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Los mitos tribales existentes en las comunidades americanas, africanas y europeas, de la época de la barbarie, se parecen mucho a los prejuicios sociales que existen en las sociedades contemporáneas.
En los clanes de las comunidades primitivas, los distintos, los que llegaban accidentalmente o eran tomados prisioneros, sin pertenencia sanguínea o territorial, eran vistos como engendros de los malos espíritus y, en consecuencia, se realizaban rituales para limpiar la tierra contaminada por los Otros, y se ordenaban por los ancianos de la tribu castigos físicos, sometimiento a la esclavitud o aniquilación. No hacerlo era desobedecer a los dioses.
El propio Ulises fue asediado por los diferentes por ser extranjero, aunque tuvo la fortuna de contar con demostraciones de hospitalidad. En Grecia, por ejemplo, los extranjeros eran conocidos con el nombre de metecos, y al igual que las mujeres y los esclavos que no tenían derechos.
En otras palabras, si en Popayán aplicáramos la metodología ateniense, el setenta por ciento de su población sería meteca.
Los antropólogos manejan mejor estos asuntos. Cuando la humanidad estaba conformada por grupos nómadas, que recorrían la tierra de busca de comida y mejores condiciones de vida, grupos que no pasaban, según los arqueólogos, de treinta o cuarenta personas, al encontrarse con otros grupos, difícilmente podía establecerse cuál de los dos grupos era forastero, foráneo o exótico.
Imposible determinar ancestros y linajes. Pretender justificar los clanes para reclamar territorio, respeto y derechos privilegiados era improbable aún para los chamanes más ancianos.
¿Qué fundamentos existían para mirar al Otro con actitud peyorativa y desdeñosa? Hay que recordar que esa época no había espejos, como para establecer, con más fidelidad, las diferencias corporales. El narcisismo estaba en sus comienzos y sólo podía leerse en los reflejos del agua.
¡Cómo así! No estábamos solos. Han existido otras personas parecidas a nosotros. ¿Qué camino tomar? ¿Afilar las hachas de piedra? ¿Invocar sus mismos dioses antropomorfos para atemorizarlos, espantarlos, penalizar el contacto o declararles la guerra a muerte?
¿Pasar frente al grupo “con indiferencia”, como en la música de Pedro Infante, o compartir un muslo de rinoceronte como si fuera el muslo de la paz?
De esto hace apenas cuatro millones de años, el problema es que se nos presenta al fin de la modernidad fallida es qué hacemos ahora en ciudades como Popayán donde los forasteros son mayoría, con la diferencia que los nuevos metecos, los de afuera, los metecos del Siglo XXI son sujetos que trabajan, producen, consumen y disfrutan de derechos políticos, como el de elegir y ser elegidos.
En tal virtud, no hay que estigmatizarlos ni deshonrarlos, hay que reconocerlos como destacados y conspicuos amigos, no son tiempos para enmascarar el desprecio atávico por las personas iguales. Ni desafíos de caballeros a duelo como en el Medioevo, ni problemas, ni mucho menos declaratoria de beligerancia: los otros son como nosotros.
Atrás han quedado las épocas en que a sotto voce se solía decir: “esto se llenó de indios, sureños y negros, tendremos, por ahora, que compartir los mismos colegios, las mismas iglesias, las mismas universidades y hasta rotarnos las posiciones burocráticas”.
La cultura señorial, aristocrática, de finas y delicadas maneras, endógena, temerosa de lo nuevo y del Otro, donde no tenían cabida la antropología y las ciencias humanas y sociales, por largo tiempo estuvo reglada por formas postizas de comportamiento, pródiga en sentidos diferenciales, como los valores protegidos por la Urbanidad de Carreño.
Era el ascenso de la clase media en América Latina, que exigía actuaciones eurocéntricas, afrancesadas y sujetos que perpetuaran la ideología dominante. El manual de las buenas costumbres no era para los indios, afro descendientes y campesinos, además porque ninguno de ellos se sentaban a manteles y en las estructuras sociales tenían el estatus de súbditos, esclavos o siervos.
Sólo cuando el otro empezó a construir historia como artesano, como técnico, como sacerdote, comerciante, como dueño de la tienda, como elector, como persona capaz de intercambiar mercancías y acceder a los bienes de la civilización, pero fundamentalmente, cuando el Otro hizo tránsito a sujeto político y se hizo elector, la discriminación fue cediendo.
De no haber ocurrido este proceso de interacción social, de integración económica, de acceso a la educación y la práctica parcial del poder, estaríamos viviendo como en ciudades feudales amuralladas, para impedir la llegada de los locos y la visita de los forasteros.
A las culturas les cuesta entender otras culturas. Basta recordar a Malinowski: “Pese al largo tiempo de permanencia de los blancos en las Islas Trobriand no sabían nada sobre los aborígenes y su cultura sino que, además, la idea que tenían de ello era equivocada y estaba teñida por el desprecio y la soberbia”.