según decía: “nunca hay que confiarse de ellos, porque de pronto regresan y nos pueden hacer daño y esto es lo que yo no quiero que pase por el bien de ustedes”.
El resto de la crónica lo encuentran en el libro, al igual que otros 10 excelentes artículos escritos por autores quilichagueños. La intención mía era doble: rendir un homenaje a mi madre en este diciembre triste y por su intermedio a todas as víctimas caucanas en el conflicto y por otro lado, hacer una reflexión navideña para que algún día, en otro diciembre, haya al fin una verdadera noche de paz, que siempre se repita por siempre. Sobra decir, que en mi parte personal, perdono a los que asesinaron a mi madre y que deseo con todo mi corazón que cese este conflicto, para bien de los caucanos y para que también se cumplan las palabras de la Biblia, cuando nació Jesús: “Gloria a Dios en el cielo y en la Tierra PAZ a los hombres de buena voluntad”. Así sea.




