NEW YORK, NEW YORK, SUEÑO Y REALIDADPor Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
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Foto Leopoldo de Quevedo en Broadway
Al desembarcar del avión de Avianca me sentí un infante. Pisaba una ciudad que desde arriba se veía un enorme mastodonte de Spielberg con miles de bombillas encendidas a las cinco de la mañana. Ahí estaba New York delante de mí. Desde los cinco años había oído hablar de ella a la gente, como se habla de una mujer encantada, lejana y bien trajeada. Y, ahora, estaba frente a mí, ignota, muda, con el brazo estirado, esperando que yo enroscara en él el mío y caminara al lado de ella.
Su boca entreabierta, mostraba apenas los dientes insinuando una sonrisa. Allá, al fondo del aeropuerto, unas sombras se movían, y más arriba, sobre un puente de hierro se deslizó, de pronto, un tren rápido, como un gusano desesperado. Se escondió en entre el ruido de sus patas y de nuevo, la ciudad quedó en un silencio con sordina, envuelta en la capa del frío de la primavera que no acababa de despedirse de la nieve.
New York, sí, tiene esa forma de fémina excéntrica, sugerente, que llama a su interlocutor a que la siga. Sus puentes son piernas alargadas con tirantes, sus calles con gente abigarrada y avisos luminosos que parpadeaban, sus rascacielos en la cima de su pecho hacían surgir pensamientos de embalsamamiento y anonadaban.
Todo invitaba a gozar de una fiesta para los ojos, para el gusto por el arte, para disfrutar de una cultura multiétnica, de unos lugares consagrados por hitos históricos y yo cambiaba poco a poco aquella distorsionada visión formada por prejuicios y consejas.
Aquí hay almacenes baratos, malls elegantes, buses enormes, metro, tren de lujo desde el aeropuerto, restaurantes, museos, salas de espectáculos, estaciones de subway casi en cada esquina, boutiques, cafés, teatros, hoteles caros y baratos, en medio de edificios monumentales. Hay lagos, ríos caudalosos, como el Hudson, vegetación con cambio de colores, buses de turismo, barcos, limusinas para trasportar a ejecutivos, ferry y hasta bicicarros para dos o tres personas. Es una ciudad que no descansa y donde el tiempo es inversión para quien ama el trabajo y pérdida para el perezoso. Allí se triunfa con esfuerzo o se fracasa si alguien cree que dólares le lloverán de lo más del Empire State si duerme boca arriba a la puerta de la entrada.
New York, – lo mismo que todo EE. UU. – fue hecho para el siglo 23 o el 40, lo mismo que las autopistas que entran a la ciudad y que salen hacia los demás estados. Sus calles son anchas, con semáforos con sonidos y colores que respetan peatones y vehículos. Nadie se preocupa por saber quien pasa a su lado y cada quien puede vestirse a su manera, puede andar con tenis cómodos y pantalones de algodón, bluyín o falda de seda. No hay miradas de burla ni hay por qué sentir temor porque lo roben o lo atraquen.
Pude ver caras, barbas, cabello de todas la formas, longitudes y colores, con sombreros finos, con boina, pasamontañas, gorras de lana o de tela, hombres y mujeres con vestidos elegantes o roídos, monjes tibetanos, judíos con sobretodos y sombrero de solemne negro, santones de riguroso blanco, solos o arrodillados en oración en medio de la calle, rostros olivas de India o Pakistán, negros retintos de Senegal, Nigeria, ingleses rubios, mexicanos y salvadoreños, al lado de españoles, rusos, argentinos y uno que otro neoyorkino o estadounidense puro.
No vi en esta ciudad que parece una gigante telaraña en los cinco días que me cansé recorriéndola por calles, Delis, estaciones y avenidas, una sola discusión, ni un accidente de tránsito y apenas vi una moto, perdida entre tanto autobús y gente. El ciudadano parece respirar la ley por entre sus poros, obedece las señales, respeta a los ancianos, a las embarazadas, a los inválidos y deja en paz a sus vecinos sin estorbar su privacidad ni sus derechos. New York seguirá su curso de cultura que ha venido dictando desde que nació a la democracia con Washington y Lincoln.